La oscuridad

Lo enterró, no para olvidarlo sino para que germinara. Luego tomó el tren y, sentándose en el último coche vio, despacio, achicarse la estación perdiéndose a lo lejos como su propia existencia. Juró que volvería, pero el pasado no regresa jamás.

Continuó largo rato, distraído, con la mirada fija sobre los rieles y los durmientes de quebracho. Sin resistencia permitió que el sonido del traqueteo monótono del tren penetrara sus oídos. Lentamente la luna orilló sobre la silueta de los tejados. Cuando la noche cubrió el horizonte se entregó al sueño, corto y reparador.

La luz del alba lo encontró llegando a la ciudad. Hacía varios años de su ausencia, por lo tanto debería comenzar a vivir una vez más.

Caminó su barrio, las casas antiguas alineadas, silenciosas y adormiladas a su lado, el sol levantándose en la perspectiva de la calle, entre los árboles.

La puerta de reja chirrió al ingresar al patio; todo aroma y macetas.

Dejó el equipaje y deambuló por la planta baja del viejo edificio de Villa del Parque. Recorrió los cuartos y revisó las tablas de pinotea de los pisos buscando escondites ocultos bajo los nudos de la madera.

Pasado un tiempo las azaleas explotaban de flores desde los arriates de piedra y las paredes, otrora descascaradas, vibraban de color. Durante la noche, cuando la luna jugueteaba sobre las chapas de zinc, sentado cara al cielo, añoraba su pueblo y su gente y, mientras saboreaba entre mate y mate, medialunas calientes, recordaba el día de la partida, cuando se desprendió de sus memorias y de su pasado para enfrentar el nuevo desafío que le imponía la vida en la ciudad.

Noche a noche su mente regresaba a aquel andén, al recuerdo de la partida, al ronronear del tren en sus oídos, y ese traqueteo lo envolvía hasta adormecerlo. Una y otra vez lo oía. Pronto lo acompañó durante la vigilia, hasta instalarse en su espacio durante el descanso nocturno.

No pasó mucho tiempo cuando se sorprendió al reconocerlo mientras recorría la ciudad. A partir de entonces el sonido no dejó de acompañarlo, acunándolo, creciendo en su mente, tomando cuerpo, protegiéndolo. En medio de la lluvia invernal se mezclaba con el repiquetear del agua sobre la vereda y le hablaba con voz grave. Pronto se integró con su yo hasta ser un duplicado inmerso en un oscuro recoveco de su alma. Finalmente no pudo separarlo de su vida.

Una noche, más fría y clara que las demás, lo vio.

Surgió despacio, desde el círculo interno de sí mismo. Primero fue una hebra gris cayendo de su oído hasta cubrirle el hombro. Luego fue creciendo hasta conformar un cuerpo denso que lo superó en tamaño.

Desde su altura lo observó recortándose contra el cielo plateado, mientras lo ensordecía con el ruido que emanaba de su mole.

Lentamente esa nube, negra y viscosa que tomaba forma a su lado lo envolvió, y poco a poco fue absorbiéndolo por completo hasta que ambas no fueron más que una mancha oscura dibujada en las baldosas rústicas del patio.

 

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