Vaticinio 2020

María Cristina Berçaitz

Sola, atrapada, no tengo salida.

Observo las ventanas; no son para que entre el aire sino para escaparnos al cielo.

Allá una mujer día a día roba al sol un poco de luz, mientras se estira en el balcón. Frente a mí, cruzando el velo de las hojas mustias, un hombre se acoda mirando el paso de unos pocos peatones embozados, y vehículos solitarios.

En este instante el astro me pertenece y lo atrapo con una taza de café y una tostada crocante.

Los niños perdieron el mañana, los jóvenes el hoy, los viejos el ayer, prisioneros todos sin culpa de una decisión demasiado dura, absurda, egoísta y provechosa.

Mientras los culpables corren libremente por las calles y los mandantes de turno deciden nuestras vidas, nosotros suspiramos en tanto vemos desmoronarse a nuestro alrededor esfuerzos que sumaron años de sacrificios y trabajo. Los vemos caer a pedazos, casi sin ruido, acompañados por un sollozo desgarrado. Estas muertes a nadie importan, solamente a los protagonistas.

Barrios cercados con guardias armados, ciudadanos amedrentados y derechos que nos son negados. Otros decidieron por nosotros.

Extraño momento el que vivimos.

Refugiados buscamos la libertad. El ayer, entre telas y óleos viene a rescatarme. Son tantos los fantasmas que hasta los duendes se alejaron. Me abandonaron.

Volverá a salir el sol, lo sé.

Acaso todo esto estaba vaticinado.

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