Tierra de lobos

María Cristina Berçaitz

Salió a la galería y los vio. Estaban echados, el macho miraba la lejanía con sus ojitos oblicuos y dorados, la hembra apoyada sobre su lomo, dormía.

Cuando oyeron el ruido ambos giraron sus cabezas y lo miraron suplicantes.

Los observó. ¡Eran tan bellos e inocentes! Se dirigió a la cocina y tomó algo de comida.

Los lobos la devoraron y lo miraron con gratitud. Se dirigieron a la mancha de sol y ahí se durmieron bajo su caricia.

A los pocos días regresaron y se repitió la secuencia. En poco tiempo ya era un ritual. Habían abandonado su hábitat y se entregaban tranquilos a su nueva vida.

Pocas semanas más tarde vio que bajo la mecedora, habían improvisado un nido. A los pocos días lo sorprendió la aparición de siete pequeñas crías.

Pasó el tiempo.

Esa noche, sentado frente al fuego, lo sorprendió un extraño rumor y, al mirar por la ventana, se encontró rodeado de ojitos oblicuos y dorados que esperaban su comida.

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