Paseo a la Albufera

María Cristina Berçaitz, corresponsal de UHE en España.

Aquel sábado 31 de julio de 2021, un mes y veinte días de haber llegado a Valencia, pude visitar la Albufera, el lago de agua dulce más grande de España.

Antiguamente existía en el lugar una bahía de agua salada cruzada por los ríos Juri y Turia que, llegando del norte, seguían su camino hacia el sur atravesando el agua y que arrastraban sedimentos que fueron depositando en ese cruce del mar.

Con el tiempo se fue consolidando y comenzó a crecer vegetación formándose una franja encerrada entre el Mediterráneo y la albufera, palabra de origen árabe que significa: “mar dulce”. Con los años se comenzó a cultivar arroz y esto provocó que la albufera empequeñeciera. Hoy son 14.000 hectáreas que se cultivan en manos privadas.

En La Albufera hay variedad de peces, todos de agua salada, aves y patos que hoy constituyen una atracción y, en determinada época del año, se pueden cazar.

Para mantener el nivel de las aguas existen exclusas, o golas, que lo regulan y a la vez impiden que ingrese agua de mar, que perjudicaría el cultivo de arroz.

El Parque Natural de la Albufera pertenece al Ayuntamiento de Valencia.

No existe tren que lleve a la Albufera. Tampoco metro. Eso me pasó por no consultar antes.

Fui entonces a la calle Pascual y Genís porque entendí que el bus 14 me llevaría. Por consejo de otra pasajera pregunté al chofer del primer autobús que apareció, pues ellos conocen todos los recorridos.

“En la Puerta de la Mar, el autobús 24 ó 25 la llevarán”. Hacia ahí me dirigí. Una plaza, una gran puerta y dentro de ella una Cruz. Esa es la Puerta de la Mar. Ahora la conozco bien, pero en aquellos momentos…

Encontrar la parada fue una odisea. Primero pregunté en un kiosco de venta de diarios: “Ahí, en la Puerta de la Mar de donde salen muchos”. Estaba en ese lugar, pero no precisamente en el lugar indicado. Enorme, redonda, la plaza hermosa rodeada de paradas, pero no encontraba apuntados en ninguna los números que buscaba.

Me dirigí a otro kiosco de venta de diarios: “Detrás”. Para llegar ‘detrás’ tenía que hacer un gran rodeo. Lo hice, pero… nada.

Me acerqué al chofer de un bus que esperaba que se cumpliera su horario de partida y le pregunté: “Ahí delante”, “¿Dónde?”, “Ahí delante”. Traté de ir ‘ahí delante’ en una enorme rotonda por donde se bifurcan varias avenidas. ¡Ahí delante podían ser tantos lugares!

Encontré una parada detrás de La Puerta de la Mar, sobre una de las avenidas. Pregunté a una persona que esperaba un autobús, pero no supo responderme. Cuando llegó el bus que ella esperaba subió y le preguntó al chofer: “Enfrente está la parada del 25”. ¡Aleluya! Crucé la avenida y el 25 me estaba esperando. El chofer junto a la puerta consultaba su celular. Le pregunté si me llevaba a la Albufera, y sí, iba para la Albufera. Cuando es la primera vez suceden estas cosas.

Subí y me acomodé algo atrás, pasando la puerta de descenso de pasajeros.

Comenzó el recorrido en dirección sur. Apenas pasamos la Ciudad de las Ciencias y las Artes nos adentramos en el campo, porque toda Valencia está rodeada de granjas.

Valencia es una bella ciudad a escala humana. No es tan grande como Madrid o Barcelona.

Luego, a medida que avanzábamos, nos acercamos al agua, agua por ambos lados, playas sobre mi derecha según me indicaba la gente que caminaba con sombrillas, bolsos y toallas. A lo lejos veía el cielo muy azul y pastos verdes que crecen sobre dunas, consolidándolas.

Llegamos a un amarradero y nos detuvimos. Continuamos la marcha. Por el celular iba observando el recorrido. Pasamos por pueblos pequeños con moderna edificación. Todo lindo, la gente tranquila, el cielo limpio.

No tenía idea de dónde debería bajarme, pero lo tomé como un paseo. Cuando llegamos al final del recorrido, me cambié de asiento y ocupé el primero.

Estábamos en Pinedo. Cuando el chofer se bajó para refrescarse me miró: “¿Usted no iba a la Albufera?”, “Sí, pero no supe dónde bajarme”, “Vale, que ahora regresamos, y le aviso dónde bajarse”.

Media hora más tarde llegamos al embarcadero. Bajé, crucé Había llegado.

De inmediato se me acercó un hombre y me propuso un paseo en bote. Acepté encantada. Cuando pudo reunir nueve pasajeros, partimos.

Poco a poco nos separamos del muelle. Desde lejos vimos acercarse otros botes. La sensación de inmensidad era grande.

Nos adentramos lentamente en la albufera mientras el botero nos explicaba el origen y las características del lugar y nos mostraba las compuertas, o golas. Los patos nos seguían en busca de comida, que muchas veces, pese a estar prohibida, les tiran.

El único sonido era el pequeño motor fuera de borda y la voz de nuestro ‘capitán’. A lo lejos se veían varios botes con vela italiana, la vela triangular, que antes se utilizaba para hacer el recorrido que hoy hacen con motor. Para respetar la tradición se mantiene la vela italiana para correr regatas.

Luego de cuarenta minutos de marcha … terminó el paseo. Más tarde me enteré que hay otra parte de La Albufera más grande, más interesante, más hermosa. Pero a esta había llegado y la disfruté.

Regresamos al muelle. Ahí le pregunté al botero dónde podía comer. “Hay un buen restaurante a diez minutos de marcha. Vaya caminando en dirección a Valencia, encontrará unos semáforos. Doble hacia la derecha. Siga caminando hasta encontrar un camino y doble a la izquierda y al fondo encontrará el restaurante que se llama Lehaviar.”

Así lo hice, caminé unas diez cuadras y llegué al lugar, agradable y arbolado.

Comí una rica lubina con verduras y un helado. Para beber, agua, que todavía faltaba para regresar a mi casa y había mucho que caminar.  

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