Las Fallas valencianas, septiembre 2021

María Cristina Berçaitz, corresponsal de UHE en España.

Excepcionalmente este año, 2021, las Fallas de Valencia se celebraron desde el 1 al 5 de septiembre, y quiso el destino que estuviera para verlas.

Nada sabía de ellas, solamente que son famosas en todo el mundo y que de todo el mundo se acercan para vivirlas, sentirlas, palparlas.

El término “falla” proviene del latín ‘fácula’, que significa antorcha pequeña. Su origen se remonta a la Edad Media.

En aquella lejana época, al final del invierno, los carpinteros quemaban todos los deshechos, tanto para deshacerse de aquello que les molestaba como también, por qué no, para darle un final al invierno en vistas a una nueva primavera. Entre otras cosas quemaban el soporte de madera que se utilizaba para sostener la antorcha que los iluminaba. Con todo esto formaban una gran hoguera. Ya sabemos que el fuego es mágico por su poder limpiador, y muchas veces destructivo, y la danza de las llamas nos subyuga.

Con el correr del tiempo los soportes y demás restos, en manos de artesanos imaginativos, fueron representado personajes reconocibles que se desempeñaban dentro del gremio. Poco a poco, se volvieron ninots, muñecos en lengua valenciana, muchas veces satíricos.

Fue en el siglo XVII que los carpinteros, para celebrar la fiesta de su patrono San José, comenzaron a construir las fallas que quemarían el 19 de marzo de cada año.

Con arte y dedicación realizaron en madera, caña, papel maché o cartón, formas gigantescas y coloridos conjuntos monumentales, moldeados alrededor de una estructura de madera.

Esta es la fiesta que se extiende hasta nuestros días.

Hoy las fallas suelen tener una altura media de veinte o treinta metros donde, alrededor de un eje, se distribuyen figuras muchas veces reconocibles. Los políticos, y hasta el clero, son representados en situaciones grotescas.

Muchos carpinteros y ebanistas se convirtieron, gradualmente, en artistas exclusivamente falleros ligados a las fallas. El alto costo de estas hizo que redoblaran su imaginación y habilidad.

Cada barrio tiene su grupo de falleros que, en algunos casos, llegan a superar los setecientos integrantes.

Este año, el día miércoles 1 de septiembre surgieron, en distintos puntos de la ciudad, fallas que rivalizaban en belleza y colorido que se dividen en Infantiles, cuando son niños dirigidos por un responsable los que las construyen, Grandes, construidas por adultos, y Especiales. Luego, un grupo de notables premia, anualmente, a la más ingeniosa o bella.  

Debido al cambio de fecha y a la situación de pandemia que se sigue viviendo, este año la mascletá (disparos pirotécnicos que se producen con motivos festivos en plazas y calles) no se llevó a cabo como todos los años, a las dos de la tarde frente al Ayuntamiento, sino que comenzaron a escucharse y verse en distintos puntos, rivalizando el ruido con las luces de artificio a lo largo de todo el día y la noche.

El 2 de septiembre tuvo lugar la entrega de premios a las Fallas Infantiles. Y esa fue otra fiesta.

Desde muy temprano los integrantes de las distintas fallas comenzaron a desfilar acompañados por la música ejecutada por bandas de hombres y mujeres con instrumentos de viento, y un tambor para marcar el ritmo. Mientras las jóvenes, luciendo estupendos vestidos valencianos confeccionados con telas adamascadas realzadas por hermosos bordados, muchas veces cubiertos con delantales de puntilla que, cual filigrana, permitían confundir telas y diseños, y luciendo un peinado con sendos rodetes cubriendo las orejas y un rodete en la nuca similar al que luce la Dama de Elche, escultura íbera realizada en piedra caliza entre los siglos V  y IV a. C. Las joyas realzaban la hermosura de las niñas. Junto a ellas desfilaban madres con sus bebés en brazos y familias enteras vestidas a la antigua usanza. También los hombres, orgullosos, avanzaban con su vestimenta valeciana de pantalón corto, ancho o pegado al muslo, medias blancas y alpargatas con suela de esparto sujetas a las piernas con cintas.

Horas de caminata, pero el entusiasmo no decae.

Quien inicia la comitiva lleva en alto el premio, estandarte entregado por el Ayuntamiento en esta fiesta, donde se lee qué galardón le correspondió a su Falla Infantil.

Las máquinas y celulares sacaron fotos, pero no podrán reflejar esta fiesta trasladada, por única vez, a septiembre, un mes caliente que se abre al otoño.

Sin lugar a dudas es un festejo que une a toda la Comunidad Valenciana.

Durante estos días basta salir a caminar para darse cuenta del nuevo rostro de la ciudad. Por todos lados uno se encuentra con bares que se abren sobre el terrazo y multiplican su oferta gastronómica, muchas veces ocupados por los falleros que dan los últimos retoques a su trabajo. Por doquier surgen puestos con dulces preparados para la ocasión, buñuelos de calabaza, churros, chocolates y demás delicias. Todo es alegría. De distintos países se acercan turistas para aplaudir y fotografiar esta fiesta efímera, pero que a los valencianos llena de orgullo.

A la mañana del día siguiente se entregaron los premios a las Fallas Grandes, y también a las Fallas Especiales. Desde muy temprano la música ocupó el espacio. Luego del mediodía comenzaron las ofrendas florales y se cubrió con ellas el manto de la Virgen de los Desamparados que se levantó frente a su Iglesia. El aroma de las flores llenaba la plaza.

El domingo 5 multitud de curiosos hicimos fila para llegarnos a admirar a la Virgen. Esa noche se haría la cremà de todas las fallas de la ciudad y de la Comunidad Valenciana entera.

En la tarde del domingo la gente se agolpó frente a la falla elegida para ver su cremà. Las ganadoras de los primeros premios serían las últimas en ser quemadas. Tanto trabajo, arte efímero, belleza que desaparecerá para dar paso a otras fallas.

Me ubiqué cerca de una de las fallas pequeñas que sería quemada entre las 20:00 y 20:30.

La espera se hizo larga. Comenzaron a vallar el lugar alrededor de la falla para evitar accidentes. Había que tener paciencia. En la cercanía escuchábamos petardos y veíamos luces artificiales estallar en el cielo. Luego el humo negro que se elevaba nos hablaba de una falla ardiendo.

Y llegó el momento. Personal de pirotecnia se acercó llevando explosivos. Se ubicaron mechas largas en las que se enredaban petardos y luces. Un hombre llevó un bidón de gasolina. Todo fue dispuesto con cuidado para no afectar la instalación eléctrica de la calle. Las mechas se colocaron estratégicamente y llegó el momento esperado: Zoe, la Fallera Mayor Infantil, tuvo a cargo encender la mecha. El fuego corrió rápidamente entre estruendos y abrazó la falla, la fue devorando lentamente, cayeron una a una las figuras, hasta las más rebeldes que se debatían pidiendo clemencia al cielo. Los ojos se me llenaron de lágrimas al ver tanto trabajo artístico destruido, pero es así.

La tradición debe continuar, así como la vida.

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