Comentario de María Cristina Berçaitz sobre BEATRICE LA HERIDA DEL PINTOR de José Manuel Pedrós

¿Puede una joven de quince años, Beatrice, no darse cuenta del daño que causa? ¿O es el despecho capaz de destruir a quien hasta ayer se amaba?

¿O acaso no lo amaba? ¿Cómo se puede vivir sabiendo que se envió a alguien a la cárcel sin merecerlo?

¿Es posible al condenado, Celso, perdonar, y seguir amando a quien lo condenó?

Estas preguntas, y muchas más buscan su respuesta en la novela de José Manuel Pedrós, BEATRICE LA HERIDA DEL PINTOR.

El comienzo de la misma está lleno de interrogantes que la herida del pintor dista mucho de responder. Las respuestas corresponden a los lectores.

Apenas comenzamos la lectura nos empujan a la cárcel, al patio de la prisión, con los demás reclusos, reclusos peligrosos. Los primeros días en el pabellón de presos peligrosos llenan de miedo al más valiente. Un inicio terrible para cualquiera.

En ese lugar nos sumerge, sin piedad, José Manuel Pedrós apenas comenzamos la lectura.

Y Celso siente la falta de libertad, de luz, de comprensión por parte de las personas que podrían acompañarlo.

Poco a poco se devana la pesada madeja y vamos conociendo a Celso, el enamorado de Beatrice, y nos adentramos en su dolor sin límites.

Su corazón está destrozado por la traición, la pérdida de libertad y la pérdida de su vida entera.

Que Celso es un hombre de paz, no hay dudas al respecto. Que sigue amando a Beatrice parece ser verdad. Que Celso ama la pintura es real pues la pintura es aquello que lo mantiene vivo dentro de los muros de la cárcel, y la que lo conecta con el mundo.

Por lo tanto, José Manuel Pedrós nos presenta a un hombre bueno que ama el arte; un hombre generoso que da de sí para agradar al otro y hacer menos dura su condena y la de los demás.

¿Pero será cierto? ¿Es realmente Celso un hombre bueno? ¿O es un embaucador? 

Condenado por violación es llevado a la cárcel y se abren ante Celso cuatro largos años de renunciar a la libertad.

Pero, ¿hubo realmente una violación?

Una joven de quince años fue ¿seducida, pero no violada porque se entregó libremente?

En el amor no existen la edad, el sexo, el color de la piel, la belleza o la fealdad.

Nada.

El amor es un sentimiento que se mueve y se expresa en total libertad.

Pero Celso ama la belleza, el color, y la tersura de una piel tibia.

Todo esto podía encontrarlo en Beatrice, su musa.

Muchas veces dicen, en la novela, que Beatrice es solamente una niña, de esta manera la culpa parecería ser aún mayor. ¿Pero es realmente una niña? ¿Cuándo deja la niña el paso a la mujer? ¿Acaso cuando siente en su corazón, en su cuerpo y en su mente el deseo de un hombre? Eso, sabemos, puede suceder a cualquier edad a partir de la pubertad.

Pero no sabremos qué pasó con Beatrice ni cómo vivió aquello; tampoco qué sintió cuando conoció a Celso.

Y Celso, un niño sin madre, con un padre ausente y solamente Flora, la persona que lo cuida durante toda su infancia.

¿Hasta dónde Flora pudo suplir a los padres ausentes y darle todo el cariño que Celso necesitaba?

La falta de madre siempre se nota, o el exceso de madre, o una madre demasiado severa, o una madre demasiado blanda. La madre es el origen de todos nuestros traumas y de todos nuestros amores.

Criado por los jesuitas, Celso se transformó en un niño reservado y tímido.

Su expresión eran las artes y la pintura que él mismo creaba en su estudio.

Quizás por este motivo, acostumbrado a vivir el afecto a través de un hilo de plata, con su madre primero, con Flora luego, se volcó en Beatrice, en su juventud y en su belleza.

La belleza siempre lo había acompañado, era su tabla de salvación, su plegaria diaria. Y fue también su perdición.

Observa el color sonrosado, pálido, de los pechos de Beatrice que luego, con un leve roce de sus dedos lo precipitó al vacío…  y no hubo vuelta atrás.

El autor nos muestra a un Celso que no percibe el peligro. Un Celso que, con su juventud y su falta de experiencia se entrega a vivir el amor, y esa pasión contenida que la belleza de Beatrice le provoca.

Sin embargo, cuando Beatrice le pide una pequeña pulsera de oro se niega a dársela. ¿Acaso fue una manera de enseñarle hasta dónde llegaría en su entrega? ¿O se puso en el papel de un padre aleccionador frente a los continuos caprichos de su niña?

Misterio, complicidad con el lector en cada página de esta novela que nos mantiene en suspenso hasta su desenlace.

En un lenguaje florido, diría que poético, se desgrana la historia de Beatrice y Celso.

Cito: “Eran las doce de la noche, esa hora mágica de duendes y de hadas, de elfos, espíritus y genios. La luz de la luna entraba por el ventanal de la terraza y llegaba hasta la alfombra que había debajo de la mesa, en el salón, donde Celso, que estaba solo, había levantado la vista del papel y había dejado el bolígrafo a la derecha. Después retiró la silla un poco, se levantó y fue hacia la terraza. Elevó la vista hacia el cielo y allí estaba ella, como un ángel custodio observando desde las alturas todo aquello que acontece abajo y que necesita ser visualizado y protegido, casi esperándole con los brazos abiertos, para fundir al pintor en un abrazo, eterno y mortífero, que le hiciera desprenderse de su condición humana y alcanzar una dimensión etérea, más cercana al cuerpo astral que por él velaba, que al cuerpo lujurioso de aquella niña indefensa que él tanto anhelaba.”  Fin de cita.

Celso está enamorado de su musa. Ella es todo para él.

Poco a poco van ingresando otros personajes y otros amores cruzados, y vamos penetrando en ese bosque que es la novela, y como en el bosque nos confunde lo cercano, impidiéndonos ver el conjunto, pero de eso se trata, y el autor hábilmente nos conduce de la mano dentro de ese laberinto verde.

Pero no todo es verde, y el parque del Retiro, ese frondoso pulmón de Madrid, se transforma en azul, pero no cualquier azul, el azul de las películas de terror, según nos cuenta su autor.

Celso demuestra gran conocimiento del mundo de la pintura y José Manuel lo expone abiertamente.

Cito: “Estábamos terminando casi la sesión de aquel día y me acerqué a ella para comprobar la diferencia de matiz, casi imperceptible, que había entre el color de sus senos y el de la areola. Aquel color sonrosado, casi pálido y lechoso de sus pechos, se veía apenas subido de tono en la areola y en el pezón. Se podría decir que la diferencia de color era inapreciable y formaba una amalgama difuminada y diluida, que iba desde la base de sus senos hasta la punta de sus pezones.” Fin de cita.

Celso la toca ligeramente, como hacen los enamorados. La sesión termina … porque la reemplaza el amor.

En más de una de las páginas del libro se despliegan los colores, las texturas, la carbonilla y la destreza artística.

Celso también demuestra su conocimiento del mundo del arte, puesto que es guía de distintos museos …

Pero José Manuel también demuestra gran conocimiento del mundo carcelario.

A poco de comenzar a desarrollarse la trama aparece Almudena, la psicóloga de la prisión que, en cierta forma protege a Celso porque cree en él. Su argumento más fuerte es que, la niña víctima de la violación, no había quedado en nada traumada. Eso significaba, para Almudena, que no hubo tal violación.

Y la psicóloga se transforma en un personaje clave en esta maraña de elementos tan dispares. Es con ella con quien Celso mantiene largas y fructíferas conversaciones filosóficas en las que el despliegue de conocimiento por ambas partes es grande. Almudena parece segura de la inocencia de Celso. Cabe entonces preguntarse, ¿por qué está condenado si es inocente?

Sin embargo, los cuatro años de condena no son años perdidos para el desarrollo del joven Celso. Acostumbrado al trabajo lo utiliza como terapia y organiza un taller de pintura en el penal, ayudando así a los demás reclusos y a sí mismo.

Como todos quiere recuperar su antigua vida y en esta labor le ayuda Almudena. Día a día la relación entre psicóloga y condenado se va afianzando. Entre ellos surge una especial estima. A la pregunta de la psicóloga de ¿por qué pinta?, Celso le responde:

Cito: “Pintar es crear, y no hay nada que estimule tanto o que incentive tanto tu ego como crear algo.”  Más adelante agrega: “Pintar pues, es lo mismo que escribir; es plasmar tus sentimientos, buscar la armonía del conjunto, investigar con la luz, con el color, con la textura, con el volumen, igual que el escritor investiga con las palabras y expresa su realidad, su fantasía, sus creencias y sus anhelos y habla de sus temores o de sus incertidumbres”. Fin de la cita.

Pese a que Celso siempre mantiene su inocencia, nada puede hacer para evitar ser condenado a cuatro años de prisión por una violación que él asegura no haber cometido.

Es joven y está enamorado de Beatrice, ella es su musa y la causa de su condena. Durante el tiempo de reclusión no dejará de pensar en esa joven de quince años, seductora y salvajemente bella, o bella y salvajemente seductora.

Lo cierto es que la presencia y las charlas con Almudena le ayudan a transcurrir el tiempo, que se le antoja eterno.

En la trama aparece Germán, el director del penal y una de las figuras sin ambages y que además muestra una fuerte inclinación hacia Almudena. Es varón, es ambicioso y fuerte, cualidades estas atribuidas al hombre, y como tal se comporta. Como cualquier macho que se enorgullezca de serlo, trata de seducir a Almudena, ya sea porque siempre le satisface tomar a la mujer que está cerca de él, o porque realmente le interesa.

Hasta acá les presento los personajes sobresalientes de Beatrice. La herida del pintor, y una pincelada apenas de este cuadro similar a la vida misma.  

Como sucede en algunas historias, esta novela se escapa de la pluma de su autor, salta, realiza cabrioles y cierra el círculo, pero dejando una puerta abierta para que cada lector la continúe en su imaginación.

Está en nosotros darle un final apropiado a gusto de cada uno.

M.C.B. Junio 2022.

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