LA PUGLIA, de un diario de viaje. Mayo – junio 2025
El viaje comenzó en la noche del 26 de mayo. Lo único que pensaba era en que en pocos minutos iba a abrazar a mis queridas amigas, Gladys y Marilís, en la ciudad iluminada de Monópoli, rodeada de murallas claras y plazas rebosantes de vida, que se convirtió en refugio y testigo de la alegría de nuestro reencuentro.
Desde ese instante todo fue fluir, y día tras día Apulia se fue abriendo como un libro antiguo y luminoso: Polignano a Mare, con su mar color turquesa y la voz de Modugno sonando en mi memoria, nos regaló el vértigo de sus acantilados y el eco eterno de “Volare” frente al Adriático. Lecce, tallada en piedra barroca y dorada, nos envolvió en un teatro de luz y de fe. Nos hizo caminar despacio para no perder detalle. Ostuni, la ciudad blanca, nos obligó a subir y bajar entre callejuelas encaladas que parecían reflejar la pureza misma del sol en cada piedra. Alberobello, con sus trulli como un juego de casitas cónicas casi de cuento, surgidas del ingenio y la resistencia. Y Locorotondo, que desplegaba su círculo perfecto de calles en espiral, flores que caían como cascadas y silencios que invitaban a demorarse.
En Trani sentí paz frente a la catedral que casi toca el mar como un susurro sagrado, y más tarde, en Castel del Monte, la fuerza enigmática de un octágono de piedra que parecía contener los secretos del universo. Me sorprendió la exactitud de la geometría, como si cada ángulo guardara misterios insondables. Bari, siempre elegante y viva, nos recibió con su espíritu portuario y con la espiritualidad recogida en la cripta de San Nicolás. Allí también la emoción de pensar en mi sobrino, Pablo Boggiano, que había estado semanas antes dirigiendo un concierto. Y mientras tanto, Cisternino, suspendido sobre el Valle de Itria, nos regaló serenidad blanca y aromas de brasas encendidas en un pueblo detenido en el tiempo. Y finalmente Matera… Matera fue un golpe al alma: con sus cuevas ásperas y humildes nos cruzó el corazón con la memoria de un pueblo que supo transformar la miseria en patrimonio, convirtiendo el silencio de la piedra en símbolo de resistencia y dignidad.
Pero el viaje no terminó allí: Rimini nos abrió las puertas de Fellini, donde el cine se mezclaba con nuestra propia ilusión; nos dejó también playas luminosas, jazmines perfumando las calles y noches de Negroni frente al mar. San Marino, paréntesis en la cima con sus murallas encaramadas en la montaña, nos mostró un tiempo detenido, mezcla de belleza antigua y comercio actual. Ravenna nos condujo al corazón del arte bizantino, donde los mosaicos de San Vitale, Galla Placidia y San Apolinar brillaban como cielos eternos, dorados y azules, y donde la tumba de Dante nos recordó que todo viaje es también regreso interior.
Bologna, rojiza, vibrante y universitaria, fue el cierre perfecto: sus pórticos infinitos nos protegieron del tiempo, su Piazza Maggiore llena de vida nos abrazó con su historia, y en la Basílica de San Domenico encontramos la huella de Miguel Ángel aún joven, dejando en la piedra su promesa de eternidad. Allí, entre tagliatelle al ragù y la brisa de una ciudad viva, supimos que llegaba la hora de la despedida.
Regresé a Valencia con la valija más liviana que a la ida, pero con el corazón colmado. Me traje el olor del mar de Apulia, las piedras blancas que reflejan el sol y la voz de mis amigas riendo a mi lado. Viajar no es sólo atravesar paisajes y ciudades, sino dejar que ellos nos atraviesen y nos devuelvan a nosotros mismos; que nos revelen, en cada piedra blanca, en cada copa, en cada risa compartida y en cada silencio hondo, aquello que llevamos dentro.
María Cristina Berçaitz
