Fragmento de “El camino de los otros”, novela

 

A la mañana siguiente, María entró al dormitorio de su hija y de un solo golpe descorrió el cortinado.

–Despierta, remolona –dijo con una sonrisa en tanto se sentaba al borde de la cama.

–¿Qué pasa, madre? –inquirió temerosa. No era costumbre que fuera a despertarla. La última vez que lo hiciera fue cuando tuvo las fiebres que casi terminan con su vida. Mal presagio le veía a esto.

–Querida hija, anoche han pedido tu mano–. Exclamó feliz y en tono triunfante–. Nada te faltará, si ahora estás bien ¡imagínate!, una de las grandes fortunas se tiende a tus pies.

Las palabras de su madre la hicieron salir rápidamente de su modorra.

–Pero, madre –protestó–, ¿por qué tengo que casarme? O es cazar, que me cacen, eso es lo que ustedes están planeando–, protestó airada.

–¿Cómo te atreves a decir algo así? ¿Acaso no estás feliz? Tu padre y yo no podíamos soñar con un candidato mejor para nuestra adorada hija.

–Pero no lo amo, es más no lo quiero ni siquiera un poquito. Me imagina, madre, bailando con él nuestras danzas.

–Hija, debes darte cuenta de que el baile lo tienes que hacer a un lado. Ya estás mayor y aún soltera. A tu edad ya te llevaba en mis brazos.

–Madre, usted pudo elegir. ¿Por qué no puedo yo?

–Hijita –dijo acariciando el rostro amado–, nosotros nos casamos en nuestro pueblo. Luego llegaste tú y quisimos algo mejor para nuestra hija que tanto se hizo esperar. Con lo que tus tíos y abuelos nos dieron, vinimos a abrirnos camino. Ese camino ya está hecho, ahora es el momento de que tú lo disfrutes. En nuestra tierra todo era distinto, acá estamos en Buenos Ayres y las condiciones son otras.

–¿Y por eso me mandan al matadero? No madre, no acepto. Gracias. No insista, sabe bien que otras jóvenes se han opuesto al mandato de sus padres y…

–Nadie conoce mejor que tus padres lo que te conviene –dijo, interrumpiéndola.

–Madre, no me obligue… lo que deseo es conocer el amor, enamorarme, conocer a un hombre que me haga creer que la vida tiene sentido –dijo dejándose caer sobre las almohadas.

–Pequeña, piénsalo, no olvides que en ello va tu vida, tus padres no estaremos contigo para siempre.

–Madre, ¿y por eso quieren ponerme junto a un hombre al que ustedes enterrarán? –dijo riendo–. ¿O acaso quieren que sea otra de tantas jóvenes, casadas con viejos que se fueron con Dios, y las dejaron solas a los pocos años?

–Hija, por la Virgen, eso siempre puede pasar. A veces en la vida algunos tienen todo por pocos años y luego son desdichados. ¿Y qué culpa pueden tener los mayores? Uno hace lo que considera mejor para sus hijos. Pero el destino es el destino y hay que aceptar lo que nos envía Dios. Por eso no te quejes, que contigo es muy generoso. Ahora te dejo, llega Caridad con tu desayuno. Ve a misa de once y habla con el sacerdote, y también con Dios y la Virgen de Aranzazu, para que te alumbre el camino y te haga comprender qué es mejor para ti.

–Lo haré madre, haré todo eso que usted me pide –dijo apesadumbrada.

Más tarde clamó frente a la imagen con los ojos llenos de lágrimas:

 

Virgencita de La Merced, Virgencita de Aranzazu, por favor, indíquenme el camino. No me obliguen a casarme con Don Gregorio. Un hombre joven, Virgencita, trabajador capaz de amarme. Yo lo amaré también. No pido mucho, tan sólo un par de brazos para abrazar y ser sostenida. Un hombre gentil a quien amar.”

 

Movió los labios en un rezo infinito, Dios no podía desoírla. Ella era joven y tenía derecho a conocer el amor

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