Filosofando

EDITADO EN EL JARDÍN MÁGICO, 1965 .  EDICIÓN PROPIA.

 

Erase una vez un hombre bueno.

Vivía con su mujer, en una hermosa casita blanca sobre la playa.

La casa estaba rodeada por un hermoso jardín de rosas.

El hombre cuidaba la tierra y la mujer las flores.

En las tardes tibias de verano, acostumbraban sentarse bajo la galería que miraba al mar, con una gran jarra de limonada, él leyendo realidades en el diario, ella tejiendo sueños en la mecedora.

Una tarde, ya sobre el anochecer, atinó a pasar un caminante de larga barba peinada y mochila al hombro.

Se detuvo frente a la casa y oyó el tintineo del hielo en los vasos de limonada.

Como estaba sediento se acercó y solicitó ser convidado.

De inmediato lo conformaron, y él, tomando el vaso lleno de rubio líquido, lo miró a trasluz y lo bebió de un solo trago.

Su barba quedó salpicada de perlas y los tres rieron felices.

El caminante, tornándose serio repentinamente le dijo a su anfitrión: “Tu mujer está enferma, busca a alguien para que la atienda”.

Asustado, éste miró a su esposa y presto la hizo entrar a la casa y la obligó a meterse en el lecho.

Al regresar a la galería, el caminante había ya partido.

En su desesperación, el hombre salió corriendo por la playa, en busca de algún alivio a su angustia, dejando tras de sí huellas húmedas y estrelladas en la arena.

Corrió y corrió, y siguió corriendo.

Luego de varios días y varias noches, llegó a una lengua de tierra cubierta por un bosque en el cual se internó.

El bosque era oscuro y húmedo y se oía el rumor del viento y los pájaros.

Comenzó a caminar sin rumbo cierto hasta que oyó unas voces y se acercó a ellas.

Eran nueve sabios muy sabios que hablaban sabiamente y con gran sabiduría de cosas sabias.

El hombre se aproximó al grupo y trató de preguntarles por la enfermedad de su mujer.

–Por favor, señor– dijo.

Pero los grandes sabios siguieron hablando entre ellos.

–Por favor, señor, por favor– insistió.

Pero ellos trataron de quitarse esa molesta mosca que les perturbaba con su sonido.

–Por favor, señor, por favor.

Y los sabios espantaron a la mosca humana o al humano molesto como una mosca de uno a otro.

– Por favor, señor, por favor– musitó.

Y lo empujaron hasta que lo hicieron salir del bosque.

Quedó entonces el hombre parado frente al infinito, que, verde y perfumado como un campo florido se extendía ante él.

Comenzó a caminar.

 

–¡Hola!– oyó que le gritaban.

–Hola– nuevamente lo llamaban –por qué esa tristeza frente a tan bella naturaleza?– Preguntaba un alegre hombrecito con una botella bajo el brazo emergiendo desde atrás de

una mata de tulipanes.

Y el hombre, bueno y muy triste, contó su desgracia: le habían dicho que su mujer estaba enferma.

–Ya sanará– le dijo el alegre, y le ofreció un vaso de vino.

–No sé, no sé– dijo el hombre moviendo lentamente su cabeza blanca.

Y el alegre le ofreció una flor.

–Ya sanará– le repitió.

Y le obsequió una calandria presa en una jaula de juncos verdes.

–No sé, no sé– repitió el hombre que rechazó los regalos, se alejó.

Había perdido la cuenta del tiempo de su partida y sintió enormes deseos de ver a su esposa, entonces, buscó el camino de regreso a su casa.

Aún faltaban varios días para llegar cuando tropezó con un pensador que estaba meditando sobre la explosión de la galaxia de Andrómeda.

El pensador, que no era astrónomo, bajó sus ojos del cielo a la tierra y miró a ese extraño que pasaba frente a él y que se había detenido y le clavaba fijos los ojos.

–¡Mi mujer está enferma!– casi gritó separando los brazos del cuerpo.

–Mi mujer se muere– dijo ahogando un sollozo.

El pensador lo miró profundamente un instante y sentenció: “Tu mujer no está enferma, sólo espera un hijo”.

Grande fue la alegría que experimentó el hombre al oír estas palabras y velozmente, completó el regreso de su larga ausencia.

Cuando llegó a su casa, vio, desde lejos a una blanca viejecita sentada en una mecedora, tejiendo sueños con sus manos, frente a una gran jarra de limonada y un asiento vacío.

–Qué tonto soy– se dijo el hombre golpeándose la frente con las manos –, ni ella ni yo somos más jóvenes; no podemos engendrar.

Se le acercó y le preguntó por qué no estaba en la cama.

–Yo estoy sana y fuerte– respondió con su voz de arrullo.

El hombre entonces se sintió feliz, y, dándose cuenta de todo el tiempo perdido buscando respuesta a vanas fantasías, envolvió a la viejecita muy blanca con sus brazos y, riendo y bailando, dio un salto muy grande y se la llevó al cielo.

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