Donato

EDITADO EN EL JARDÍN MÁGICO, 1965 .  EDICIÓN PROPIA.

 

El camino de tierra se extendía atravesando el campo de lado a lado, como un gastado cinturón, incapaz de apretar el mundo, acercar un punto a otro.

Lo cruzaba una vieja alcantarilla, centro de reunión de vagos y comadrejas. En épocas de lluvias se llenaba de agua que descansaba también a sus lados, formando una pequeña y fresca charca. Entonces se iban los vagos y llegaban los caballos sueltos –los que mandan sus dueños en busca de alimento, como en las grandes ciudades mandan algunos a sus hijos en busca de limosna– y en lugar de comadrejas, los pájaros hacían sus nidos entre los ladrillos flojos.

Los teros se acercaban a la orilla y se instalaban, y los patos salvajes se llegaban hasta allí en su paso hacia regiones más cálidas.

Cuando, de vez en vez, pasaba por la alcantarilla algún coche, seguido de una gran nube de tierra, los teros y los patos salvajes se levantaban, confundiéndose en una sola bandada y se dispersaban por los campos, avisando a las palomas torcazas y a los gauchos que alguien se acercaba.

Año tras año estaba allí el camino, preso entre los cardos purpúreos que lo seguían en toda su extensión, sujeto por la alcantarilla, visitado por vagos, caballos y comadrejas, sobrevolado por teros y patos salvajes. Siempre igual, aunque cada año renovado.

Esos que parecían los mismos no lo eran.

Allí, un árbol, poco a poco, se iba desarrollando. Más allá, cruzando el campo, como desafiándolo, un ranchito se animaba a levantar. Más acá se veía el esqueleto de una casa.

***

 

Finalmente fueron tres pequeños ranchos en una gran extensión, separados por rectángulos de alfalfa, trigo y maíz.

Cierto día llegó a uno de ellos un matrimonio con cuatro hijos, dos perros y un pequeño atado de ropa.

Llevaban el corazón apretado por un gran miedo.

Se instalaron y, poco a poco, con el trabajo, fueron haciéndose de algunos bienes.

Lo primero que compraron fue una mesa rectangular, grande y pesada, y seis sillas viejas.

Dormían sobre el suelo, pero eso no importaba, era verano y la tierra estaba tibia, como si comprendiese que la necesitaban así, tibia y generosa, como la primera y única amiga que encontraban.

El hombre era alto, joven de cabeza grande y blanca, tenía la nariz recta, los ojos pardos y sombríos y los labios finos y apretados.

La mujer –sombra gris– se paseaba de uno a otro lado atendiendo la casa, al marido y a los hijos que se apretaban a su cuerpo como animalitos en busca de refugio.

Carecía de rostro y figura. Era esa clase de personas a las que uno conoce pero de las que nunca puede recordar las facciones. Se movía como envuelta en niebla y se adivinaba el toque de sus manos en la mesa, las sillas o las flores que adornaban la habitación.

 

Nunca de su boca escaparon una queja o un reproche, ni siquiera para reprender al mayor de sus hijos, Víctor, a quién jamás satisfacía nada de lo poco que ellos podían brindarle.

¿Quién a los doce años no gustó de la aventura? ¿O de salir en las noches sin luna a atrapar pájaros dormidos o a perseguir liebres por el campo?

Todo eso le gustaba a Víctor, y más aún, él soñaba con grandes ciudades y trenes negros y veloces, como aquel que habían tomado una vez, y sus ojos de niño se agrandaban en sus sueños y en las maravillas que rodeaban sus noches en vela.

Mientras él amaba las glorias del mundo, sus dos hermanas hilvanaban sueños prohibidos de princesas enamoradas y, al atardecer se hacían anillos de oro y brillantes con el vientre rojizo de las luciérnagas, o se trenzaban el pelo con el rocío de la mañana.

Donato, de apenas cuatro años, aunque estaba en la edad de los sueños los desconocía. Todo era para él un recuerdo, lleno de brumas y horror, un recuerdo que se agrandaba y se acercaba en las noches silenciosas.

¿Qué era esa sombra que se distorsionaba ante sus ojos? ¿A quién pertenecía ese gran cuerpo y ese brazo levantado que se alargaba transformándose en un filoso puñal y ante él se alargaba y se alargaba hasta casi carecer de forma alguna?

Alguien entonces saltaba, oscureciéndole la imagen. ¿Quién era? Era el suyo un salto de felino asustado. Y volvía a aparecer el brazo debatiéndose en el vacío.

Un chispazo, un estruendo y un fuerte olor a pólvora llenándolo todo.

La sombra caía y el recuerdo terminaba.

Sentía el frío de la madrugada, el traqueteo de un tren y el lento andar de un “sulky” en brazos de su madre.

***

 

La casa de los Morando era conocida ya en el pueblo. Vicente Morando era respetado por su honradez y nobleza. Su paso, siempre triste y silencioso, despertaba curiosidad.

Habían transcurrido algunos años desde su llegada y ya tenían gallinas, tres caballos, un pequeño tambo y un palomar alto y rojo, lleno de palomas blancas que Cecilia Morando cuidaba con religioso amor.

Los domingos por la tarde llegaban a la casa algunos gauchos que sentados frente a la puerta formando un semicírculo, tomaban mate y hacían comentarios sobre la última cosecha, el precio del ganado o la escasez de lluvia.

Si el día era muy frío, o caían algunas gotas, era forzoso que la reunión se realizara en la sala, de tierra brillante y bien apisonada; entonces además del consabido mate, tenían el privilegio de saborear algunas tortas fritas.

Así, pasado el tiempo, se habían hecho de un grupo, sino de amigos por lo menos de conocidos.

Cierto es que, más de una vez trataron de averiguar sobre su pasado y el por qué de su llegada al pueblo, pero, ese era un secreto que salvo unos pocos, todos ignoraban.

Entonces, el respeto casi supersticioso que siente la gente de campo hacia lo desconocido, y que la lleva a elaborar las más extrañas conjeturas, los hacía considerar el silencio ajeno.

***

 

 

Diez años habían pasado desde aquel día en que los Morando se instalaron en el campo.

El palomar albergaba a cientos de tibios huéspedes. Cuando Cecilia Morando ingresaba en él, las palomas parecían reconocerla, pues los arrullos se hacían más y más potentes, hasta ensordecerla.

Víctor, atrapado por sus sueños y fantasías, se había ido. Decían que estaba en una gran ciudad y cada tanto, alguien acercaba alguna noticia, real o no, de él, de sus andanzas, de sus fechorías.

Cierto día llegó el rumor de que Víctor Morando había muerto. Se comentaba en voz baja, que el padre había ido a la Capital a reconocer su cuerpo, atrapado por tres balazos en un fallido intento de asalto.

Sus dos hermanas, pese a esto, lograron hacer realidad sus jóvenes sueños, se casaron con dos buenos muchachos y se fueron a vivir al pueblo.

Donato, entretanto, había crecido como una planta más en la extensión verde, y sus sueños y su corazón seguían aprisionados por una mano invisible. A veces, durante la noche, se despertaba bañado en sudor y gritaba pidiendo la presencia de su madre. Veía sombras amenazadoras, oía voces extrañas y lo enceguecían luces zigzagueantes.

***

 

Una noche de invierno, Cecilia se despertó sobresaltada por un extraño sonido de aleteos.

Salió al campo y vio asombrada el palomar abierto mientras escapaban hacia el cielo una nube asustada de palomas.

Y luego el silencio.

De pronto, un grito rasgó la oscuridad reinante y la silueta de Donato se dibujó en el vano de la puerta del palomar.

El joven divisó a su madre y corrió hacia ella.

Sus ojos muy abiertos miraban sin ver y tenía la boca contraída por una mueca de terror.

Llevaba entre sus manos una paloma muerta, con la cabeza destrozada a golpes y las plumas sucias de sangre.

***

 

Los días que siguieron a esa noche vieron a Donato recuperarse lentamente.

No tenía amigos, salvo su perro, un lanudo y manso animal que apareciera huérfano por el rancho y que lo acompañaba permanentemente.

Con él iba a deambular por el campo y juntos recorrían el camino de tierra destrozando cardos con una vara de mimbre.

Al joven le gustaba caminarlo descalzo para así poder hundir sus pies en el polvo flojo del camino.

Luego de una lluvia, cuando los coches dejaban sus profundos surcos en el barro, Donato gustaba de andar por la cresta de los mismos, rompiéndolos mientras hacía equilibrio.

 

Un día llegó a sus manos una vieja chilaba en la cual aprendió a envolverse y, durante las noches de verano, cuando la luna plateaba el paisaje, se lo veía vagabundear, extrañamente vestido, de horizonte a horizonte hasta que el sol ahuyentaba las sombras.

***

 

El tiempo pasó y al camino le llegó el avance de la civilización: quedaría irremediablemente aprisionado por una capa de asfalto reluciente que permitiría un rápido acercamiento entre los pueblos vecinos.

Fue así que, a poco más de un kilómetro de los Morando, se instalaron tres hombres. Eran los ingenieros encargados de llevar a cabo los trabajos de pavimentación, para lo cual fueron provistos de teodolitos con los que iniciaron las mediciones para determinar los diferentes niveles.

A estos tres les siguieron luego el capataz y una veintena de obreros.

Para los trabajos más simples contrataron gente del pueblo.

Levantaron el obrador y llevaron niveladoras, apisonadoras, hormigoneras.

Los hombres y las máquinas ruidosas se desplazaban de un punto a otro preparando el terreno.

Un día colocaron un siniestro horno, con una enorme chimenea que comenzaría a vomitar fuego día y noche, derritiendo el asfalto.

Donato desconocía estas tareas, por ello no se dio cuenta de lo que estaban haciendo; luego, poco a poco, una idea fue formándose en su mente, pero, antes de llegar a comprender cabalmente lo que ocurría, cayó en cama, sin poder encontrarse el origen de su mal.

Se acercaba octubre y el calor se había adelantado. Una noche, la brisa que entraba por la pequeña ventana de su habitación no alcanzaba a refrescar el aire caliente. El calor despertó a Donato, y miró la oscuridad sin luna.

Se sentía casi bien. Recordó sus antiguos paseos en compañía de su perro y deseó volver a realizarlos.

Se levantó y sus pies descalzos juguetearon en el piso. Salió al campo, respiró el aire perfumado de alfalfa. Despacio, tomó hacia el camino de tierra, como era su costumbre.

Al llegar a él comenzó a recorrerlo, a sentir su tibia suavidad. Lo sentía como una caricia que subía por sus piernas y recorría todo su cuerpo, estremeciéndolo casi voluptuosamente. Entrecerró los ojos y siguió caminando.

De golpe tropezó con la base áspera y dura del pavimento y se sorprendió.

Abrió los ojos, miró al suelo y luego, cuando levantó la vista vio, a lo lejos, un resplandor que llamó su atención.

Era el inmenso horno.

Con paso vacilante se dirigió hacia él.

Las estrellas brillantes no lograban aclarar la noche y las siluetas de los árboles se confundían entre sí.

No sentía las piedras bajo sus pies y apretó el paso para alcanzarlo. Parecía cada vez más y más lejano. Finalmente lo perdió en un recodo del camino.

De pronto, tras una curva, en medio de la negrura, lo vio. Estaba muy cerca, casi a dos trancos. El fuego crepitaba en su interior.

 

Se acercó hasta sentir el terrible calor en su cara. Parecía que le estaban robando el aire. Se acercó más y sintió que su piel se resecaba y se ponía tensa y brillante, a punto de ampollarse, quebrarse. Se acercó aún más y creyó asomarse al infierno.

En la panza abierta de esa extraña cosa danzaban las llamas.

Creyó descubrir el mundo entero consumiéndose.

Creyó descubrirse a sí mismo en su interior.

 

Lo encontraron al día siguiente, llorando, con la mirada extraviada, descalzo, casi desnudo, vagando por el camino de tierra que ya empezaba a ser cubierto por el pavimento       Había querido impedir el trabajo de los obreros, echarlos, y éstos reconociéndolo, lo acercaron a su casa.

Allí, bajo el cuidado de su madre se fue reponiendo. Durante varios días deliró, presa de fiebre, luego, poco a poco, regresó como de un largo sueño.

Al principio rara vez dejaba su habitación. Con el tiempo se animó a salir al exterior y entonces, pasaba los días sentado en el suelo, bajo el paraíso que sombreaba el rancho, envuelto en la vieja chilaba, con la sola compañía de su perro.

 

Pasaron los meses y el nuevo verano se aproximó.

Llegó la época de la siega del trigo. Las trilladoras invadieron los campos.

El sol se repetía en cada espiga.

El campo, pletórico, hacía el obsequio de sus mieses.

El calor subía de la tierra y la luz diurna obligaba a cerrar los ojos.

 

 

Ese día de enero el cielo estaba diáfano. Donato salió de su casa. Se lo veía pálido, había adelgazado y parecía más alto.

En vez de dirigirse al paraíso levantó la vista y recorrió el campo.

El sol del verano que caía a plomo lo encegueció y se cubrió los ojos con las manos.

Se dirigió, siguiendo la entrada bordeada de ligustros, hacia el camino de tierra.

Su camino.

Ansiaba sentirse reconfortado por su tibieza, quería hundir sus pies en el polvo suelto.

De pronto divisó una cinta de plata, un brillo misterioso que cubría de lado a lado el espacio que antes ocupara el viejo camino de tierra.

Parecía un puñal sin principio ni fin. Un puñal que lo retrotraía a su infancia.

Se acercó lentamente y, agachándose, lo tocó. Estaba caliente, casi tanto como el horno que le había dado origen. Quiso arañarlo, levantarlo, romperlo con las manos y no pudo. Quiso sacarlo y acostarse bajo él, cubriéndose con la tierra tibia, y no pudo.

Lloró de miedo e impotencia y sus lágrimas desaparecían apenas llegaban a tocar el pavimento. Temeroso volvió a tocarlo y lo encontró áspero. Comenzó a recorrerlo.

A poco de andar notó el calor terrible del asfalto y sintió quemarse la planta de los pies.

Quiso huir pero, por un extraño sino, no atinó a encontrar el borde de tierra.

Desesperado comenzó a correr. Cada vez el calor era mayor, cada vez sentía que se quemaba más.

Y corrió y corrió hasta que su silueta se disolvió en el horizonte.

 

A la noche lo encontraron. Estaba tendido, con las manos destrozadas y los pies terriblemente ampollados. Su perro estaba a su lado, lamiéndole la cara que parecía confundirse con el pavimento.

Nadie supo más de él.

 

Hoy, cuando los gauchos se reúnen sentados a la puerta de los ranchos vecinos, formando un semicírculo, a saborear el mate y a hablar sobre el precio de las cosechas o sobre las últimas lluvias, comentan que aquel día murió.

Otros creen que Morando lo llevó allá, cerca de Luján, donde quizá podría estar bien.

Lo que nadie se atreve a decir es que, desde aquel lejano día, Cecilia Morando cuida sus palomas con más esmero que nunca, que ya nadie puede entrar al palomar sino es ella, y que, en las noches sin luna, cuando en el cielo se multiplican las estrellas y las sombras se posan sobre el camino hasta hacerle perder su brillo y color y recuperar su antigua identidad, se oye, entre el suave arrullo de las palomas, quedo, muy quedo, un llanto de niño.

 

 

 

 

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