Sabor a Vainilla

EDITADO EN EL JARDÍN MÁGICO, 1965 .  EDICIÓN PROPIA.

 

Había nacido así, con ese hilo invisible que la unía con la gente y con las cosas.

Empezaron a notarlo cuando era muy chiquita, en su afán de seguir al padre primero y al abuelo después.

A medida que fue creciendo, adoptó un protector tras otro, y lo iba cambiando según lo mandaba la vida; de este modo no sentía dolor alguno por la pérdida y se unía pasajera pero totalmente.

Su forma tan peculiar de ser y sentir, motivaba en los demás cierta dosis de sadismo, por lo cual, siempre era objeto de malos tratos.

Cuando creció, esos malos tratos se transformaron en vejámenes y violaciones que ella aceptaba en silencio, con resignación.

A veces sus ojos se enturbiaban pero aún así, no sabía defenderse.

Llegó a los 25 años y su dueño‑guía‑opresor, era, en ese momento, un hombre violento y agresivo, uno más, para agregar a su larga lista de cancerberos.

En su interior pensaba que ninguno había sido tan malo, sobre todo porque éste le arrancó de sus entrañas tres hijos, apenas entrevió la verdad de su estado.

Todavía recordaba el sueño pesado al despertar de la anestesia y el dolor punzante en el bajo vientre y en el corazón.

Con él tenía que estar siempre dispuesta a entregarse, y obediente a sus órdenes y caprichos pero, a pesar de aceptar todo, cada tanto recibía un golpiza: “Para que aprendas”, a la que seguían la cara amoratada y los ojos tristes y enrojecidos.

Ella pensaba que él era nervioso y sensible, y que ella era caprichosa y malvada, que debía realmente, aprender a comprenderlo y, a su vez, mejorar.

La única distracción que ella se permitía eran los helados.

Tomaba helados siempre que podía. Esa sensación de cosa fresca, dulce y tan sabrosa, que se disolvía en su boca bajo la presión de su lengua contra el paladar era, para ella, lo más parecido a la felicidad.

En la esquina de su casa, a pocos pasos sobre su misma vereda, había una heladería, y ese verano, como todos antes, la visitaba diariamente.

Al atardecer compraba un kilo de variados gustos y colores, y los compartía con él, su perro guardián, que controlaba su hora de salida y su hora de llegada con la deliciosa mercadería. Si la ausencia era corta, la recibía amablemente, de otro modo se producían los golpes y los gritos, y luego, la penitencia de ver el kilo de helado bajo el agua caliente, deshaciéndose, suavemente, como su vida joven.

Fue por eso que comenzó a conversar con Cristian, el nuevo dependiente, a pedirle que la atendiera rápido, que no la hiciera esperar, para evitar la terrible escena que sucedería si no llegaba en el tiempo establecido por él.

Le relataba los horrores a los que era sometida, con naturalidad, sin saber que eran horrores.

Al principio Cristian, se reía divertido, luego fue dándose cuenta de la realidad. A veces la veía pasar con él, acompañando su paso largo con los suyos, cortos y temerosos.

Siempre iba un poquito atrás, y como colgada de su brazo, contrastando su figura menuda y sumisa con la de él, alta y arrogante.

Cristian se daba cuenta, incluso, de que no debía saludarla, y ella iba mirando el suelo para no verlo.

 

Día a día, el joven fue notando que ella era un ser humano que nadie, ni siquiera ella misma, conocía.

Y trató de verla y de conocerla.

Una mañana, esperó que él saliera para sus obligaciones y fue a tocar a su puerta. La expresión de inmenso terror que se reflejó en la cara de la muchacha le hizo arrepentirse de su atrevimiento. No obstante continuó asediándola entre helado y helado, entre rosas, dorados y castaños sabores, entre la alegría de la heladería y la sordidez de su vida.

Una noche de diciembre, mientras ella esperaba golosa que le llenara su pote con las distintas cremas y Cristian la miraba buscando insistente sus ojos y su sonrisa, alguien se paró a su lado y los amenazó con un revólver. En su temor no atinaron a nada y el asaltante los condujo, junto con los demás empleados y clientes a un baño y los encerró ahí, luego de sacarles dinero y relojes y antes de dirigirse a saquear la caja.

Cristian se dio cuenta de que sería la única oportunidad de tenerla. La arrinconó contra la pared, entre el lavatorio y la puerta de entrada y ahí, suavemente, muy suavemente, empezó a acariciarle la cara y a besarla. Su mano le recorrió el cuerpo entero y ella se dejó besar y acariciar.

Ahí, delante de seis personas que lo miraban con estupor, la poseyó, y ella se entregó blandamente, como estaba acostumbrada a hacerlo.

Sin embargo, fue la primera vez en su vida que sintió algo tan hermoso. Comenzó retribuir los besos y las caricias, y hubiera seguido haciéndolo durante toda la noche y todo el día siguiente.

Los gritos del otro lado de la puerta los volvieron a la realidad. Cristian aprovechó los últimos instantes para decirle al oído: “Vámonos juntos, muy lejos”. Por toda respuesta ella bajó sus ojos llenos de lágrimas.

Cuando los sacaron de su encierro, él estaba esperando, desconcertado por su tardanza y el asalto.

 

 

Pasaron varios días sin que apareciera por la heladería. Cristian se sentía culpable por su ausencia. Deseaba volver a verla.

Una noche apareció, con su cabello lacio y rubio recogido en la nuca con un moño. Llevaba puesta una solera blanca con grandes flores azules.

Pidió el consabido kilo de helados.

Cristian quiso hablarle, ella levantó sus ojos castaños y opacos y le sonrió levemente. “Te amo, suplicó el muchacho, vámonos, escápate conmigo”. Ella amplió algo su triste sonrisa “Yo también te amo”. Y tomando el helado salió.

Los gritos, la frenada y el correr de la gente lo sorprendió armando un cucurucho de vainilla y, como todo el mundo, Cristian salió a ver.

Y la vio.

Vio su cuerpo menudo con la solera de grandes flores azules entre las que aparecían otras rojas, extrañas ajenas, que crecían y crecían, el cabello desparramado sobre el pavimento, la mano izquierda aprisionando el pote de helado contra el pecho.

 

Cristian se acercó lentamente, pensaba que en cualquier momento ella iba a levantarse, le iba a sonreír como esa primera y única vez, con esa carita triste y pálida y esa boca que deseaba besar y besar, para devolverle el aliento, y llevarla, suave, muy suavemente, hasta su casa, que quedaba tan cerquita de la heladería que ni siquiera era necesario cruzar la calle.

 

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