El perrito Bobby

El sol mañanero caía a pique sobre los eucaliptos añosos que adornaban la ancha avenida.

Damián, con las mejillas arrebatadas, brillantes los ojos claros, corría más veloz que el viento, con su gomera enganchada en el bolsillo del raído pantalón azul y los pies descalzos, levantando una pequeña nube de polvo que se perdía, cual blanca estela marina, a su espalda.

 

Junto a él Bobby, su fiel perro, lo seguía con el hocico húmedo y palpitante, la cola agitada al viento y la lengua rosada, colgando a un lado, presagiando auroras.

Cada tanto, perro y niño, se detenían a recoger piedras y soles o tréboles transparentes o huevos de paloma acunados en el pasto verde.

Mamá los esperaba con la leche fresca recién ordeñada y la galleta de campo enmantecada, crocante por fuera y llena de tibia miga por dentro.

Ese día, además del delicioso desayuno, llegaba con una sorpresa: entre las compras del pueblo, papá sacó envuelto en las mantas viejas del sulky, un dorado y peludo cachorrito de cabeza cuadrada y de orejas chatas pegadas al cráneo que se levantaron interrogantes al tiempo que su dueño giraba la cabeza hacia el niño.

 

¡Qué hermoso era!

Damián estiró sus manos llenas de tierra, de manteca casera y de besos de mamá, y su regocijo no tuvo límites cuando tocó a ese pequeño ser, palpitante y calentito.

Hundió su nariz en la pelambre rubia y olió a su nuevo amigo.

–Tejo, te voy a llamar Tejo –dijo Damián recordando las monedas de bronce brillantes con las que jugaba papá impactando en la cara redonda de la luna ubicada por detrás del sapo de hierro, siempre feo, siempre verde y con su enorme boca siempre abierta.

 

Las monedas volaban veloces, como tejos que eran, desde las velludas y hábiles manos de papá y eran tragadas por la luna o el sapo, o desaparecían ruidosamente en los molinetes, hasta reaparecer en los distintos estantes inferiores, de madera pintada, que contenían luna, sapo, y demás cosas.

Ese era el juego de papá, porque los grandes también juegan y entonces los chicos miran, sin dejar por eso de gozar.

¡Pobre Bobby! Damián se había encandilado con la pelambre y la belleza rubia de Tejo. Bobby, con un ojo a lo pirata, su cuerpo áspero y huesudo, su figura desmañada, cayendo como flecos blancos y negros sus pelos que siempre parecían barrer el suelo, no tenía en hermosura, nada con qué competir.

 

Bobby vio a Damián, con los hoyuelos bailando en su cara y los ojos llenos de luces, jugar feliz con su nueva mascota y se alejó triste, muy triste.

Esa noche le lloró a la luna llena como lo habían hecho sus antepasados, y fue su llanto tan sentido que hasta las estrellas lloraron llenando de lucecitas los campos aledaños. Por eso el día siguiente amaneció pleno de rocío, como si fuera un día de otoño y no de verano.

Damián con su perro nuevo y su perro viejo y olvidado, partió hacia el arroyo cercano como tantas otras mañanas lo hiciera, a darse un chapuzón y a espantar a las ranas con su risa.

En el arroyo lo esperaban, en el agua y en los alrededores, sus cinco compinches del verano, cinco chicos de las cercanías dispuestos a disfrutar, disfrutar, disfrutar…

 

Nunca nadie imaginó lo que a continuación sucedería…

Damián armó su caña y se dispuso a pescar, con Tejo muy erguido sentado a su lado y Bobby, cabizbajo, con su hocico entre las patas delanteras más atrás, muy atrás, observando triste el cuadro donde antes él estaba. Cada tanto suspiraba y se le escapaba un lagrimón, un poco dulce de amor, un poco salado de tristeza que corría de sus ojos hasta enterrarse despacio.

¡Pobre Bobby! tan desplazado se sentía que ni siquiera existía.

–¡Picó! ¡Picó! –gritó de pronto Damián con la tanza tensa.

–¡Picó! ¡Picó! –gritaron a coro sus cinco compinches rodeándolo.

 

Y Damián comenzó su tarea para recoger la línea. ¡Qué pez grande parecía haber pescado! Tan grande y tan fuerte era que lo arrastró haciéndolo caer en el arroyo, y fue también grande el susto de Damián que desprevenido, tragó agua y así aumentó su miedo, y volvió a tragar agua sintiéndose morir.

–¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Me ahogo, por favor, me ahogo! ¡Que alguien me saque! ¡Socorro! ¡Socorro! –gritó aterrorizado.

Los cinco compinches tropezaban entre sí y no atinaban a nada.

Tejo ladraba sin parar y corría sin saber qué hacer pero…

 

…por suerte estaba Bobby, el fiel y querido Bobby que sin pensarlo ni un instante se tiró al agua desesperado para arrancar a su amo, a su querido Damián, de las aguas turbulentas del arroyo…

 

…y luego de dura lucha lo logró.

Bobby había vencido y con infinito amor y esfuerzo lo llevó, apretado entre los dientes, hasta la orilla, ahí lo depositó cayendo a su lado.

Damián estaba con la rubia cabecita sobre el pasto, los pelos pegados a su frente y los ojos cerrados, agotado, casi ahogado, con la boca entreabierta como besando la tierra y destilando agua como una jarra quebrada.

 

Los cinco compinches lo rodearon silenciosos, Tejo se acercó a lamerle la rosada oreja izquierda y Damián entonces, despacito, muy despacito, levantó con cuidado los párpados, estiró la mano y acercó con mucha, mucha suavidad, a su perrito Bobby, que yacía exhausto a su lado, apretándolo muy fuerte, pero muy, muy fuerte, contra su pecho.

Y aunque no lo crean, no sólo Damián reía, Bobby también lo hacía, mientras Tejo ladraba y ladraba.

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