El barquito de papel

Luis vivía en las sierras de Córdoba. Más precisamente en Mallín, entre Cosquín y Tanti, muy cerca de Río Cuarto.

Desde la ventana de su dormitorio podía ver, más allá de la famosa “cueva de los pajaritos”, separado por la ruta polvorienta, el hotel de verano de las monjas escolapias y, más allá aún, el arroyo que corría serpenteante y rumoroso.

Luis amaba el mar.

Su abuelo, capitán de barco, hacía mucho tiempo había llegado a las sierras desde muy lejos, desde un país que queda del otro lado del océano. Había llegado desde Alemania.

Por eso Luis tenía los ojos muy celestes y el cabello rubio y lacio que le caía como lluvia sobre la frente ancha.

Los ojos del abuelo eran del mismo color que los de Luis, pero estaban rodeados de arruguitas. Ambos eran grandes amigos y los unía el amor por el mar.

Muchas tardes de verano se sentaban frente a la gran ventana del comedor, al aire libre, ahí donde mejor se aspira el perfume de los árboles. Luis en su pequeño banco verde de tres patas y el abuelo, desde su cómoda mecedora, le contaba historias muy antiguas y maravillosas de mares infinitos y sirenas, mientras Luis lo escuchaba con atención, los codos en las rodillas y la carita redonda enmarcada por sus manos pequeñas.

 

A veces también preguntaba:

–Abuelo, ¿es cierto que el mar es muy salado?

–¡Y tanto!, no podés tomar el agua de mar, ni cebar mate, ni tampoco hervir duraznos.

–¿Y si te lavás la cara?

–Entonces –contestaba el abuelo– las cejas te quedan blancas de tanta sal que tiene el agua.

–Abuelo, pero vos las tenés muy blancas.

–Eso es por todo el mar que pasó por ellas.

Luis no conocía el mar. Lo más parecido que había visto era el lago San Roque junto a la ciudad de Carlos Paz donde vivían sus primos, a los que visitaba a veces con el abuelo. ¡Entonces sí que se divertían paseando en los veleros del lago!

 

Pero le habían contado que el lago, en épocas de sequía, se quedaba sin agua. El mar nunca se queda sin agua.

Luis pensaba que el campo y el mar se parecían, aunque la lluvia transforma el campo en verde y el mar en azul.

Un día, el abuelo le construyó un barquito de papel, pero no un barquito como tantos. No, éste tenía velas de colores, una quilla blanca y panzona y una bandera celeste y blanca: “Como tus ojos y mis cejas”, le había explicado el abuelo.

 

Luis no se separaba de su barco, a todos lados iba con él.

Cada tanto, con el barquito bajo el brazo, iban a Tanti y chapoteaban en el río de aguas ferrosas que corría entre piedras y sauces llorones y regresaban a su casa, en Mallín, con las zapatillas sucias por la tierra color ladrillo y el agua. Entonces mamá se enojaba, pero no demasiado, pues sabía cuánto habían gozado ambos el paseo.

 

Una tarde fresquita de otoño, cuando los árboles habían comenzado a dorarse, el abuelo en medio de una historia de sirenas, se quedó dormido en su mecedora y se le cayó, rompiéndose, un vaso con agua que sostenía en la mano derecha. Entonces Luis fue corriendo a su cuarto y sacó de su cama la manta de lana de grandes cuadros, verde y roja, y con ella lo cubrió para que no tuviera frío mientras dormía.

 

Mamá lloró, no supo Luis si por el vaso que se rompió o por la manta que se mojó un poco con el agua derramada.

A él lo mandaron a pasar unos días a Carlos Paz, a casa de sus primos. Luis llevó su barquito con él.

Pero el abuelo no lo acompañó.

Sin el abuelo no sería lo mismo estar en casa de los primos. Además la tía estaba muy triste, casi tan triste como la mamá de Luis.

Esa noche, la primera, mientras Luis dormía, el abuelo apareció y lo despertó golpeando desde afuera el vidrio de la ventana.

Luis tomó su barquito de papel y corrió a su encuentro.

Esa noche el abuelo le contó historias fabulosas, no sólo de sirenas, sino también de estrellas y constelaciones y de viejos navegantes.

 

Historias antiguas, mucho más antiguas que la historia misma. Historias de antes de inventarse la brújula, y juntos, abuelo y nieto, recorrieron todos los mares del mundo y visitaron las playas más hermosas del planeta.

Regresaron justo a tiempo, justo antes del amanecer.

 

A la mañana, cuando la tía entró a la habitación para despertarlo, encontró a Luis dormido, abrazado a su barquito de papel con las velas de colores y, al inclinarse para besarlo se sorprendió al ver un reguero de arena que, partiendo desde la cama y subiendo hasta la ventana se hacía montoncito en el alfeizar.

 

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