Un abuelo genial

Juan Manuel tenía un abuelo distinto a todos los abuelos: era escultor y, por lo tanto, artista, y como todo buen artista tenía ideas geniales.

Una de ellas era descubrir princesas ocultas en las manchas de humedad de las paredes; o guerreros y caballos alados en las nubes de verano cuando le narraba al nieto las batallas que se desarrollaban en los cielos rojos del atardecer.

Traducía la canción de la lluvia sobre las cansadas baldosas del patio y descubría la historia de las piedras a través de sus vetas de colores. Le hablaba al jilguero cuando estaba triste y callado, y desentrañaba los mensajes que enviaban a las estrellas, con su panza titilante, las luciérnagas. A veces el abuelo adivinaba los sueños y los misterios ocultos en las cosas, y se los enseñaba a Juan Manuel y a sus amigos, que lo escuchaban con interés.

 

Abuelo y nieto vivían en la ciudad de Rosario, a sólo dos casas de distancia y Juan Manuel, desde sus doce años, lo miraba embelesado.

Sus ojos castaños se abrían con admiración frente al genial abuelo mientras aprendía muchas cosas de su mano.

Algo que Juan Manuel disfrutaba con su pandilla era cuando el abuelo colocaba sobre un caballete de su taller, un cuadro de un pintor muy famoso llamado Van Gogh y se sentaban todos en ronda a escuchar música. El abuelo, entonces les imponía una tarea: Debían encontrar qué música se correspondía con los colores del cuadro. Un día descubrieron que la música de un señor Vivaldi, también muy famoso, era la que más se parecía a la pintura de Van Gogh.

Ese fue un día de festejo y el abuelo los premió con masitas dulces y mate amargo.

 

A veces era la música la protagonista que surgía de los parlantes, entonces cada uno pintaba con una tonalidad distinta, a elección, tratando de transformar el sonido en color, mientras el abuelo los miraba con los ojos llenos de arrugas y de sonrisas y se retorcía el bigote canoso.

Pero lo que más llenaba de felicidad a Juan Manuel era salir con el abuelo a recorrer la ciudad arbolada.

¡En esos momentos, Juan Manuel podía tenerlo y disfrutarlo sólo él!

Juntos caminaban por las calles que corrían a perderse en las barrancas del río Paraná, o visitaban el Monumento a la Bandera, o se acercaban hasta el puerto, para caminar por los muelles junto al río.

 

A veces se escabullían en el cine Rex y, mientras el abuelo compraba las entradas, Juan Manuel hacía morisquetas en el reflejo de las grandes puertas de cristal.

Luego, con el recuerdo de la música y de los cascos de los caballos de la película todavía resonando en los oídos, seguían caminando las calles tomados de la mano mientras comentaban las escenas vistas en la pantalla.

En el mismo centro de la ciudad, en la zona de los Bancos, el abuelo le mostraba las hermosas rejas de las puertas y de los balcones.

¡Qué lindas eran esas tardes soleadas de otoño!

–Rosario es una ciudad llena de tesoros –le explicaba el abuelo.

Muchas veces al regresar del colegio, Juan Manuel iba al taller y lo observaba trabajar.

Él se quedaba sentado muy quieto sobre el banco que el abuelo le había construido; y el abuelo, con los ojos entornados, cubierta la ropa con un delantal muy largo que se anudaba alrededor del cuello y de la cintura, colocaba arcilla en gran cantidad que luego iba transformando, con sus manos virtuosas, en bravos soldados o en hermosas jóvenes que permanecerían inmóviles para siempre, una vez que el abuelo cambiara la arcilla por cemento, bronce, o yeso.

 

Un día el abuelo compró un gran trozo de mármol color rosa.

–¿Para qué es ese mármol ? –preguntó Juan Manuel.

–Este trozo de mármol guarda un misterio en su interior y yo lo voy a descubrir –fue la enigmática respuesta.

–¿Cómo es eso? –preguntó el nieto curioso.

–Hace muchos años hubo un escultor que se llamaba Miguel Ángel. Él decía que había que descubrir qué se encontraba en el interior del mármol. Eso es lo que voy a hacer.

 

Y el abuelo tenía razón, de ese trozo rosado surgió la cabeza de una niña con los labios y las mejillas coloreadas por las vetas del mármol.

-¿Ves, Juan Manuel? Nunca te quedes con el exterior, mirá siempre adentro, ya sea de las cosas o de los hombres.

Juan Manuel asentía pensativo.

El abuelo también les enseñaba en su taller, a Juan Manuel y a sus amigos, el encanto del dibujo y los secretos de la perspectiva.

–¿Pere… qué? –preguntó Luis.

–Perspectiva, cuando todas las líneas escapan hacia un mismo lugar –respondió el abuelo.

–Como la vida –dijo muy serio Juan Manuel.

–¿Cómo es eso? –preguntó Clarita abriendo sus ojos negros.

–Sí, en la vida también vamos todos hacia un mismo lugar. La diferencia es que, en la perspectiva, cuando nos acercamos al punto en el que creemos se unen las líneas, vemos que no es así, nos parece que se unen más y más lejos. Aunque en realidad no se unen nunca.

 

Pero a los chicos les costaba mucho entenderlo.

Fue por eso que el abuelo los llevó a recorrer el parque y las calles adornadas con árboles que parecían unirse en el horizonte. Así los chicos aprendieron, sobre la naturaleza y las leyes de la perspectiva, es más, aprendieron a decir pers-pec-ti-va.

Tantas y tantas cosas aprendieron Juan Manuel y sus amigos con el abuelo y tanto les gustaba dibujar y pintar, que la maestra pensó que se podría hacer un concurso y premiar el mejor trabajo.

 

¿Y sobre qué se podría hacer el concurso?

Luego de pensarlo varios días, lo decidieron: se haría sobre la ciudad de Rosario que todos conocían tan bien. Deberían elegir un espacio, un paisaje, el lugar que más les gustara, y dibujarlo o realizar una réplica, pequeña o grande. Tenían libertad de elección y de acción.

Juan Manuel eligió al abuelo en su taller.

Días y días lo dibujó trabajando con el sol bañando su cabeza blanca, o con la luz rodeando su figura. Lo dibujó haciendo montañas con arcilla, esculpiendo mármol y tallando madera.

 

Y llegó el día de la presentación.

Fueron tantos y tan hermosos los trabajos que los chicos expusieron ante su maestra, que ella no pudo saber cuál era el mejor. Llamó a las autoridades del colegio para que la ayudaran a decidir. Pero las autoridades tampoco supieron qué hacer.

Entonces llamaron a una reunión extraordinaria a la que invitaron a los padres y también a los abuelos que quisieran asistir.

El abuelo de Juan Manuel no faltó al encuentro.

Como no se podía entregar un premio a cada uno de los chicos decidieron que lo más importante era encontrar dónde exhibir todas las obras.

Nadie sabía cómo resolver el problema pues no se quería excluir ningún trabajo, por ser todos muy hermosos, y por representar cada uno de ellos, un esfuerzo personal.

Cuando ya casi desistían, el abuelo de Juan Manuel sugirió una solución que además de aceptarla encantados, no sorprendió a nadie pues: ¡¿De dónde iban a surgir ideas geniales sino de un abuelo genial?!

 

Y así la llevaron a cabo:

En el patio techado del colegio, en ese que utilizaban para realizar los festejos de los días patrios, colocaron armados sobre caballetes, todos los dibujos.

Con paneles, rejas y solados, delimitaron calles, formando una ciudad de Rosario en miniatura.

Incluso colocaron las grandes láminas, pintadas por Lucas, que mostraban el río y el puerto; y el Monumento a la Bandera que hizo Tomás. Además de las avenidas, con los árboles en perspectiva, hechas por Luis y Clarita.

Todo el gran espacio del patio fue ocupado por la pequeña Rosario. ¡Hasta se podía transitar por ella!

Los chicos y sus papás comenzaron a recorrerla.

Juntos se dieron cuenta de que habían construido una ciudad mágica, en la que no existían la maldad ni la injusticia, y en la que se disfrutaba la belleza y la alegría.

Estaba tan bien realizada y era tan hermosa, que hasta los pájaros y las mariposas se acercaron para conocerla y se afincaron en ella.

El paseo de la ciudad terminaba en el taller del abuelo de Juan Manuel donde se podía observar, a través de la mirada del nieto, no sólo su obra, sino todo el cariño que ponía en lo que hacía.

 

Como si fuera real, emergía su figura delgada recortada por un haz de luz y envuelta en una música suave y maravillosa, mientras a su alrededor la estancia estallaba en mil colores.

Los chicos, guiados por el amor del abuelo de Juan Manuel, habían creado en la quietud del espacio, un mundo lleno de amor y fantasía.

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