{"id":1765,"date":"2019-05-08T00:42:30","date_gmt":"2019-05-08T00:42:30","guid":{"rendered":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/?p=1765"},"modified":"2019-05-08T01:03:50","modified_gmt":"2019-05-08T01:03:50","slug":"donato","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/?p=1765","title":{"rendered":"Donato"},"content":{"rendered":"<p>El camino de tierra se extend\u00eda atravesando el campo de lado a lado, como un gastado cintur\u00f3n, incapaz de apretar el mundo, acercar un punto a otro.<\/p>\n<p>Lo cruzaba una vieja alcantarilla, centro de reuni\u00f3n de vagos y comadrejas. En \u00e9pocas de lluvias se llenaba de agua que descansaba tambi\u00e9n a sus lados, formando una peque\u00f1a y fresca charca. Entonces se iban los vagos y llegaban los caballos sueltos \u2013los que mandan sus due\u00f1os en busca de alimento, como en las grandes ciudades mandan algunos a sus hijos en busca de limosna\u2013 y en lugar de comadrejas, los p\u00e1jaros hac\u00edan sus nidos entre los ladrillos flojos.<\/p>\n<p>Los teros se acercaban a la orilla y se instalaban, y los patos salvajes se llegaban hasta all\u00ed en su paso hacia regiones m\u00e1s c\u00e1lidas.<\/p>\n<p>Cuando de vez en vez alg\u00fan coche cruzaba la alcantarilla seguido por una gran nube de tierra, los teros y los patos salvajes se levantaban confundi\u00e9ndose en una sola bandada, y se dispersaban por los campos avisando a las palomas torcazas y a los gauchos que alguien se acercaba.<\/p>\n<p>A\u00f1o tras a\u00f1o estaba all\u00ed el camino, preso entre los cardos purp\u00fareos que lo segu\u00edan en toda su extensi\u00f3n, sujeto por la alcantarilla, visitado por vagos, caballos y comadrejas, sobrevolado por teros y patos salvajes. Siempre igual, aunque cada a\u00f1o renovado.<\/p>\n<p>Esos que parec\u00edan los mismos no lo eran. All\u00ed, un \u00e1rbol poco a poco se iba desarrollando. M\u00e1s all\u00e1, cruzando el campo, como desafi\u00e1ndolo, un ranchito se animaba a levantar. M\u00e1s ac\u00e1 se ve\u00eda el esqueleto de una casa.<\/p>\n<p>Finalmente fueron tres peque\u00f1os ranchos en una gran extensi\u00f3n, separados por rect\u00e1ngulos de alfalfa, trigo y ma\u00edz.<\/p>\n<p>Cierto d\u00eda lleg\u00f3 a uno de ellos un matrimonio con cuatro hijos, dos perros y un peque\u00f1o atado de ropa.<\/p>\n<p>Llevaban el coraz\u00f3n apretado por un gran miedo.<\/p>\n<p>Se instalaron y poco a poco, con el trabajo, fueron haci\u00e9ndose de algunos bienes.<\/p>\n<p>Lo primero que compraron fue una mesa rectangular, grande y pesada, y seis sillas viejas.<\/p>\n<p>Dorm\u00edan sobre el suelo, pero eso no importaba, era verano y la tierra estaba tibia, como si comprendiese que la necesitaban as\u00ed, tibia y generosa, como la primera y \u00fanica amiga que encontraban.<\/p>\n<p>El hombre era alto, joven, de cabeza grande y blanca, ten\u00eda la nariz recta, los ojos pardos y sombr\u00edos y los labios finos y apretados.<\/p>\n<p>La mujer \u2013sombra gris\u2013 se paseaba de uno a otro lado atendiendo la casa, al marido y a los hijos que se prend\u00edan a su falda como animalitos en busca de refugio.<\/p>\n<p>Carec\u00eda de rostro y figura. Era esa clase de personas a las que uno conoce pero de las que nunca puede recordar las facciones. Se mov\u00eda como envuelta en niebla y se adivinaba el toque de sus manos en la mesa, las sillas o las flores que adornaban la habitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Nunca de su boca escaparon una queja o un reproche, ni siquiera para reprender al mayor de sus hijos, V\u00edctor, a qui\u00e9n jam\u00e1s satisfac\u00eda nada de lo poco que ellos pod\u00edan brindarle.<\/p>\n<p>\u00bfQui\u00e9n a los doce a\u00f1os no gust\u00f3 de la aventura? \u00bfO de salir en las noches sin luna a\u00a0 atrapar p\u00e1jaros dormidos o a perseguir liebres por el campo?<\/p>\n<p>Todo eso le gustaba a V\u00edctor, y m\u00e1s a\u00fan, \u00e9l so\u00f1aba con grandes ciudades y trenes negros y veloces, como aquel que hab\u00edan tomado una vez, y sus ojos de ni\u00f1o se agrandaban en sus sue\u00f1os y ante las maravillas que rodeaban sus noches en vela.<\/p>\n<p>Mientras \u00e9l amaba las glorias del mundo, sus dos hermanas hilvanaban sue\u00f1os prohibidos de princesas enamoradas y al atardecer se hac\u00edan anillos de oro y brillantes con el vientre rojizo de las luci\u00e9rnagas, o se trenzaban el pelo con el roc\u00edo de la ma\u00f1ana.<\/p>\n<p>Donato, de apenas cuatro a\u00f1os, aunque estaba en la edad de los sue\u00f1os los desconoc\u00eda. Todo era para \u00e9l un recuerdo, lleno de brumas y horror, un recuerdo que se agrandaba y se acercaba en las noches silenciosas.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 era esa sombra que se distorsionaba ante sus ojos? \u00bfA qui\u00e9n pertenec\u00edan ese gran cuerpo y ese brazo levantado que se alargaba transform\u00e1ndose en un filoso pu\u00f1al y ante \u00e9l se alargaba y se alargaba hasta casi carecer de forma alguna?<\/p>\n<p>Alguien entonces saltaba, oscureciendo la imagen.<\/p>\n<p>\u00bfQui\u00e9n era? Era el suyo un salto de felino asustado. Y volv\u00eda a aparecer el brazo debati\u00e9ndose en el vac\u00edo.<\/p>\n<p>Un chispazo, un estruendo y un fuerte olor a p\u00f3lvora llen\u00e1ndolo todo.<\/p>\n<p>La sombra ca\u00eda y el recuerdo terminaba.<\/p>\n<p>Sent\u00eda el fr\u00edo de la madrugada, el traqueteo de un tren y el lento andar de un sulky en brazos de su madre.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La casa de los Morando era conocida ya en el pueblo. Vicente Morando era respetado por su honradez y nobleza. Su paso, siempre triste y silencioso, despertaba curiosidad.<\/p>\n<p>Hab\u00edan transcurrido algunos a\u00f1os desde su llegada y ya ten\u00edan gallinas, tres caballos, un peque\u00f1o tambo y un palomar alto y rojo, lleno de palomas blancas que Cecilia Morando cuidaba con religioso amor.<\/p>\n<p>Los domingos por la tarde llegaban a la casa algunos gauchos que, sentados frente a la puerta formando un semic\u00edrculo, tomaban mate y hac\u00edan comentarios sobre la \u00faltima cosecha, el precio del ganado o la escasez de lluvia.<\/p>\n<p>Si el d\u00eda era muy fr\u00edo, o ca\u00edan algunas gotas, era forzoso que la reuni\u00f3n se realizara en la sala, de tierra brillante y bien apisonada; entonces adem\u00e1s del consabido mate, ten\u00edan el privilegio de saborear algunas tortas fritas.<\/p>\n<p>As\u00ed, pasado el tiempo, se hab\u00edan hecho de un grupo, sino de amigos por lo menos de conocidos.<\/p>\n<p>Cierto es que, m\u00e1s de una vez trataron de averiguar sobre su pasado y el por qu\u00e9 de su llegada al pueblo, pero ese era un secreto que salvo unos pocos, todos ignoraban.<\/p>\n<p>Entonces, el respeto casi supersticioso que siente la gente de campo hacia lo desconocido, y que la lleva a elaborar las m\u00e1s extra\u00f1as conjeturas, los hac\u00eda considerar el silencio ajeno.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Diez a\u00f1os hab\u00edan pasado desde aquel d\u00eda en que los Morando se instalaron en el campo.<\/p>\n<p>El palomar albergaba a cientos de tibios hu\u00e9spedes. Cuando Cecilia Morando ingresaba en \u00e9l, las palomas parec\u00edan reconocerla, pues los arrullos se hac\u00edan m\u00e1s y m\u00e1s potentes, hasta ensordecerla.<\/p>\n<p>V\u00edctor, atrapado por sus sue\u00f1os y fantas\u00edas, se hab\u00eda ido. Dec\u00edan que estaba en una gran ciudad y cada tanto, alguien acercaba alguna noticia, real o no, de \u00e9l, de sus andanzas, de sus fechor\u00edas.<\/p>\n<p>Cierto d\u00eda lleg\u00f3 el rumor de que V\u00edctor Morando hab\u00eda muerto. Se comentaba en voz baja que el padre hab\u00eda ido a la Capital a reconocer su cuerpo, atravesado por tres balazos en un fallido intento de asalto.<\/p>\n<p>Sus dos hermanas, pese a ello, lograron hacer realidad sus j\u00f3venes sue\u00f1os, se casaron con dos buenos muchachos y se fueron a vivir al pueblo.<\/p>\n<p>Donato, entretanto, hab\u00eda crecido como una planta m\u00e1s en la extensi\u00f3n verde, y sus sue\u00f1os y su coraz\u00f3n segu\u00edan aprisionados por una mano invisible. A veces, durante la noche, se despertaba ba\u00f1ado en sudor y gritaba reclamando la presencia de su madre. Ve\u00eda sombras amenazadoras, o\u00eda voces extra\u00f1as y lo enceguec\u00edan luces zigzagueantes.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Una noche de invierno, Cecilia se despert\u00f3 sobresaltada por un extra\u00f1o ruido de aleteos. Sali\u00f3 al campo y vio asombrada el palomar abierto mientras escapaban hacia el cielo una nube asustada de palomas.<\/p>\n<p>Y luego el silencio.<\/p>\n<p>De pronto un grito rasg\u00f3 la oscuridad y la silueta de Donato se dibuj\u00f3 en el vano de la puerta del palomar.<\/p>\n<p>El joven divis\u00f3 a su madre y corri\u00f3 hacia ella.<\/p>\n<p>Sus ojos muy abiertos miraban sin ver y ten\u00eda la boca contra\u00edda por una mueca de terror.<\/p>\n<p>Llevaba entre sus manos una paloma muerta, con la cabeza destrozada a golpes y las plumas sucias de sangre.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Los d\u00edas que siguieron a esa noche vieron a Donato recuperarse lentamente.<\/p>\n<p>No ten\u00eda amigos, salvo su perro, un lanudo y manso animal que apareciera hu\u00e9rfano por el rancho y que lo acompa\u00f1aba permanentemente.<\/p>\n<p>Con \u00e9l iba a deambular por el campo y juntos recorr\u00edan el camino de tierra destrozando cardos con una vara de mimbre.<\/p>\n<p>Al joven le gustaba caminarlo descalzo para as\u00ed poder hundir sus pies en el polvo flojo del camino.<\/p>\n<p>Luego de una lluvia, cuando los coches dejaban sus profundos surcos en el barro, a Donato le gustaba andar sobre la cresta de los mismos, rompi\u00e9ndolos mientras hac\u00eda equilibrio.<\/p>\n<p>Un d\u00eda lleg\u00f3 a sus manos una vieja chilaba en la cual aprendi\u00f3 a envolverse y durante las noches de verano, cuando la luna plateaba el paisaje, se lo ve\u00eda vagabundear, de horizonte a horizonte, extra\u00f1amente vestido hasta que el sol ahuyentaba las sombras.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>El tiempo pas\u00f3 y al camino le lleg\u00f3 el avance de la civilizaci\u00f3n: quedar\u00eda irremediablemente aprisionado por una capa de asfalto reluciente que permitir\u00eda un r\u00e1pido acercamiento entre los pueblos.<\/p>\n<p>Fue as\u00ed como, a poco m\u00e1s de un kil\u00f3metro de la casa de los Morando, se instalaron tres hombres. Eran los ingenieros encargados de llevar a cabo los trabajos de pavimentaci\u00f3n para lo cual fueron provistos de teodolitos con los que iniciaron las mediciones para determinar los diferentes niveles. A estos tres les siguieron luego el capataz y una veintena de obreros. Para los trabajos m\u00e1s simples contrataron gente del pueblo. Levantaron el obrador y llevaron niveladoras, apisonadoras, hormigoneras.<\/p>\n<p>Los hombres y las m\u00e1quinas ruidosas se desplazaban de un punto a otro preparando el terreno.<\/p>\n<p>Un d\u00eda colocaron un horno, con una enorme chimenea que comenzar\u00eda a vomitar fuego d\u00eda y noche, derritiendo el asfalto.<\/p>\n<p>Donato desconoc\u00eda estas tareas, por ello no se dio cuenta de lo que estaban haciendo; luego poco a poco, una idea fue form\u00e1ndose en su mente pero, antes de llegar a comprender cabalmente lo que ocurr\u00eda, cay\u00f3 en cama sin poder encontrarse el origen de su mal.<\/p>\n<p>Se acercaba octubre y el calor se hab\u00eda adelantado.<\/p>\n<p>Una noche, la brisa que entraba por la peque\u00f1a ventana de su habitaci\u00f3n no alcanzaba a refrescar el aire caliente, Donato se despert\u00f3 y mir\u00f3 la oscuridad sin luna.<\/p>\n<p>Se sent\u00eda bien. Record\u00f3 los antiguos paseos en compa\u00f1\u00eda de su perro y dese\u00f3 volver a realizarlos.<\/p>\n<p>Se levant\u00f3 y sus pies descalzos juguetearon en el piso. Sali\u00f3 al campo y respir\u00f3 el aire perfumado de alfalfa. Despacio tom\u00f3 hacia el camino de tierra como era su costumbre.<\/p>\n<p>Al llegar a \u00e9l comenz\u00f3 a recorrerlo, a sentir su tibia suavidad. Era como una caricia que sub\u00eda por sus piernas y recorr\u00eda todo su cuerpo, estremeci\u00e9ndolo. Entrecerr\u00f3 los ojos y sigui\u00f3 caminando.<\/p>\n<p>De golpe tropez\u00f3 con la base \u00e1spera y dura del pavimento y se sorprendi\u00f3.<\/p>\n<p>Abri\u00f3 los ojos, mir\u00f3 al suelo y luego, cuando levant\u00f3 la mirada vio a lo lejos un resplandor que llam\u00f3 su atenci\u00f3n.<\/p>\n<p>Era el inmenso horno.<\/p>\n<p>Con paso vacilante se dirigi\u00f3 hacia \u00e9l.<\/p>\n<p>Las estrellas brillantes no lograban aclarar la noche y las siluetas de los \u00e1rboles se confund\u00edan entre s\u00ed.<\/p>\n<p>No sent\u00eda las piedras bajo sus pies y apret\u00f3 el paso para alcanzarlo. Parec\u00eda cada vez m\u00e1s y m\u00e1s lejano. Finalmente lo perdi\u00f3 en un recodo del camino.<\/p>\n<p>De pronto, tras una curva en medio de la negrura lo vio. Estaba muy cerca, casi a dos trancos. El fuego crepitaba en su interior.<\/p>\n<p>Se acerc\u00f3 hasta sentir el terrible calor en su cara. Parec\u00eda que le estaban robando el aire. Se acerc\u00f3 m\u00e1s y sinti\u00f3 que su piel se resecaba y se pon\u00eda tensa y brillante, a punto de ampollarse, quebrarse. Se acerc\u00f3 a\u00fan m\u00e1s y crey\u00f3 asomarse al infierno.<\/p>\n<p>En la panza abierta de esa extra\u00f1a cosa danzaban las llamas.<\/p>\n<p>Crey\u00f3 descubrir el mundo entero consumi\u00e9ndose.<\/p>\n<p>Crey\u00f3 descubrirse a s\u00ed mismo en su interior.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Lo encontraron al d\u00eda siguiente, llorando, con la mirada extraviada, descalzo, casi desnudo, vagando por el camino de tierra que ya empezaba a ser cubierto por el pavimento.<\/p>\n<p>Hab\u00eda querido impedir el trabajo de los obreros, echarlos, y estos reconoci\u00e9ndolo, lo acercaron a su casa.<\/p>\n<p>All\u00ed, bajo el cuidado de su madre se fue reponiendo. Durante varios d\u00edas delir\u00f3, presa de fiebre, luego poco a poco regres\u00f3 como de un largo sue\u00f1o.<\/p>\n<p>Al principio rara vez dejaba su habitaci\u00f3n. Con el tiempo se anim\u00f3 a salir y entonces, pasaba los d\u00edas sentado en el suelo, bajo el para\u00edso que sombreaba el rancho, envuelto en la vieja chilaba con la sola compa\u00f1\u00eda de su perro.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Pasaron los meses y el verano se aproxim\u00f3.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 la \u00e9poca de la siega del trigo. Las trilladoras invadieron los campos.<\/p>\n<p>El sol se repet\u00eda en cada espiga.<\/p>\n<p>El campo, plet\u00f3rico, hac\u00eda el obsequio de sus mieses. El calor sub\u00eda de la tierra y la luz enceguec\u00eda a los hombres.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Ese d\u00eda de enero el cielo estaba di\u00e1fano. Donato sali\u00f3 de su casa. Estaba p\u00e1lido, hab\u00eda adelgazado y parec\u00eda m\u00e1s alto.<\/p>\n<p>En vez de dirigirse al para\u00edso levant\u00f3 la mirada y recorri\u00f3 el campo.<\/p>\n<p>El sol que ca\u00eda a plomo lo deslumbr\u00f3 y se cubri\u00f3 los ojos con las manos.<\/p>\n<p>Se dirigi\u00f3, siguiendo la entrada bordeada de ligustros, hacia el camino de tierra.<\/p>\n<p>Su camino.<\/p>\n<p>Ansiaba sentirse reconfortado por su tibieza, quer\u00eda hundir sus pies en el polvo suelto.<\/p>\n<p>De pronto divis\u00f3 una cinta de plata, un brillo misterioso que cubr\u00eda en su totalidad el espacio que antes ocupara el viejo camino de tierra.<\/p>\n<p>Parec\u00eda un pu\u00f1al sin principio ni fin. Un pu\u00f1al que lo retrotra\u00eda a su infancia.<\/p>\n<p>Se acerc\u00f3 lentamente y agach\u00e1ndose, lo toc\u00f3. Estaba caliente, casi tanto como el horno que le hab\u00eda dado origen. Quiso ara\u00f1arlo, levantarlo, romperlo con las manos y no pudo. Quiso sacarlo y acostarse bajo \u00e9l, cubri\u00e9ndose con la tierra tibia, y no pudo.<\/p>\n<p>Llor\u00f3 de miedo e impotencia y sus l\u00e1grimas desaparec\u00edan apenas llegaban al pavimento. Temeroso volvi\u00f3 a tocarlo y lo encontr\u00f3 \u00e1spero. Comenz\u00f3 a recorrerlo.<\/p>\n<p>A poco de andar not\u00f3 el calor terrible del asfalto y sinti\u00f3 quemarse la planta de los pies.<\/p>\n<p>Quiso huir pero por un extra\u00f1o sino, no atin\u00f3 a encontrar el borde de tierra.<\/p>\n<p>Desesperado comenz\u00f3 a correr. Cada vez el calor era mayor, cada vez sent\u00eda que se quemaba m\u00e1s.<\/p>\n<p>Y corri\u00f3 y corri\u00f3 hasta que su silueta se disolvi\u00f3 en el horizonte.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>A la noche lo encontraron. Estaba tendido con las manos destrozadas y los pies ampollados. Su perro estaba a su lado, lami\u00e9ndole la cara que parec\u00eda confundirse con el pavimento.<\/p>\n<p>Nadie supo m\u00e1s de \u00e9l.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Hoy, cuando los gauchos se re\u00fanen sentados a la puerta de los ranchos vecinos formando un semic\u00edrculo a saborear el mate y a hablar sobre el precio de las cosechas o sobre las \u00faltimas lluvias, comentan que aquel d\u00eda muri\u00f3.<\/p>\n<p>Otros creen que Morando lo llev\u00f3 all\u00e1, cerca de Luj\u00e1n, donde quiz\u00e1 podr\u00eda estar bien.<\/p>\n<p>Lo que nadie se atreve a decir es, que desde aquel lejano d\u00eda Cecilia Morando cuida sus palomas con m\u00e1s esmero que nunca, que ya nadie puede entrar al palomar sino es ella, y que en las noches sin luna cuando en el cielo se multiplican las estrellas y las sombras se posan sobre el camino hasta hacerle perder su brillo y color y recuperar su antigua identidad, se oye, entre el suave arrullo de las palomas, quedo, muy quedo, un llanto de ni\u00f1o.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El camino de tierra se extend\u00eda atravesando el campo de lado a lado, como un gastado cintur\u00f3n, incapaz de apretar<\/p>\n","protected":false},"author":2,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":[],"categories":[1,29],"tags":[],"_links":{"self":[{"href":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1765"}],"collection":[{"href":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/users\/2"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcomments&post=1765"}],"version-history":[{"count":2,"href":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1765\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":1789,"href":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/index.php?rest_route=\/wp\/v2\/posts\/1765\/revisions\/1789"}],"wp:attachment":[{"href":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fmedia&parent=1765"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Fcategories&post=1765"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"http:\/\/www.cristinabercaitz.com.ar\/index.php?rest_route=%2Fwp%2Fv2%2Ftags&post=1765"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}