Duluth, Georgia, Estados Unidos
En el sureste de los Estados Unidos, al norte de Florida, se extiende el estado de Georgia. Su capital, Atlanta, constituye el gran centro económico y cultural del sur del país. A pocos kilómetros de ella, en el condado de Gwinnett, se encuentra Duluth, una pequeña ciudad suburbana rodeada de bosques frondosos, suaves colinas y extensas áreas verdes, con fácil acceso al río Chattahoochee y a numerosos lagos. Es un lugar donde la naturaleza conserva todavía una presencia vigorosa.
Hacia el norte se elevan las primeras estribaciones de los Apalaches, cuya cordillera principal se encuentra a unas dos horas de viaje. La región fue originalmente territorio de los pueblos Creek y Cherokee, dos de las naciones indígenas más importantes de Norteamérica. Agricultores, cazadores y organizados en comunidades matriarcales, los cherokees se llamaban a sí mismos “la gente verdadera” o “la gente del principio”.
El río Chattahoochee marcaba antiguamente la frontera natural entre ambos pueblos. Siglos más tarde llegaron los europeos, y con el tiempo aquellas tierras pasarían a formar parte de los Estados Unidos modernos.
Duluth nació como una comunidad agrícola. Durante décadas, el algodón fue su principal riqueza. Su producción alcanzó tal importancia que los fardos se acumulaban en las calles a la espera del ferrocarril que los transportaría hacia otros mercados. Aún hoy, el sello oficial de la ciudad conserva imágenes de las plantas de algodón como homenaje a ese pasado. Junto a él prosperaron cultivos de maíz, soja, frijoles y hortalizas, además de la ganadería. El durazno, símbolo de Georgia, continúa siendo uno de los cultivos más representativos de la región.
Por su clima benigno, sus largos veranos y la abundancia de días soleados, esta parte del país forma parte de lo que se conoce como el Sun Belt, el Cinturón del Sol.
Fue precisamente aquí donde mi hija eligió establecerse junto a su familia.
El centro de Duluth es pequeño y pintoresco. A su alrededor se extienden urbanizaciones de distintas categorías, cuidadosamente diseñadas e integradas al paisaje. En una de ellas vive mi hija, en una típica casa de dos plantas, con jardín al frente y al fondo, rodeada de viviendas similares que se suceden sin rejas ni muros.
Todo transmite una sensación de orden y tranquilidad. Los vecinos se saludan con cordialidad, aunque la vida social suele desarrollarse principalmente en los ámbitos laborales y escolares. Las puertas de las casas permanecen muchas veces sin llave; los garajes se convierten en talleres improvisados, lugares de reunión o espacios donde los jóvenes ensayan con sus bandas y orquestas. Los automóviles, indispensables para la vida cotidiana, descansan en las entradas de las viviendas, ya que el transporte público es escaso y se limita prácticamente a los autobuses escolares.
La amabilidad y la educación parecen formar parte natural del paisaje. Tal vez por eso, quien llega a Duluth percibe de inmediato una atmósfera serena, una sensación de bienestar que invita a bajar el ritmo, respirar hondo y dejar atrás las tensiones de la vida cotidiana.
María Cristina Berçaitz, 2026
