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Peñíscola, de un cuaderno de viaje

Por María Cristina Berçaitz

Peñíscola es uno de los pueblos más bonitos de España. Su nombre evoca sierras, mar y playa.
Se encuentra a mitad de camino entre Valencia y Barcelona.
Antiguamente era una isla que, en determinadas circunstancias, quedaba unida al continente por una estrecha franja de arena. Hoy, aquel paso se ha consolidado y ambas permanecen unidas.
Su historia se remonta mucho más allá de la Edad Media.
Todavía conserva las murallas que rodean su casco antiguo, coronado por el castillo, y sus pintorescas callecitas, que han servido de escenario a películas memorables. Entre ellas, El Cid, protagonizada por Charlton Heston y Sofía Loren, en cuyo rodaje participó buena parte de la población como extra.
Durante la dominación musulmana se distinguió por su inexpugnable fortaleza junto al mar. Sus alrededores contaban con alquerías, cultivos, abundancia de agua e importantes salinas.
Desde aquella fortaleza, situada en la frontera con los territorios cristianos, los musulmanes realizaban incursiones por el litoral, hasta que Jaime I incorporó Peñíscola a sus dominios.
Más adelante, sobre los restos de la antigua alcazaba árabe, los templarios construyeron el actual castillo.
Allí se refugió Pedro Martínez de Luna, conocido como el Papa Luna, quien había asumido el pontificado con el nombre de Benedicto XIII durante el Cisma de Occidente, una profunda división de la Iglesia que llegó a contar, simultáneamente, con tres pontífices.
En 1411, el Papa Luna estableció su sede en Peñíscola y convirtió el castillo en palacio y biblioteca pontificia. Allí permaneció hasta su muerte, en 1423, sin renunciar jamás a su condición de Papa.
Lo sucedió Clemente VIII, quien mantuvo la sede pontificia en ese lugar hasta su renuncia en 1429, poniendo fin a los últimos vestigios de aquel cisma que durante décadas había dividido a la cristiandad.
Un lugar pleno de historia y belleza.
Durante el último verano europeo tuve la suerte de pasar unos días allí. Me acompañaron mi hijo, mi nuera y mi nieto Sebastián, de ocho años.
Alquilamos un pequeño departamento ubicado fuera de las murallas, en la ladera de la montaña, frente al Mediterráneo: un manto celeste que cambiaba de color según la incidencia del sol.
Al llegar, los primeros en ingresar fuimos mi nieto y yo. Subimos por una larga escalera y nos encontramos con un jardín en medio del cual había una pileta de natación, rodeada por un solárium.
Una sonrisa iluminó el rostro de Sebastián. Se puso en cuclillas, comprobó la temperatura del agua y dijo en voz baja:
—¡No les digamos nada! ¡Que ellos lo averigüen solos!
De la entrada del departamento nos separaban apenas unos pocos escalones más.

Una vez instalados, nos dispusimos a disfrutar.
Los días resultaron pocos para nadar en la pileta, ir a la playa, acercarnos hasta las murallas y recorrer las calles donde se suceden pequeños comercios e infinidad de restaurantes. Sentarnos en uno de ellos, con vistas al mar, fue un placer que también pudimos aprovechar.
No faltó la visita al castillo y a las dependencias que ocupó el Papa Luna, cuya figura en bronce se alza, vigilante, junto a la fortaleza.
A mi nieto le divierten mucho los laberintos, por lo que fue con sus padres a recorrer el Laberinto de Peñíscola, que ocupa una superficie de unos siete mil metros cuadrados y que, al inaugurarse, fue considerado el más grande de España y el tercero de Europa.
Pero lo más hermoso fue vivir una tormenta frente al mar, mi sueño de toda la vida.
A primera hora de la tarde, el cielo comenzó a oscurecerse. No fue de inmediato, sino poco a poco. El viento empezó a soplar, primero con dulzura y después con una fuerza cada vez mayor.
Mi nuera decidió que era un excelente momento para caminar y se alejó presurosa hacia la ciudad, al pie del cerro. Mi hijo salió tras ella, para asegurarse de que nada malo le sucediera.
En el departamento nos quedamos la abuela y el nieto.
En pocos minutos, el mar viró del celeste al azul violáceo. Las olas comenzaron a romper ante nuestros ojos, a escasos doscientos metros, contra las piedras y sobre la arena que, de tanto en tanto, aparecía en las pequeñas calas.
Toda la vegetación se agitaba a nuestro alrededor.
Acodada en la ventana, disfrutaba del espectáculo. Mi nieto, cada tanto, se acercaba a observar conmigo.
Luego regresaron sus padres y los tres se animaron a descender nuevamente, para que también el pequeño pudiera sentir la espuma del mar salpicándole la cara.
Durante la noche, el viento fue perdiendo fuerza y llegó la lluvia, que cayó sin descanso hasta la madrugada.
Al día siguiente, la mar estaba en calma, el cielo sereno y las olas besaban suavemente la costa.
Nosotros seguimos disfrutando de aquellos días hasta nuestro regreso a Valencia.

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