La chica del sombrero
Su cuerpo pequeño se estremecía como pájaro con las alas a punto de quebrarse. Como muchas niñas, llevaba el cabello dividido en dos gruesas trenzas que enmarcaban su cara y cubrían su pecho hasta casi rozar la cintura.
Tenía la mirada remota, la sonrisa tímida y los ojos profundos y oscuros. Se encontraba en el balneario custodiada por su madre y una tía. Sola, con sus flamantes dieciséis años. Esa mañana vestía el traje negro, el del gran cuello y puños blancos que hacían resaltar su piel apenas dorada. Calzaba medias largas, blancas y zapatos de tacón. Para cubrirse, había elegido el sombrero de alas anchas que había adornado con un lazo color rosa, similar al de los moños de sus trenzas.
Se dirigió a la terraza que miraba el mar. Su madre la esperaba frente al café del desayuno. Se sentó en silencio. Su tía apareció abanicándose con la mano, apresada en un corsé demasiado estrecho y con el rostro congestionado.
Llegó la mucama vestida de blanco y negro, y sirvió a las señoras. Comió en silencio, con los ojos bajos, oyendo el parloteo incansable de las mujeres que comentaban la llegada de unos nuevos huéspedes; entre ellos el joven que las había impulsado a veranear en ese lugar y que le sería presentado esa tarde.
Cuando terminó, fue autorizada a retirarse y bajar a la playa. Caminó de espaldas al sol, y se detuvo para mirar el mar. Trató de penetrar en él y en su maravillosa eternidad. Luego de breves instantes, retomó la marcha. Su sombra, a esa hora, se alargaba frente a ella y tuvo la ilusión de que alguien la acompañaba. Miró hacia el hotel que se empequeñecía minuto a minuto recortándose en el espacio azul. Abrió los brazos para inundarse de luz. Llevó su mirada hacia el cielo límpido. Con los brazos en cruz giró y en un gran baile trazó círculos en el suelo húmedo que rozaban las olas. El baile… su ilusión prohibida.
Se alejó, levantó un puñado de arena seca y la hizo caer atravesada por el sol. Tomó su sombrero, lo arrojó a lo alto y trató de alcanzarlo. El sombrero cobró vida y comenzó a alejarse. Voló ondulando el aire en su desplazamiento. Ella lo siguió entre risas hasta un arrecife que se adentraba en el mar.
Temerariamente, trepó hasta ubicarse en lo más alto.
El sombrero, suspendido en el espacio, la miraba desde lejos. Lo llamó haciendo bocina con sus manos. Este pareció escucharla y se le acercó. Luego se detuvo, tomó impulso y partió en dirección a los pesqueros que se adivinaban en la lejanía.
Se sentó sobre la húmeda superficie de las rocas y abrazó sus piernas. Echó el rostro hacia atrás para recibir la caricia de la brisa y saborear las gotas saladas que se depositaban en sus labios.
Desde ese lugar se dominaba el confín del espacio. Veía cruzar los veleros de los veraneantes.
Cada tanto, el viento le acercaba las voces y las risas. Cerró los ojos y se imaginó gaviota, tratando de sobrevolar el océano y escalar el cielo.
¡Cuánto deseó ser nube para escapar de su destino cierto! Su vida sería como la de su madre: casamiento, hijos… tedio.
De pronto, un sonido llamó su atención: su sombrero regresaba aleteando la cinta rosa que hacía juego con los moños de sus trenzas y la invitaba a volar con él.
En ese momento decidió ser pájaro y, poniéndose de pie sobre la roca más alta del acantilado, se dejó caer blandamente, con las alas rotas. El mar se silenció para recibirla. Esa noche la encontraron, helada y pálida.
Desde entonces, en el atardecer, quienes recorren el lugar, pueden ver a una gaviota negra con un collar de plumas rosadas, sobrevolar el acantilado vigilando las barcazas que cruzan el horizonte.
