Juanita, la nena a la que se le pegaban las palabras (cuento infantil)
Juanita nació una mañana de verano cuando las ciruelas reventaban en los árboles y los pájaros, de tanto calor, no podían volar.
Las mariposas, bellas y frágiles, eran las únicas que desafiaban los rayos del sol; las chicharras, escondidas entre las hojas verdes del jardín, frotaban sus patas llenando el aire con su canción estridente, mientras las moscas, ruidosas y molestas compañeras del estío, sacudían de sus alas transparentes y de sus cuerpos azules, la humedad de ese día bochornoso.
Lo primero que dijo la mamá al verla fue: “¡Qué bonita que es mi niña!” y, con sorpresa notó que la frase, brotada de sus labios, se enredaba en el pelo rojo de la recién nacida, pegándose fuertemente a él.
Juanita fue creciendo entre el amor de la mamá, los abuelos y los tíos. ¡Ah! Y también el amor del papá, que, muy orgulloso, la exhibía a todos desde una silla de paseo tirada por un caballito blanco, como si fuera una princesa que debía presentarse ante su grey. Desde ese lugar de privilegio, Juanita, observaba el cielo de variados celestes, grises y hasta turquesas que, con la caída del sol, se encendían de luces hasta apagarse y darle paso a las estrellas. Escuchaba el canto de los pájaros y el croar de las ranas y veía titilar la luz de las luciérnagas que la divertían con sus danzas.
Dios le había regalado un don precioso: disfrutar todo con una sonrisa. También, desde aquel primer día en que conoció a su mamá, no sólo se le enredó en su cabello incipiente aquella frase de admiración, sino todas las frases y palabras que se pronunciaban ante ella. Esa era la carga que Dios le entregaba.
Como sabía disfrutarlo todo, al comienzo de su vida únicamente se le pegaron al rostro, los oídos y las manos, palabras lindas, ideas brillantes y frases divertidas, que poco a poco fueron conformando, a su alrededor, una nube inquieta y luminosa que sonaba como música en sordina.
Algunas le servían de indumentaria, cubriéndola por completo, compitiendo entre ellas con sus luces y colores, en tanto la envolvían como brillantes y traslúcidas gasas. Otras la acunaban, meciéndola con cariño. Las más sólidas le servían de soporte para sus sueños e ilusiones.
El día que Juanita cumplió 5 años pensó que debían existir otras palabras, además de las que siempre escuchaba; salió al mundo a buscarlas. Y las encontró.
Encontró palabras llenas de fuerza, de fuego y de fantasía, que la impulsaron más allá del planeta y la llevaron a recorrer la bóveda oscura del universo. Así conoció los cráteres de la luna, los satélites de Júpiter, la nebulosa atmósfera de Venus y patinó, divertida, en los fríos anillos de Saturno. Cuando se cansó de jugar, regresó a su casa hamacándose en una canción de cuna.
Otro día descubrió que existían palabras tristes, como hambre y guerra, que se le pegaron a los hombros lastimándola por mucho tiempo; hasta que encontró la Fe y la Esperanza, lo que le alivió un poquito la pesada carga.
A medida que fue creciendo, las palabras construyeron puentes que atravesó y también jardines poblados de perfumes y sonidos escondidos, que la invitaban a recorrerlos; pero también conoció otras palabras como llanto, dolor, enfermedad y muerte que la sumieron en una enorme tristeza y le mostraron la parte sombría de la vida. Pero quiso la providencia que le acercaran, para confortarla, el amor, el coraje, y la resignación.
Juanita vivía cubierta de palabras que, no sólo se enredaban en su melena roja, sino que le servían de apoyo; ella las usaba de silla, de mesa, de lecho… Además, a todas, las usaba de alimento.
La mamá le enseñó que cada palabra estaba compuesta por letras; las más simples, por una sola, y las otras por… muchas; hasta encontró una compuesta que tenía 22: hepitecantropus erectus y que le resultaba muy divertida, sobre todo porque no la podía doblar, siempre estaba tiesa, derechita, como una vara de acero.
Llegó un momento en el que no supo qué hacer con todas las palabras que la rodeaban y le ocupaban el dormitorio y parte del jardín donde se entretenían conversando alegremente mientras se apiñaban contra el vidrio de la ventana, empujándose, esperando un descuido de la niña para ingresar. Además, por todas partes se corrían unas a otras y se divertían desarmándose y agrupándose a su antojo, sin preguntarle a ella su opinión ni voluntad. A veces hasta tenía miedo de entrar a su cuarto porque no sabía qué iba a encontrar, si una exploración lunar, una caravana atravesando el desierto de Sahara, o los lluviosos bosques tropicales de Venezuela.
Llegó un momento en que ya no supo dónde terminaba ella y empezaban las palabras. Por suerte, con aquel don que Dios le había regalado de disfrutar todas las cosas, sonreía siempre y trataba de penetrar en los paisajes y en los secretos que las letras y las palabras le proponían; pero ¿qué hacer con tal cantidad? Corría el riesgo de que, en poco tiempo, ocuparan todos los espacios.
Necesitaba encontrar la manera de guardar, en algún lugar accesible, todas esas palabras que se peleaban por atenderla, alegrarle la vida y que, de alguna manera, la ahogaban.
Y un día lo encontró.
Fue aquella tarde, en la escuela – no lo iba a olvidar jamás – en la que aprendió a escribir. Cuando el badajo de bronce golpeó la campana anunciando el final de la clase, dejó de un salto su pupitre y corrió a su casa. Al llegar, tiró sobre la mesa la cartera del colegio llena de lápices de colores, figuritas abrillantadas y goma de mascar e, ignorando la leche chocolatada que su mamá le había preparado, fue a su cuarto, tomó un cuaderno y un lápiz y comenzó a escribir.
Una a una fue apresando en el aire las palabras que, al principio, escapaban asustadas; luego, venciendo el miedo, espiaron tímidamente por sobre su hombro y comprendiendo el por qué de su existencia, hicieron fila para ir fundiéndose en el papel, felices de poder desgranar historias como ésta que termino de narrarte.
