Elegías y llanuras, presentación

Cuando, hace algunos años, Carmen Escalada, en ese momento presidente de Gente de letras, me diera la tarea de presentar a Fernando Sánchez Zinny en Salta –íbamos para asistir a un Encuentro literario de esta Entidad–, pedí a Fernando datos sobre su curriculum.

En el avión que nos llevaba, casi agresivamente, colocó en mi falta 60 cm de libros, recortes y revistas y riendo dijo: “Quien es conocido no necesita ser presentado y no necesita curriculum; y al que nadie conoce, ¿para qué presentarlo?

Y se fue riendo y dejando sobre mis piernas parte de su historia.

Muchos años pasaron desde ese momento hasta hoy, día en el que tengo la responsabilidad de presentar su libro de poemas y prosas: Elegías y llanuras.

“¿Por qué yo, pregunté cuando me lo solicitó, si no sé de literatura?, no tengo la erudición ni la capacidad de una Long–Ohni, para presentarte” “Por eso mismo, quiero alguien que de esto no sepa nada y lo haga como lo siente”, respondió. Y acá estoy, sintiendo su poesía y tratando de transcribir a ustedes este sentimiento anímico, espiritual, intelectual que me ha provocado y que me ha ensanchado el alma.

Pero Fernando Sánchez Zinny tiene razón, todos lo conocemos, por lo tanto no lo presentaré a él, poeta, crítico, periodista, en suma, escritor, pero por sobre todo poeta… romántico y eterno.

Abordaré, directamente: Elegías y llanuras dividido en dos partes: poesías y prosas.

Hablar sobre este libro es hablar de la belleza, del amor, del dolor, de la lejanía; del poeta trasnochado atravesado por el verso irredento.

Este verso que aparece enhebrado como las verdes cuentas dentro una vaina de arvejas, así de natural, espontáneo, inspirado en un sentimiento profundo y vibrante.

Sus versos son duros, románticos, depresivos. Cito: “Hoy puedo recordarme, despojado, doliente, / sin ojos, sin caricias: / deja al menos tu pelo entre mis manos”. Como también: “He comenzado a transformarme en árbol, / llovido de hojas trémulas, dormidas /entre las ramas altas que el sol apenas roza.”

Sus versos, a veces, encierran el sí y el no en el mismo instante y sobre la misma idea. Otras tienen la profundidad del mar, la luminosidad del cielo y la oscuridad sangrante del dolor que lacera.

Cito: “Le dije que me iría, que nos iríamos / en una noche clara, sin estrellas.”

Profundidad, desgarro, desesperanza: Cito: “Que todo lo que pudimos inventar/ se borrará de un trazo.”

En sus poemas le habla a la mujer y su voz se torna dolorosa y grave: “Ignoran que también yo tuve deseos de ser y de amar,/ dejar atrás la playa y salir a la espuma / que el sol reparte en algas y en canciones…/

Y agrega: “Estoy tan lejos hoy aunque la voz perdure, / y tan cerca, también, que no podrías/ distinguir mi silencio entre los muchos / que acuden a esta añil demora / en que se morigera el día.”

Y habla de lo eterno, pese a la no creencia: “Te amaba entonces, te amo ahora, / porque el cielo no cesa / y el infierno tampoco.”

El poeta escribe poemas de amor y poemas al amor, simbolizado en la mujer, en la hembra, a las que sus manos apenas rozarán, o no rozarán nunca: “Los labios no osarán besar los labios”.

Los simbolismos, las metáforas y las imágenes se suceden en una cadena de eslabones duros, desgarradores, bellos. Fernando, nuestro poeta, siempre ha dicho que no se puede escribir a la dicha, por ello se elige el sufrimiento, porque de la dicha no surge la poesía. Y elige el sufrimiento para inundar las hojas de papel de noches claras, lunares, sin estrellas, noches que devorará la aurora.

Es su vida una esperanza lejana: Cito: “Y el mundo se solaza y transita sus ruinas/ con pasos de esperanza inmarcesible / adherida a los pétalos / caídos de una floración antigua.”

Y agrega: “Soy joven, no obstante. El más joven de todos; he nacido ayer como una flor reciente, / junto a tus ojos de abrumado desconsuelo.”

Imágenes en las que nos habla de amores que mueren para renacer en la no esencia, en un mar que nos une y nos separa, en un cielo y un infierno que no cesan y que, pese a la no creencia se puede entregar a un Dios al que no ve, pero al que no ignora.

Cito: “Y habló el ateo y dijo: “El hombre vuela sin salir de una jaula / que es muy grande y muy chica y que se llama mundo./ Y se puso a llorar.”

Todo lo cree el poeta y todo lo descree.

“Soy uno más que no creyó en los ángeles / ni ellos creyeron mis mentiras.”

Es su verso una contradicción interminable? ¿una alegría perdida para poder así gozar su ausencia? ¿un dolor permanente?: “No pude hacerme amar ni perdonar.”

Creo que Fernando Sánchez Zinny es el eterno romántico tardío. “Canto porque me estás oyendo, / ahora que no existes / y que el azar es una insinuación de tu sonrisa.”

Difícil es para mí traducir tanta belleza con palabras tan pobres. Desentrañar del poema la idea primigenia sin que mi torpe verbo destroce su poesía. Extractar el concepto y no perder la esencia: Cito: “También Dios, al crear el cielo y la tierra/ fue como si se hubiese suicidado, / porque le era imposible regresar/ de lo que había establecido su ocaso en ese entonces.”

Y también, refiriéndose a la soledad y al amor, eterno tema: “La ingratitud del viento indiferente / a las cosas que trae / me ha hecho como soy, y me ha destruido: / el sol me encegueció / y supe que la soledad / no es sino un nombre entre los nombres/ de la pasión penúltima.” Desgarrado verso del poeta, soledad y dolor se pueden palpar en esos versos.

Pero sigue soñando: “En tu destino no hay sino la flor que se abre / en un amanecer irrepetible.”

También nos habla del amor juvenil, de las heridas que aún ostenta de su juventud lejana, y hoy, en la adultez, del temor a la noche que ayer nos entregaba su alegría. Cito: “Cuando era joven las penumbras de la noche / no herían tanto como la daga del amor” Y agrega: “Lesbia ya no está, ahora es la noche la que intimida, /murallas aguerridas resguardadas por armas / contra las que no se podrá.”

Pone el acento en aquello que los demás no vemos y quita los velos cegadores que cubren nuestros ojos, vuelve la mirada hacia adentro y saca de lo profundo lo perfecto.

Cito: “En esta noche que el insomnio/ recorre con ojos vidriosos, /ella quiere quedarse, aún persiste, / compañera del alga, falsía de la luna, / polvillo de cenizas lloviznado /

sobre calles que suben como un rezo/ hasta el altar en sombras, / donde mueren los años.”

Los años que se llevan nuestra juventud, empero, ¡cómo se engrandecería el poeta si no viviera las noches y los días que se llevan nuestra vida!: “Lo comprendes? Tan grande como es la vida y sin embargo/ cabe en este papel, en esta errátil / penuria que el albur devana, que el viento arrasa y la crueldad destruye/ para el fulgor de la hermosura venidera!” La finitud en tan pocas palabras.

Todo lo dicho, y aún hay más, mucho más que agregar.

Pero quiero dejar por un momento los poemas y abordar las prosas.

Si Fernando Sanchez Zinny tiene un verso sentido, su prosa es una larga poesía en la que desgrana cadenciosamente su pensamiento.

En “Noción de Purgatorio” leemos: “El destino es lamentar ser un viajero doloroso, un exiliado nómada, alma en pena uncida a un rito persistente e incompleto. Entre tanto espero: cuando el último acto haya concluido ya no estaré y entonces se comprobará que esa suma larguísima de horizontes era la vida que tenía asignada. El castigo habrá sido ser un infausto Fénix, mortal entre inmortales y alimentado de ceniza pecadora. Los buenos, en cambio, pasan pronto, con paso ágil, amparados por la fortuna que los hace morir jóvenes.” Como siempre, el miedo al paso de los años y a la cercanía de la muerte que llegará. Quién lo duda, pero mientras tanto se dejan jirones a lo largo del camino.

En “Idilio” leemos: “Deslumbrado y confuso el corazón se ocultó con su temor a cuestas, en tanto los labios no osaban besar aquellos labios. Tan asombroso es esto como que un sediento se resistiera a beber el agua que tiene a su lado.  Después, sólo el deseo de morir en cercanías de sus manos.” El desgarro del amor al deseo no satisfecho que sin embargo alienta.

En “El amor triste”: “Te amo para poder retornar a mí, para ocupar de nuevo mi cuerpo, para escuchar otra vez la música ineluctable. Te amo porque llegas conmovida por mi canto, sombra ligera de los muertos que llenan esta conmoción uniforme.”. “En tus ojos está la ausencia, la ausencia para siempre, femenina y lluviosa, poblada de sagacidad y marfiles anhelantes.” Amar para no dejar de ser, para continuar siendo mientras la soledad atrapa y la mujer es el símbolo, único e inequívoco de lo maravilloso.

Desearía poder, con palabras simples, expresar mi sentir ante la poesía encerrada en esta prosa:  “Nombro el destino”…  esa emoción de amor en la que el poeta expresa: “Ninguna canción más triste que la que desenreda sus cabellos junto a la antigua alameda, cuando ya todos han pasado y los árboles persisten para nadie.”

Otra vez la soledad rodeada de belleza. No puedo expresar lo que siento, es imposible.  Por suerte tenemos su precisa y vibrante prosa.

Leo a Fernando Sánchez Zinny y leo a los clásicos que lo albergan, a los románticos que lo habitan, al amor expresado con delicada sutileza, con magistral delicadeza. De “Sombra oscura de cisnes blancos” extracto: “Tú lo sabes, amor: la sombra es siempre oscura aunque la proyecten los cisnes blancos; los versos no son el amor, el augurio no son los labios.” Toda sombra se proyecta, nada es por nada, todo tiene su sentido impuesto por Dios en este mundo.

Para terminar mi pensamiento sobre Elegías y llanuras, desbordantes poemas remotos, exiliados, quiero leerles de las prosas: “Después de las lluvias”, pág. 59.

“Hay quienes nos hacen felices con sólo interponerse a nuestro paso, tal vez sin saberlo, una visión, un tumulto, un gesto, un sopor para que madure en años posteriores. Reside en ellos el designio, la luz, el sendero que ya no será solitario.

Después no importa más el tiempo y las horas anulan las horas y las hojas. La lluvia cesa y el gris de la tierra reaparece cuando se escurre el agua.

Sus ojos conjuraron el ciclo y adujeron secos mientras había otros que morían de brillo y acuosidad. En su desvío cabalgaba la hermandad más alta y ya nunca el contento estaría lejos.

Como ternura descendida entre laderas, el mundo enceguecido bajó a un encuentro de caléndulas.

Ningún idioma sino aquel que nos hace felices y nos vuelve sinceros. Nos enamoramos de un temblor bailable y se agolpa la música, junto a amigos que imaginan el desnivel de la muerte. No existen los países ni las épocas y los viajes no son sino este lerdo acercarse a las arboledas.

Cerrado el plazo, lo pactado se ha cumplido. Las manos no eran un adiós baldío y ahora, al saberlo, todo sobra.”

Gracias, Fernando Sánchez Zinny por derramar tu poesía en tan admirable verso.

Buenos Aires, noviembre 2010.

María Cristina Berçaitz

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