DramaturgiaTextos

Diálogo entre las sombras (drama en un acto)

 

del libro «3×6+3»

 

Amplio salón estilo Victoriano, por las dos ventanas con rejas se vislumbra el campo, la luz exterior es mortecina. Llueve. Las ventanas tienen cortinas claras de tul bordado y pesados «bandeaux y godet» de damasco color oro y pasamanería al tono, los primeros tomados con agarra cortinas de bronce a ambos lados de las ventanas. Las paredes están revestidas en papel de fondo color vivo con dibujos florales. A la derecha, cerca de una ventana, se encuentra un piano de estudio y sobre él un «quinqué» de kerosene con pantalla de opalina y un fanal con flores de terciopelo. Del centro del salón pende una lámpara de seis luces, con tulipas de opalina, de gas de carburo, encendida. A la izquierda del escenario, a ambos lados de la puerta de entrada, hay dos consolas Victorianas con tapa de mármol de la primera época, cubiertas con adornos de cristal tallados, porcelanas etc. Una alfombra en colores rojo y verde cubre el piso. Un gran sofá, del mismo estilo Victoriano, tapizado en brocado rojo oscuro, completa la decoración.

 

Personajes:

Justo José de Urquiza: caudillo entrerriano

Doña Dolores: su esposa

Mulata: esclava

 

Se abre el telón

 

En el sofá se encuentra Doña Dolores, con el cabello peinado con raya al medio y recogido en rodete sobre la nuca. Viste traje largo de terciopelo negro con escote espejo y el busto aplanado. Esconde el nacimiento del pecho con gran camafeo de marfil en el medio del escote. Usa gargantilla de perlas y aros largos haciendo juego, adorna sus muñecas con pulseras esmaltadas y luce varios anillos. Teje una puntilla blanca y tiene a su lado una canastilla con los enceres de costura. Don Justo está ataviado con levita negra con vivos, pantalón gris oscuro y zapatos negros. Tiene las manos tomadas a la espalda. De pie, junto a la ventana de la derecha de la escena, mira el campo.

Por la izquierda entra una mulata llevando una bandeja con dos mates de plata y una pava de hornillo, apoya la bandeja haciéndose espacio entre los adornos, toma una mesa «till top» que se encuentra plegada cerca de la ventana próxima a la puerta de entrada (izquierda de la escena) una vez desplegada coloca la bandeja sobre ella y la acerca a Doña Dolores.

Comienza a cebar los mates que les irá entregando a uno y a otro personaje. Permanecerá siempre de pie.

 

Don Justo José: (Displicente) Parece que la lluvia durará aún mañana.

 

Doña Dolores: (Suspirando) Si usted lo dice…

 

Don Justo José: (Sin volver la cabeza) He dado orden de agregar más perales junto a la casa. En las tardes de verano dan una sombra agradable a los dormitorios y la fruta es sabrosa.

 

Doña Dolores: (Mirándolo) ¿No sabe cuándo llegarán las flores de estación?

 

Don Justo José: No han de tardar, (Inquieto) no tendremos mucho tiempo para plantarlas. (Abandona la ventana, se sienta junto a Doña Dolores y acepta el primer mate) Este año se harán las fiestas patronales en San José y he comprometido nuestra presencia. Se llegó por acá el viernes una delegación para solicitar un préstamo para granos. (Satisfecho) En pocos años lograremos una colonia floreciente.

 

Doña Dolores: (Siempre tejiendo) Se lo deberán a usted.

 

Don Justo José: De Buenos Aires estoy esperando dos profesores para el Colegio Nacional de Concepción, tienen buenas cartas de referencia. Pasarán con nosotros unos días antes de incorporarse, de este modo los hijos podrán tomar algunas clases extras, y de paso los conoceré. (Mirándola por primera vez) Dé la orden para que apronten las habitaciones.

 

Doña Dolores: (Agitando negativamente la cabeza) Los muchachos no están asistiendo a las clases como deberían.

 

Don Justo José: (Alzando la voz) ¡Deje a los muchachos! Usted ocúpese de las mujeres, de ellos me ocupo yo. Si no asisten a clase es por orden mía, porque los necesito en otros quehaceres. Uno tiene que supervisar la herrería hasta que terminen el arreglo de las escaleras de la capilla y el otro está a cargo de la peonada, para que aprenda a manejar una estancia. (Agresivo) De todos modos no tengo por qué darle a usted explicaciones sobre las decisiones que adopto.

 

Doña Dolores detiene el tejido y alzando la vista lo mira, abre la boca, parece que va a hablar, pero luego niega despacio con la cabeza y reinicia en silencio su labor.

 

Doña Dolores: (En tono triste) Prudencia se asustó al ingresar los otros días por entre los bustos de los emperadores, era media mañana y dijo que la miraban fijo.

 

Don Justo José: (Riendo) Me parece bien, para eso están. Todo el que acceda por la entrada del norte los verá y lo verán, y se sentirá observado como la negra Prudencia, y al salir, se llevará clavados los ojos en la nuca con una sensación de que lo acompañarán por varias leguas.

 

Doña Dolores: (Tímidamente) Pero… ¿Entonces quedarán en el lugar en donde los implantaron?

 

Don Justo José: (Sorprendido) ¡Pues claro que sí! ¿Desde cuándo doy una orden y luego me desdigo? (Extrañado) ¿Es que acaso cree que se hubieran colocado ahí sin mi consentimiento? ¿Se olvida que nada sucede acá sin que yo lo haya decidido antes? Se colocaron en el lugar indicado por mí. Nadie debe ignorar, cuando entre a mis oficinas, que yo soy, en San José, mucho más importante que los conquistadores que lo reciben y que lo van a despedir. Me satisface que se lleven sus ojos en la nuca, como sintiendo que, a través de ellos, los vigilo toda la jornada.

 

Agradece el mate y la mulata se retira, no sin antes plegar la «till top» ubicándola luego en el lugar de origen.

 

Don Justo José: (Suavizando el tono) ¿Tiene prontos los aprestos para la recepción del domingo?

 

Doña Dolores: (Sumisa) Como usted ha mandado.

 

Don Justo José: El señor Obispo ha comprometido su presencia.

 

Doña Dolores: (Con ironía) Afortunadamente tendremos misa.

 

Don Justo José: (Como disculpándose) No se queje. Ya tiene usted un hermoso reclinatorio en sus habitaciones, no quiero verla por la capilla, eso déjelo para la chusma.

 

Doña Dolores: (Alzando la cabeza, suspende la labor) (En tono de protesta) ¡Pero si la capilla tiene la Bendición Papal!

 

Don Justo José: ¡Eso fue muy conveniente! (Imperativo) De todos modos, prefiero no verla por ahí.

 

Doña Dolores: (Quejosa) Quería decirle que Diógenes, en los últimos días, no ha asistido a la oración.

 

Don Justo José: (Fastidiado) Ya no es un niño, la religión es cosa de viejas y de mujeres. (Imperativo) A nuestras hijas es a quienes debe usted vigilar. Quiero que sean mujeres dignas de mi apellido. Vendrán el domingo el hijo de Misia Joaquina y el de Don Fermín, ambos buenos partidos, a ver si podemos realizar alguna unión. No es necesario que le diga que serían matrimonios convenientes a mis intereses.

 

Doña Dolores: Habría que preguntarles a ellas.

 

Don Justo José: (Autoritario) Conque a mí me parezcan aceptables es suficiente.

 

Doña Dolores: (Temerosa) Pero creo que Lolita mira con gusto a otro joven.

 

Don Justo José: (Fastidiado) Pues que se olvide. Ella es hija de Urquiza y no tiene la libertad de elección de que cualquier guachita gozaría.

 

Doña Dolores: Yo la tuve.

 

Don Justo José: Eso fue distinto. (Cariñosamente) Por otra parte a usted la elegí yo.

 

Doña Dolores: (También cariñosamente) Me gustaría que ellas también pudieran elegir.

 

Don Justo José: (Imperativo) El corazón se equivoca casi siempre, sobre todo cuando la sangre es muy joven. El amor viene con los años, con la costumbre, y si no llega nunca, siempre existe el respeto.

 

Doña Dolores: (Dubitativa) Creo que se equivoca.

 

Don Justo José: (Sorprendido) ¡No comprendo cómo se atreve a decir algo así!

 

Doña Dolores: (Insiste) Yo conocí el amor y lo viví… y era muy joven… (Lo mira interrogante) y espero que a usted le haya pasado lo mismo.

 

Don Justo José: (Enojado) Se olvida que eso lo decidí yo, de otro modo no sería usted quien es hoy.

 

Doña Dolores: (Sumisa) No dejo de estarle agradecida.

 

Don Justo José: (Autoritario) Entonces tiene que aceptar mi voluntad ¡Desde cuándo las mujeres pretenden pensar y decidir!

 

Doña Dolores: (Con tristeza) Creo que en una época tenía usted en buen aprecio mis opiniones.

 

Don Justo José: (Baja la voz y con afecto le acaricia la mejilla) Aún hoy la escucho, (Afirmativo) pero la vida le enseña a un hombre cosas que a las mujeres les están vedadas. Usted, a cambio, goza de tranquilidad y de bienestar. (Con orgullo) ¿Acaso me va a decir que no es ésta la estancia más próspera y cómoda del país? (Como imaginándolo) Poco a poco lograré que se extiendan los beneficios de los que acá disfrutamos. Por ahora me conformo con que todos puedan ver que vivimos con todo lujo y comodidad.

 

Doña Dolores: (Con orgullo) Si usted decide algo, siempre lo logra, tiempo es lo único que necesita. Tiempo y que Dios le dé vida para llevarlo a cabo.

 

Don Justo José: (Entre dientes) Otra vez Dios… (Alegre) Pues rece usted, ya que le gusta hacerlo, y yo, mientras tanto, trabajaré con ahínco para reunificar este país y hacer de él la Patria grande con la que sueño. (Levantándose se inclina ante ella en un gesto caballeresco y le tiende la mano) Pero de momento, ya cayó la noche, la invito a retirarse conmigo… (Con picardía) aún nos quedan varias provincias que poblar. (Doña Dolores con una sonrisa toma la mano que se le extiende y los dos, enlazados por la cintura hacen mutis por la izquierda)

 

 

Telón

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.