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El manchado

Se ponía de pie apenas despuntaba el día, movía su enorme cabeza gris agitando sus crines a uno y otro lado, y esperaba.

Al punto aparecía su dueño, don Pablo, capataz de la estancia, con su andar ágil, una faja negra apretando el facón contra sus riñones, el pañuelo de algodón al cuello y un mechón plateado en la abundante melena corta.

El  caballo lo recibía con un sonoro relincho de salutación y don Pablo le ponía la brida, le acomodaba el bocado y comenzaban juntos la dura jornada arrastrando el arado o la rastra.

El Manchado era un percherón tordillo, fuerte y manso, el trabajo no lo asustaba, al  contrario, lo hacía con gusto, y se sentía orgulloso de ser elegido de continuo.

Compartía el potrero con una yegua zaina, con la que a veces tenía amores y un alazán alto y presumido, “un bueno para nada”, pensaba el Manchado.

Cada vez que se necesitaba hacer fuerza, el percherón era al que ataban al tiro. A veces lo golpeaban brutalmente para alentarlo. Esto le resultaba particularmente doloroso, en su lomo y en su orgullo.

Al alazán en cambio, lo usaban para los trabajos menos exigidos, como llevar a don Pablo al pueblo, y entonces se lo veía alto y esbelto luciendo una hermosa brida repujada, con el gaucho sentado sobre un recado de piel de oveja y, era tanto el placer que esta exhibición le provocaba, que hacía innecesario el uso del rebenque.

En los días de fiesta lo ataban al sulky, al que le ponían los mejores arneses y el alazán, levantando su cabeza color canela con las crines bien recortadas, el cuero cepillado y lustroso,  iba con un trote rítmico, medio de lado, pavoneándose por los caminos, despertando los suspiros de las hembras del pago.

A veces cuando se encontraban los hijos del patrón de la estancia, lo elegían para jugar. A su regreso contaba risueño los paseos que había hecho y los dulces de premio que había recibido. Cada tanto, cuando las golosinas eran abundantes, le llevaba alguna a la yegua, quien le agradecía con suaves relinchos y mucho parpadeo de sus ojos negros.

El  percherón al ver esto resoplaba furioso y le decía a la coqueta que ese era un pretendiente frívolo y superficial, en cambio él era duro y trabajador. Ella se reía de sus palabras y, mientras uno se dirigía a trabajar al campo, los otros se iban a trotar bajo los aromos.

El Manchado ya tenía seis años y estaba en la plenitud de su fortaleza física. Don  Pablo sabiendo esto le exigía cada vez mayor esfuerzo, a lo que el animal respondía, tratando, infructuosamente, de conformarlo.

–Buen tordillo– le decía el dueño a su compadre– pero aún puede rendir mucho más–. Y llovían los latigazos sobre el lomo grisáceo del manchado.

Una tarde de verano en época de vacaciones, decidieron arrancar de raíz un enorme eucaliptus. Era tan grande y parecía tan pesado que el patrón sugirió atar al tiro más de un animal.

El alazán asustado al oír esto se paró en dos patas y corcoveando huyó al vado.

La yegua  fingió un esguince de tobillo y se tiró al suelo, negándose a levantar.

El Manchado en cambio, relinchó para avisar de su presencia y recordar su fuerza y su coraje, miró con desprecio a su compañera, y siguió diligente a don Pablo cuando éste se llegó a buscarlo.

Dura fue la tarea para sacar ese árbol.

Luego de practicado el pozo y cortadas las raíces ataron al percherón quien comenzó a tirar y tirar con todas sus fuerzas. Hundía las patas delanteras en la tierra y hacía el esfuerzo con el pecho donde se le marcaban todos los músculos. Bajaba la cabeza para concentrarse, para que nada lo distrajera. De pronto vio de reojo a la yegua, que olvidando su dolencia, se había acercado lo suficiente para espiar; esto le produjo tal placer que aflojó la tensión, de inmediato oyó el silbido del látigo y sintió los tientos trenzados como un fuego sobre sus ancas. Mordió entonces con furia el bocado, sintió escapársele espuma por la boca y  conteniendo su indignación tiró con fuerza descomunal, logrando arrancar el eucaliptus del pozo.

De ahí en más la cosa fue sencilla, pues lo arrastraron hasta el galpón en donde  cortarían al árbol para leña.

El patrón felicitó a don Pablo, y este, bajando sus ojos  pardos y riendo entre dientes, tomó las riendas del animal y lo llevó de regreso al potrero, ahí le acercó un poco de agua y sacándole la brida, lo dejó en libertad.

–Buen trabajo, pingo –le dijo mientras lo veía alejarse– cuanto más te exijo más rendís–. Y el gaucho regresó a su casa con sus bombachas marrones golpeándole las piernas.

Esa noche la yegua, admirada, se le acercó cariñosa y le ofreció su amor.

El alazán regresó sobre el alba inquiriendo noticias de lo sucedido, llevando entre los  dientes un manojo de alfalfa perfumada para ella, quien luego de acompañar un rato el sueño del Manchado, se fue a contar estrellas con el alazán.

Se acercaba el fin del verano y el patrón preparó sus valijas y baúles para regresar a la ciudad. La partida se fue postergando entre asados y reuniones, hasta que no pudo demorarla más. Esa tarde cargó todo en su enorme y pesado coche.

Luego de comer, entre relámpagos y truenos que anunciaban una fuerte tormenta salió.

Apenas transpuso la tranquera, una cortina de agua lo cubrió, el limpiaparabrisas no daba abasto; sabía que la ruta de tierra en pocos minutos estaría intransitable, aun así se animó temerariamente a recorrer esa legua escasa que lo separaba del pavimento pero, a pesar de ser baqueano en el manejo en el barro, no pudo dominar el coche e impedir que dibujara un trompo en la jabonosa superficie y cayera a la banquina que estaba tres metros bajo el nivel de la ruta. Allí quedó clavado con la trompa mirando al cielo.

Mientras tanto en el potrero el Manchado dormitaba tranquilo sin importarle la lluvia ni el viento ni los relámpagos; de pronto un resplandor familiar le hizo abrir los ojos y vio aproximarse la luz del farol de kerosene balanceándose en las manos callosas de don Pablo que se acercaba bajo la lluvia cubierto por un capote negro y calzado con las botas altas.

–Vamos –ordenó–, a trabajar.

Y allí fue el animal mansamente, a cumplir con la tarea.

Le pusieron una pechera –señal de que iba a realizar una labor por demás exigida– y la brida, y lo llevaron hasta el camino en donde lo ataron al paragolpes delantero del coche enterrado en la banquina.

Comenzó el trabajo.

Los gritos y los golpes se alternaban. El Manchado se hundía en el barro y reculaba, saltaba sobre sus patas traseras de un lado a otro, tratando de afirmarse, se apretaba al suelo, casi sentándose, bufaba, resoplaba; de sus fosas nasales salían vapor y gotas de agua, y  espuma por entre los dientes apretados sobre el bocado.

Los gritos lo sobresaltaban y los golpes habían empezado a lastimarle las ancas.

–Vamos, bestia, vamos– rugía don Pablo.

–Pegue más– ordenaba el patrón. Y el látigo silbaba sobre su cabeza y caía sobre su pescuezo sudado por el esfuerzo y empapado por la lluvia. Las crines se le pegaban a la frente y se le metían en los ojos, el agua le impedía ver.

–Vamos, fuerza, fuerza– gritaba don Pablo.

–Vamos, fuerza– repetía el patrón.

Y el Manchado bajaba su cabeza mansa, apretaba con fuerza su quijada rechinando los dientes, relinchaba furioso y sentía que los músculos de sus patas y de su pecho se hinchaban en un esfuerzo desesperado por lograr rescatar esa mole de hierro del barro.

Un poco más aún. Los carrillos crecían bajo su cuero, de pronto sintió que cedía la tensión, que estaba avanzando algo. Los gritos arreciaron y los golpes se multiplicaron, él siguió despacio, arrancando la presa. Sentía que sus ojos se nublaban por el esfuerzo.

–Vamos, falta poco, ya casi lo logramos– gritaba don Pablo a la vez que le hacía saltar sangre de la grupa.

–Vamos, falta poco– repetía el patrón cegado por la cortina de agua que caía del cielo.

Y el Manchado sudaba y tiraba del coche que avanzaba lentamente.

Intentar subir hasta la ruta fue un esfuerzo adicional. Decidieron recorrer un tramo más por la banquina para atenuar de esta manera la pendiente tan pronunciada hasta el camino, subiéndola así más suavemente.

En un momento el Manchado lo sintió clavarse nuevamente, sus patas se hundieron en el barro que lo salpicaba por doquier, quiso abandonar esa lucha desigual, pero los gritos y los golpes lo obligaron a seguir adelante.

Finalmente llegó a la altura de la ruta y poco a poco, el coche fue acomodándose en  las huellas borrosas por la lluvia.

Al paso, visiblemente cansado, lo siguió arrastrando hasta el pavimento que por momentos se le antojaba lejísimo, con don Pablo a su lado y el patrón sucio y empapado en el automóvil, maniobrando el volante.

Ni bien llegaron, y mientras desataban de su coche al caballo, descendió, masculló entre dientes algo sobre que le habían estropeado el paragolpes, y partió finalmente hacia la ciudad.

En medio de la tormenta cuya intensidad no había amainado, regresaron don Pablo y el percherón a la estancia, ambos agotados y sucios, uno pensando que su caballo cada vez rendía más y calculando que podía alquilarlo para algunos trabajos, aun los más pesados, el otro, en tanto, con el lomo dolorido, totalmente embarrado, caminaba con dificultad sintiendo su cuerpo aún más pesado que aquel enorme coche. Cada vez su cuerpo pesaba más, sus patas parecían no responderle.

De pronto cayó de rodillas pesadamente, luego se tendió cuan largo era, solamente la cabeza en alto.

Don Pablo, entre gritos y forcejeos, trató de levantarlo. Pero fue inútil, el Manchado lo miró con sus enormes y mansos ojos inyectados en sangre y su cabeza se apoyó en el barro para no levantarse más.

Se quedó ahí, con la vista fija en un punto lejano.

 

A los pocos días fueron dos desolladores a descuartizarlo para sacarlo del camino. Su cuerpo hinchado y cubierto de moscas aparecía negro.

Entre bromas y risas los hombres comenzaron su trabajo. Sobre el mediodía sacaron de sus alforjas una sandía que abrieron y comieron con placer sentándose junto al animal muerto cuya sangre se confundía con el color rojo vivo de la fruta.

 

Pocos meses después el patrón le regaló a don Pablo otro percherón, también tordillo, pero no tan fuerte y trabajador como el Machado, si bien era muy joven y algo rebelde, igual fue enseñado a realizar las tareas pesadas de tiro.

Como no imaginaron qué otro nombre ponerle, lo llamaron Manchado. Pronto no se supo a quién se referían cuando lo nombraban.

La yegua en poco tiempo se juntó definitivamente con el alazán, y en las noches templadas se los veía pasear bajo la luz de las estrellas con las crines cubiertas de rocío.

Al poco tiempo el camino de tierra fue pavimentado, por lo tanto ya no necesitaban abandonar la estancia repentinamente, ni siquiera cuando amenazaba una gran lluvia.

Poco a poco todos, absolutamente todos, fueron olvidando que una noche un percherón tordillo, manso y trabajador como ninguno, cayó muerto, agotado, en medio de una tormenta de verano.

 

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