El restaurador
Salió de su casa eufórico. Aún le duraba la emoción recibida esa mañana entre la ducha y el desayuno.
Disfrutó recordando el sonido prolongado del timbre de la puerta de calle y la sensación entre sus dedos del sobre apaisado de fino papel con escudo oficial y sello en relieve.
Se detuvo en el recuerdo: el fuerte aroma del café mientras lo abría, el instante en que tomaba y desplegaba la escueta nota y el momento, inolvidable, de su lectura: le solicitaban la restauración del escudo imperial con el águila de dos cabezas que se dibujaba nítido sobre una de las aguas del tejado de la iglesia catedral.
En tantos años que llevaba ejerciendo su oficio había ejecutado obras importantes, pero ninguna le significaba tanto como esta.
Soñaba, desde que notó la caída de las primeras piezas, ponerse al frente de esos trabajos. Se sentía capaz de llevar a cabo las tareas con solvencia y profesionalismo.
Levantó el cuello del abrigo y hundió sus manos en los profundos bolsillos del gabán aprisionando entre sus dedos la máquina fotográfica. En su entusiasmo no había tenido la precaución de colocarse una bufanda. El frío era intenso y se esperaba una nevada sobre las primeras horas de la tarde, quizá la última de ese invierno que ya se iba.
Apuró el paso. Deseaba observar de cerca el dibujo y sacar fotos y muestras de material.
Los tejados de los edificios se recortaban contra el cielo gris plomo de su amada ciudad. Él vivía tras el boulevard, en el distrito IX, en una vivienda construida no hacía muchos años, pero su ciudad era la antigua y maravillosa, aprisionada contra el meandroso trayecto del río.
Atravesó el anillo de circunvalación y tomó el camino que pasando junto al teatro de la Ópera lo llevaría, por la calle peatonal hasta su destino.
Al llegar a la plaza seca se enfrentó con ella. La emoción le nubló la vista y agitó sus poblados bigotes rubios, sus ojos, pequeños y celestes, acariciaron el paisaje.
Se ubicó en una esquina y observó la fachada occidental, única de estilo románico, con la entrada principal flanqueada por las dos torres y, más allá el alto campanario.
La cubierta de gran pendiente decorada con cerámicas esmaltadas, le daba una característica especial al conjunto y lograba el milagro de unir, armoniosamente, los estilos arquitectónicos de distintas épocas. Esta cubierta era su objetivo.
Entró a la iglesia por la torre norte y, comenzó a subir por la estrecha escalera de hierro hasta llegar a la plataforma encerrada tras una reja artística para impedir que algún desencantado de la vida se arrojara para terminar sus días.
Desde ese mirador de hierro, colocado para permitir al público la observación, admiró la hermosa vista de la ciudad. A su derecha estaba la enorme campana y a su izquierda, la belleza imponente del dibujo imperial. Lo observó con detenimiento. En el lado derecho, en el encuentro del cuello con el tronco, se habían desprendido algunas piezas y se notaba el movimiento de varias otras a lo largo del cuerpo y sobre la mancha clara del fondo.
Tomó su máquina y sacó varias placas. Observó el lugar y marcó, con tiza blanca, los puntos por los cuales los herreros habrían de hacer la abertura, que puerta mediante y a través de una plataforma de madera, le permitiría un acceso cómodo y franco para la ejecución de su tarea.
Amaba su trabajo, su vida entera la había dedicado a él sacrificando familia y amores. El encontrarse en ese lugar, cara al cielo frente a la maravilla de una tarea tan compleja llena de exigencias y presiones –presiones por otra parte impuestas por él debido a su estrictez y a su celo profesional–, le significaba haber alcanzado la cumbre y el reconocimiento.
Su trabajo debía ser impecable, cada pieza debía ser auténtica o, en su defecto, debía ser realizada de manera tal que fuera imposible distinguirla de las originales. Debía, incluso lograrse el mismo envejecimiento.
Descendió del mirador y se dirigió a los subsuelos de la catedral. Si el lugar era adecuado montaría ahí su taller para realizar la obra en la que calculaba invertir tres meses.
Mientras se llevaran a cabo la búsqueda y confección del material, el tiempo mejoraría. En tres semanas comenzaba la primavera que solía ser de días fríos y soleados.
Atravesó la cripta y, por una angosta escalera de piedra llegó al sótano ubicado debajo de la nave principal cuya iluminación, por demás escasa, se producía en forma oblicua desde el exterior.
Tendría que trasladar herramientas y varios elementos, pero antes debería limpiarse todo y dotar de luz eléctrica al lugar. Disfrutaba cada cosa que resolvía, cada paso, cada decisión. En pocos días el equipo de herreros y carpinteros habrían materializado la plataforma que le permitiría acceder a su objetivo con comodidad.
Ya estaba puesta la máquina en marcha, y en lo que a él incumbía, nada la detendría, llegaría hasta el final y ese final estaría coronado por el éxito.
Habían pasado varios días desde aquella fría mañana de fines de febrero y se dirigía en busca de las muestras que realizaría la fábrica heredera de aquella que antiguamente confeccionara las piezas originales.
Sentía su corazón palpitar con fuerza, era una sensación instalada a partir de aquella primera visita a la obra y que se repetía con frecuencia. Su ansiedad manifiesta lo había llevado a perder peso y la tensión en la que vivía lo mantenía expectante.
Acarició las pequeñas piezas que había retirado del águila imperial. Las llevaba consigo en forma permanente estudiándolas, analizándolas. Conocía su forma, que no era perfecta, su color, en algunas con un tinte azulado, en otras con un ligero oriente rosado y todas poseedoras de una extraña textura que lo conmovía apenas la yema de sus dedos las tocaban.
Al llegar detuvo su automóvil frente a la puerta de la fábrica. Le habían asegurado una excelente factura. Descendió y atravesó las puertas de hierro y vidrio biselado, altas y pesadas.
Esperó pacientemente hasta ver aparecer un joven con una bandeja portando el material. Le habían preparado ciento treinta pequeñas y maravillosas piezas.
Con el cuidado de un enamorado levantó la cubierta de tela que las protegía y fue separando las planchas una a una. Sacó sus muestras del bolsillo y las colocó junto a las nuevas. El empleado sonreía satisfecho, a sus ojos el trabajo era óptimo: las piezas oscuras, muy negras, tenían un brillo suave y parejo y, en las blancas el color se destacaba purísimo.
El restaurador se colocó los anteojos con montura de oro, esos que usaba muy de vez en vez, para lograr visualizar bien y en profundidad los detalles más pequeños. Movió negativamente la cabeza.
–No, no está logrado –dijo y levantó sus ojos celestes clavándolos en el rostro sonriente del muchacho–. Dista mucho de ser perfecto.
Al empleado se le heló la sonrisa. Dirigió su mirada desde la pelambre rubia y desordenada del restaurador hasta el material presentado.
–Perfecto, está perfecto– dijo con un hilo de voz.
–No. Acá, el negro es muy negro, debería haber sido negro azulado, y el tono rosa del fondo, en las piezas claras, allá abajo, como en la tercera capa, no se logró.
Llamaron al jefe, al supervisor y finalmente al dueño, todos dijeron lo mismo: No se podía hacer mejor, las piezas eran perfectas, el tono azulado y el rosado, eran ideas del restaurador, esos colores no existían.
–No sólo han fallado en el color sino también en la textura y en ese cierto y extraño brillo desparejo que se observa en cada pieza– agregó acariciando con suavidad el nuevo material, sintiéndolo frío y parejo bajos sus dedos.
–No es posible, deben ser sus anteojos, no existen esa textura ni ese brillo interior–. Le contestaron moviendo negativamente la cabeza.
El restaurador se fue cabizbajo llevando las auténticas muestras entre sus manos, tratando de pensar de qué manera podría lograr el material para la ejecución de su tarea.
Recorrió las demás fábricas de la ciudad con idéntico resultado. Luego las de Austria, las de Alemania, Bélgica e Italia.
Finalmente decidió que era imposible, que nadie podía realizar algo que no veía. Solamente él estaba capacitado para hacerlo. Cuando llegó a este convencimiento se abocó a la tarea de fabricar, artesanalmente, las diminutas piezas.
En pocos días se incorporó un horno para cerámica al taller montado en los sótanos de la catedral. Aparecieron bolsas de arcilla de distinta granulometría, pigmentos de todo tipo y aromas penetrantes que se mezclaban entre sí. Con facilidad logró el color negro azulado que buscaba.
Siguió intentando el sutil tono blanco y la suave y extraña textura.
Preparaba muestras, armaba planchas, las cocía, las teñía. En los esmaltes iba combinando colores. Lo hacía una y otra vez. Y otra vez.
¡Eran tantas las muestras que había preparado! Ninguna lo conformaba. En ninguna lograba el color que él deseaba ver ni la textura que lo conmovía.
Su aspecto era cada vez más deplorable. Pasaba las noches en vela ensayando una y otra vez fórmulas para encontrar el tono. Sus ayudantes de tantos años pensaban que desvariaba, que los trabajos eran innecesarios porque el color o la textura que percibía no existían. Veían en la belleza de las piezas por él preparadas la misma que en las originales. Trataban de disuadirlo y convencerlo de usar lo que ya estaba preparado.
Él seguía insistiendo en conseguir la calidad de trabajo que se había propuesto.
Pasaban las semanas y su empeño no cejaba. Pronto comenzó a preocuparle el paso del tiempo sin haber podido alcanzar su meta. Sus nervios comenzaron a alterarse. Cada vez descansaba menos. Cada vez comía menos. Debido a su gran debilidad iba perdiendo el cabello que se tornaba quebradizo y opaco.
Ya habían pasado cerca de treinta días y aún no había realizado las piezas como las deseaba.
Parado frente a su mesa de trabajo en el húmedo taller bajo la catedral, recomenzaba su obra sin descanso.
En ese momento tenía preparado el material base en el cual había logrado, con la mezcla de distintas arcillas, la granulometría, porosidad, forma y espesor exactos. Después de todo, eso era sencillo. Se quitó los anteojos con montura de oro que ahora tenía que usar en forma permanente y pasó una mano por sus cabellos. Hacía apenas un instante había comenzado la tarea de preparar los esmaltes para las bases que tenía ante sí.
Aún no había obtenido esa textura suavísima que hacía vibrar todo su cuerpo cada vez que la yema de sus dedos las rozaba apenas haciendo que su sangre, aun en esos momentos en los que se encontraba tan débil, golpeara en sus venas voluptuosamente. Pero solamente él la percibía. Se colocó nuevamente los anteojos. Al bajar la vista vio, mezclado con los esmaltes, algunas hebras rubias.
Su corazón aleteó ¿No podría ser esa la textura buscada? ¿No podría ser esa la fina, delicada e imperceptible textura buscada del espesor de un cabello? Un cabello de los suyos ralo, quebradizo. Entusiasmado preparó las muestras azules incorporándolos, y las colocó en el horno. Acompañó inquieto todo el proceso de cocción. Vigiló esmaltes y supervisó el color.
Retiró el material. Una vez frío lo tocó y la alegría le inundó el pecho. ¡Había logrado su objetivo! Las piezas, color azul profundo con esa ligera e imperceptible rugosidad eran en un todo exactamente iguales a las existentes.
Quedaba ahora insistir sobre el brillo oculto que salpicaba a unas y otras y, sobre ese oriente rosado que descubría en las blancas como un velo y que para él simbolizaba un amanecer de primavera sobre la ciudad.
Sabía que algún día llegaría el final de la jornada.
Vivía recluido en el taller bajo la iglesia, ese sótano en el cual el sol penetraba en forma oblicua y desde el que no se podía ver ni ser visto. Él lo había elegido para llevar a cabo su obsesiva y fascinante tarea. Ignoraba cómo poder lograr ese oriente rosado que nadie sino él veía oculto en la tercera capa y que era casi imperceptible. Sólo un ojo como el suyo, acostumbrado a la maravilla del color podía percibirlo, pero también sabía que una vez colocadas todas las piezas, con la luz del día, o con la luna plateándolas, cualquier neófito podría notar la diferencia. Él no aceptaría un trabajo así. No lo permitiría.
El día en que armada nuevamente el águila de dos cabezas la luz natural destacara el dibujo imperial nadie debería poder descubrir cuáles eran las piezas originales y cuales las fabricadas por él. La granulometría, el aire entre célula y célula, el color del bizcocho, el color de la pieza, la textura, todo tenía que ser perfecto. El hecho de haber tenido un logro con la textura lo alentaba a seguir adelante a pesar de que las fuerzas comenzaban a faltarle.
Ahora fabricaría las piezas blancas con ese tenue oriente rosado. Seguiría adelante hasta lograrlo.
Tenía cuatro ayudantes, entre ellos uno muy joven que llevaba a cabo las tareas más pesadas y la limpieza diaria del taller, que lo admiraba y seguía de cerca su trabajo tratando de que el maestro lo tomara en cuenta. No se separaba de su lado y lo ayudaba en forma permanente.
El restaurador continuaba con su mezcla de anilinas y sus pruebas de cocción tratando de encontrar el color deseado. Trabajaba sin descanso, comiendo apenas. Durmiendo poco y mal. A veces amanecía en el taller. Pasaba las jornads sin acercarse a su casa. Su hogar y todo su amor se encontraban en ese sótano. La desesperación que sentía muchas veces le hacía brotar lágrimas.
Su única compañía en esas noches solitarias era su joven admirador que se desesperaba sin poder hacer nada para aliviar la angustia de su maestro. Se preocupaba por su debilidad creciente. Trataba de disuadirlo, de lograr que descansara. No comprendía la necesidad de triunfo que experimentaba. No comprendía la pasión que el restaurador ponía en su trabajo ni que estuviera entregando su vida en esta tarea que para el novel ayudante era una tarea más.
Un día el maestro furioso por sus intentos frustrados, golpeó la mesa de trabajo y rompió varias piezas de cerámica, lastimándose.
Su ayudante, mientras lo vendaba, se daba cuenta de que estaba dejando su vida en un trabajo del cual nadie discutía su excelencia.
–Está usted dejando su sangre en estas piezas, su vida, todo en este trabajo, en este sueño irrealizable de alcanzar la perfección.
El restaurador lo miró como si comprendiera, pero, en realidad sólo unas palabras se habían grabado en su mente, “dejando su sangre”, su sangre.
Inmediatamente arrancó con brusquedad el vendaje, apoyó la mano en una bandeja y vertió su sangre en ella, luego la aplicó a guisa de anilina entre los esmaltes coloreando de esta manera, suave, muy suavemente, la tercera capa con un tinte apenas rosado.
Su alegría no tenía límites. Hacía mucho que no experimentaba un placer tan intenso.
Estaba muy cerca del triunfo, estaba muy cerca de lograrlo. ¡Era tan poco lo que le faltaba!
Siguió trabajando con denuedo, usando sus cabellos para la sutil textura y su sangre para el suave tinte que sólo sus ojos veían.
Solamente le faltaba ese toque, ese brillo salpicado entre el oriente perlado y maravilloso de las piezas blancas y el color azul oscuro de las otras piezas.
Entusiasmado con su cuerpo, buscó en él algo que le permitiera lograrlo. Y lo encontró. Lo encontró en sus uñas quebradizas por su debilidad y el trabajo. Y las usó sin importarle arrancarlas de sus dedos.
Y todo lo usó hasta finalizar su tarea. Todo. Con alegría iba terminando las piezas, esas maravillosas piezas hijas suyas como nada lo había sido, como nada pudo ser nunca hijo de nadie ya que lo había engendrado desde su propia muerte.
Su creciente debilidad le impedía moverse como antes. Cada vez le costaba más.
Afortunadamente las piezas habían comenzado a ser colocadas en el dibujo imperial. Para supervisar las tareas debía hacerse acompañar por su ayudante y apoyarse en él. Así podía indicar la distancia que debía existir entre pieza y pieza, la milimétrica amplitud de las juntas, la ubicación en vertical u horizontal de las pequeñas cerámicas según la textura, según el brillo del cuerpo del águila coincidiendo con el brillo de las piezas blancas originales. Allí, en el lugar donde el cuerpo se unía con el cuello o ambos con el fondo claro o donde podía aparecer un detalle de poca importancia, ahí estaba él, supervisando, cuidando, vigilando.
Llegó el día en el cual la obra estuvo casi terminada. Se sintió feliz. Con una sonrisa apenas esbozada, con los cabellos escasos, opacos, con el rostro demacrado y pálido. Sin poder arañar la vida y sin vida que dar ya que la había entregado toda a esa, su última obra maravillosa.
Sintió cerca la muerte y pidió una vez más ayuda para llegar hasta lo alto de la catedral.
La desesperación de no ver su obra terminada era solamente superada por la imposibilidad de despedirse de ella, como de una amante que luego de quitarnos el corazón desaparece oculta en las sombras de la noche.
Pero no solo esto lo animaba, sino también el despedirse de su ciudad y el encontrarse cerca del cielo, pues no se sentía con fuerzas para recorrer un camino demasiado largo.
Al llegar observó el águila y la encontró soberbia. Una suave brisa movió los oscuros velos de su tristeza y el águila acompañó el movimiento con sus alas.
Miró las cabezas, y estas lo enfrentaron con su mirada oblicua. Miró el fondo blanco, el que llevaría consigo su sangre para toda la eternidad y no supo distinguir las piezas nuevas de las originales.
Una última mirada y se sumergió en el albo fondo, montó sobre el águila, y voló. Desde esa ubicación de privilegio pudo observar su pequeño mundo y el recorrido caprichoso de su río. Apoyó la cabeza en el cuello plumoso del águila y, sintiéndola vibrar con su misma fuerza, murió.
Sólo faltaba empastinar.
Dos días después de su entierro su joven ayudante se dirigió a terminar la obra inconclusa. Lo habían elegido por ser quién acompañara al maestro con tanto desvelo. No tuvieron en cuenta que el amor era para el ausente, no para la obra a la que le había entregado la vida. Solamente debía llenar las pequeñísimas juntas con pastina. Un trabajo sencillo y de paciencia.
Preparó el material y se dirigió por la estrecha escalera de hierro a la parte superior. Accedió a la plataforma entablonada. Silbando displicente ensució un trapo en la pastina húmeda y comenzó a cubrir el dibujo. Una vez hecho esto, se fue.
Al retomar la tarea varias horas después el material se encontraba prácticamente fraguado sobre las delicadas piezas. Buscó entonces, en su bolsa, un trozo de viruta fina llevada con ese propósito. Presionando levemente comenzó a retirar el material excedente con movimientos circulares sin advertir que en su brusquedad destruía la delicada capa de esmalte y al hacerlo comenzaban a desprenderse trozos pequeños y brillantes y hebras rubias que volaban llevadas por el viento y se perdían por las calles sorprendidas.
El águila de dos cabezas pareció estremecerse y de sus ojos y su cuerpo comenzó a manar sangre apenas rosada que a través de miles de pequeñísimas heridas, iba brotando de la figura imperial y se desparramaba por el aire tiñiendo de rojo la luminosa mañana de primavera.
