Feliz cumpleaños Camila
Me puse el vestido color plata con gran escote en la espalda. “Total, pensé, el chal bordado en piedras va a cubrir los kilos de más”.
Del alhajero tomé el collar de brillantes y rubíes con la pulsera y los aros haciendo juego. “Pegan golpe, no parecen fantasías” me dije mientras luchaba con el broche en la nuca. Siempre me había costado prenderlo atrás, claro que ahora, con los años, lo mismo daba que lo llevara al frente para ver mejor ya que mi vista no era la de antes.
Una vez que di por terminado el arreglo observé el resultado en el espejo. Me veía hermosa pero… madura. Aún mantenía el cabello rubio, largo, ligeramente ondulado que las primeras canas parecían iluminar.
Los ojos, con algunas arrugas, eran casi tan vivaces como en mi juventud y los labios, si bien eran menos carnosos y deseables, con un ligero toque de color y brillo, lucían apetecibles, o así lo creía yo. De todos modos, no quise mirarme con los anteojos para no deprimirme.
Un toque de perfume terminó de hacerme sentir divina, sonreí satisfecha y partí rumbo a la reunión en la que festejarían mis flamantes sesenta años.
No es que yo fuera una persona muy importante, no, pero en el pueblo me querían. Había llegado recién casada y, en cuarenta años, reunido un gran número de amigos.
Incluso luego de la muerte de Esteban, muchos se habían agrupado a mi alrededor, en torno a la viuda que quedaba sola con hijos jóvenes.
Mi matrimonio había sido bastante bueno. En realidad no tenía muchas quejas de los años vividos dentro del yugo conyugal, aunque a veces, tengo que admitirlo, no me faltaron ganas de cortarle el cuello a mi amado esposo. Pero en el fondo lo quería y eso del divorcio ¡nunca! jamás lo hubiera hecho. Las divorciadas quedan solas, ya lo había visto yo con la pobre Zulema, todos le dieron la espalda y en un momento hasta los hijos la agredieron sin piedad.
Ser viuda es un estado interesante y, según dicen los que saben aunque la misma viuda envenene al marido, todos se acercan pensando “qué sola quedó”.
En cambio la separada es peligrosa, no falta quién se pregunte ¿por qué se separó? Si se fue cansada de recibir palos o si la dejaron por la secretaria, siempre es ella la culpable o por su indiferencia o porque no supo satisfacer al marido o porque… en fin.
Por eso yo no, divorciada ¡nunca! Viuda sí. Y después de todo, la vida transcurre minuto a minuto. Un poquito de paciencia diaria es todo lo que se necesita, luego Dios decide a su gusto y entonces una pasa a ser una respetable viuda pensionada.
Esto era lo que pensaba mientras caminaba lentamente las dos cuadras que me separaban del lugar donde se llevaría a cabo la recepción.
En la noche cálida de primavera oía el sonido de mis pasos. Me gustaba escucharlos. En las grandes ciudades es imposible, los coches, las bocinas y hasta los gritos y las voces de la gente los apagan. Acá, en el pueblo en cambio, para mi placer, el sonido llegaba a mis oídos rebotando en la oscuridad.
Frente a la casa del alcalde, donde me festejarían, pulsé el timbre.
Mientras esperaba levanté los ojos hacia el balcón de Julieta y recordé por qué lo llamábamos así. Años atrás, cuando se inauguró la casa, se clausuró la calle y representamos “Romeo y Julieta” usando el balcón del primer piso para la romántica escena.
Fue una representación en la que participamos varios habitantes del pueblo y que cerramos con una gran comida al aire libre en la plaza principal.
Desde ese momento el balcón había pasado a llamarse “el balcón de Julieta”.
Apenas se abrió la puerta la cálida sonrisa de la dueña de casa me llevó de regreso a la realidad.
–Bienvenida Camila, llegás temprano.
–Sí, para poder recibir a los invitados. No quiero aparecer cuando se encuentren todos y me aplaudan y se queden mirándome. Me inhibe, es mejor para mí de esta manera.
–Me parece estupendo, es tu cumpleaños, tu festejo y debés hacer lo que vos quieras– recalcó.
Ingresé y los pocos que estaban a esa hora tan temprana se acercaron a mí. Los besos llenaron mi cara. Me sentía feliz. Siempre me gustaron las fiestas, el champagne, los bocaditos y la gente bien vestida y perfumada.
Recorrí el gran salón espiando las delicias que se encontraban alineadas sobre las bandejas de plata. A lo lejos vi los mozos vestidos de impecable saco blanco que, a una indicación del alcalde, se acercarían a servirnos.
Muy cerca, al alcance de mi mano, una gran fuente con canapés me tentaba.
¡Conocían mi gusto! Los había de caviar, de salmón y de camarones. Se veían deliciosos.
Miré por sobre mi hombro, todos conversaban alegremente. ¿Y si me servía uno? ¿Era acaso una grosería hacerlo habiendo llegado dos minutos antes? Nadie tenía porqué notarlo. Estaba muerta de hambre, no había comido nada durante el día porque temía que el vestido no me entrara y ahora…
“Después de todo soy la homenajeada” pensé y me serví uno de camarones, pensaba seguir luego con otro de salmón y rematar con uno de caviar, mi favorito.
Cometí un error irreparable, me lo llevé a la boca pero, en vez de alejarme luego con disimulo mientras lo comía, de inmediato puse un segundo canapé empujando el primero con angurria.
Y bueno, me equivoqué, no debí haberlo hecho pues me atoré. Me atoré, no podía siquiera toser. Quise tragarlo pero fue como si los canapés tomados de la mano, dieran vuelta al codo de la garganta y se alojaran ahí para no moverse más.
Luché, me llevé las manos al cuello y comencé a ponerme morada. Sentía que las lágrimas rodaban por mis mejillas sin poder evitarlo y caí desvanecida.
El alcalde al verme en el suelo corrió hacia mí. Con ayuda del veterinario me levantaron y depositaron en una mesa alta y angosta colocada contra el respaldo del sofá ante el hall de entrada retirando las lámparas de bronce y el arreglo floral. Yo, no sé cómo, los veía hacer.
¡Estaba por encima de ellos, sobrevolándolos!
El veterinario intentó respiración boca a boca. Me incorporó luego, como hizo el príncipe con Blancanieves. Fue en vano. Los canapés no se movieron.
–Me parece que está muerta– dijo luego de un rato viendo la inutilidad de su esfuerzo.
“¿Muerta? ¿Estoy muerta?” pensé sin poder creerlo, pero claro, sobrevolaba y eso nunca lo había hecho. Podría ser. Sí, era casi seguro. Estaba muerta.
–Avísenle a los hijos– dijo el alcalde.
–Para qué, si no tardarán en llegar –respondieron.
–Avísenle al médico– sugirió el veterinario.
–También debe estar por llegar– dijo el alcalde.
El mozo se acercaba con el champagne.
–Gracias– dijeron, y cada uno tomó una copa. –A tu salud– dijo la mujer del alcalde.
–¿Cómo decís eso si está muerta?– la retó el marido.
–Sí, pero no llegamos a brindar por su cumpleaños– respondió mirándome al tiempo que bebía un sorbo.
–Tenés razón– dijo el marido levantando su copa hacia mí.
Desde arriba me observé: el cabello rubio caía desordenado pero lleno de encanto mientras se esparcía por la mesa de escasos treinta centímetros de ancho, mis pechos, que siempre habían sido lo mejor de mi anatomía, se veían prisioneros, apenas asomando bajo la caladura del chal bordado con infinidad de piedras que casi rozaba el suelo. ¡Qué bonitos mis pies en las sandalias color peltre con las medias de seda que los cubrían con delicadeza! De no haber sido por el color morado de mi cara hubiera sido una linda muerta.
La llegada de mis hijos se produjo casi al mismo tiempo que la del médico. Se corroboró mi deceso. Luego llegó el cura y bendijo mi cuerpo.
A falta de un vaso de agua, para ahogar llantos e hipos, todos fueron convidados con una copa de champagne, y, también, por qué no, los canapés comenzaron a circular.
Poco después habían llegado todos los invitados. Yo los veía desde mi privilegiada situación, tanto la de tierra, ya que estaba frente al hall de acceso, como la de aire, ya que me desplazaba hacia donde quisiera. También escuchaba las palabras de consuelo que llenaban los oídos de mis hijos.
Luego comenzaron los comentarios.
–Me acuerdo cuando representamos Romeo y Julieta, ella fue la Julieta más hermosa que tuvimos– dijo el alcalde.
¡Mentira! Él no me dejó. Pusieron a Eva, mejor dicho él la puso porque era su “amiguita”.
Yo me quedé con todo el fastidio porque mi actuación era mejor. Me tuve que conformar con ser la nodriza. Eso sí ¡fui una nodriza de lujo!
Entre copa y copa, entre bocaditos, sandwichs y canapés comenzaron a desgranar anécdotas y fueron tantas y tan graciosas, que me encontré siendo la protagonista de cosas que nunca había realizado y otras que, si bien eran ciertas, nunca pensé que para los demás, fueran tan importantes.
Y yo, en fin, empecé sentirme muy bien pues mi paso por este mundo había sido de utilidad y alegría. Las risas ocuparon el lugar de las lágrimas y el alcohol levantó los ánimos.
Al cabo, un mozo apareció para indicar que la cena estaba servida. Fueron alejándose todos hacia el comedor. Si titubearon un instante pensando en el poder y el deber, no tardaron mucho en tomar una decisión. No valía la pena tirar la comida y cortar el buen momento que estaban viviendo.
Mis hijos quedaron solos y se acercaron un instante a mí.
–Linda muerte tuviste mamá– dijo el menor.
–Sí, lástima que te perdiste la fiesta– dijo el mayor.
Desde lejos los llamaban los gritos y las risas desatadas tras cada anécdota que me endilgaban. Me acerqué, “los quiero mucho”, les dije al tiempo que les acariciaba las mejillas.
Los besé muy fuerte. Algo deben de haber sentido pues sonrieron.
–Vamos, vamos a comer, mamá no nos perdonaría si no lo hiciéramos– dijo el menor.
–Sí, luego, a los postres, llamaremos a la cochería– respondió el mayor.
Y se dirigieron, tomados del brazo, a ocupar los lugares reservados para ellos junto a la cabecera vacía.
