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Hermana, querida hermana

El puente viejo cruzaba el arroyo cantarino.

Nadie sabía desde cuándo estaba ahí. Hasta los más antiguos pobladores del pueblo lo conocían desde siempre.

Parecía haber nacido antes que todo.

El paso de los años llevaron el progreso y ese puente de madera ya era insuficiente para las modernas máquinas que lo transitaban.

Ahora tendrían que renovarlo.

El pavimento había llegado hasta él y sería removido, y en su lugar construido otro moderno, de hormigón.

El encofrado estaba preparado. Por todos lados se veían andamios y hombres trabajando.

Ese día el puente parecía una vieja estructura abandonada.

A un lado, cerca de la orilla del arroyo que serpenteaba entre las piedras, los obreros, grandes y fornidos provincianos, comían y reían mirando lo que estaba sucediendo: los chicos del pueblo lo habían invadido.

Todos estaban ahí, todos, no faltaba ninguno del rancherío cercano.

Con sus pequeñas y morenas manos ocuparon el lugar de los obreros.

Subían y bajaban de los andamios y los torpes martillazos sonaban rítmicamente contra la estructura.

La chiquillada, trabajadora y feliz, parecía que realmente se había propuesto terminarlo a plazo fijo, tal era la seriedad y el empeño con que actuaba.

Sus voces se oían dando órdenes, inquiriendo.

El más avispado se erigió en capataz y utilizando el alta voz, dirigía el trabajo del equipo.

Unos llevaban maderas, otros martillos o tenazas. Algunos sacaban con gran esfuerzo piedras del camino. Parecía que un batallón de enanos se había adueñado de ese desvencijado puente y lo estuviera recomponiendo tratando de hacer de él uno grande e imponente.

De tanto en tanto alguno se aburría y se iba a juntar piedritas de colores a la orilla del agua, o se quedaba dormitando a la sombra del sauce.

Joaquín, sucio y desarrapado, con los fondillos del pantalón gastados, las zapatillas rotas y sin camisa, trepaba como un mico desde la base hasta la balaustrada llevando un tablón lleno de clavos torcidos y oxidados.

El flequillo rubio que contrastaba con el pelo corto y muy negro le caía sobre los ojos, al querer sacarlo se tiznaba la frente con las manos sucias.

Desde el pueblo se acercó un sulky y se detuvo a pocos pasos con gran fastidio del improvisado capataz.

Una joven trigueña lo conducía.

–Joaquín –llamó– vamos “pa’ las casas”.

Joaquín detuvo su trabajo y levantó la vista hacia su hermana, su querida hermosa hermana.

Rápido dejó su tablón y corrió a su lado, la abrazó fuerte apretándose contra su pecho joven.

Ella tenía el rostro arrebolado y en su boca un beso robado furtivamente en la trastienda del almacén.

Cruzaron el puente y partieron hacia el campo con el viento golpeándoles las mejillas.

Joaquín aspiraba el aroma del pasto, de las flores y el de su hermana, la más hermosa flor.

A veces en las noches, cuando la tormenta arreciaba o cuando el grito del búho lo despertaba, corría a meterse en su cama y se escondía entre sus brazos.

Ella lo abrazaba y retomaba el interrumpido sueño, mientras él, desvelado, la acariciaba y jugueteaba con el vello suave de su pubis virgen.

Un barquinazo del sulky, una curva, y allá divisaron el molino de viento con su chirrido metálico característico.

Al llegar a “las casas” doña María salió a recibir a sus hijos y juntos bajaron las compras hechas en el pueblo.

Entre ellas el algodón blanco para el vestido de novia.

Joaquín no entendía bien, o no quería entender: su hermana se casaba.

No se iba de su casa ni de su lado. Ellos iban a vivir ahí nomás, en un ranchito de adobe y  paja con una gran sala y una pieza que todos los días crecía, poco a poco pero sin interrupción.

Decían que se terminaría al mismo tiempo que el puente, aun cuando en el rancho trabajaran sólo dos personas.

Se acercaba el día de la boda y la nueva vivienda ya estaba casi concluida.

Las hábiles manos femeninas bordaron manteles y cortinas y los hombres revocaron y pintaron.

Todo era alegría.

Joaquín, con los ojos azorados y una extraña inquietud en el corazón, seguía de cerca a su hermana. No quería separarse de ella.

Sus pequeños diez años y su ignorancia le hacían crecer el miedo.

Y se inauguró el puente.

Ese puente sobre el que todos habían puesto su empeño, su esfuerzo.

El puente sobre el que todos debían pasar, única entrada al pueblo para los que llegaban desde el oeste.

Se hizo una gran fiesta y acudió hasta el alcalde.

Adornaron el puente con flores de magnolia y lo cruzaron de lado a lado con una gran cinta de raso blanco.

El cura del pueblo lo bendijo, cortaron la cinta y simbólicamente lo cruzó el antiguo carro de bomberos.

Luego lo hizo un grupo de gauchos de a caballo, luciendo sus anchas rastras de cuero, adornadas con alpaca y tachonadas de monedas, con sus bombachas negras y sus pañuelos de seda blanca al cuello.

A ellos les siguieron las jóvenes con largas faldas estampadas y el cabello tomado en gruesas trenzas.

Hubo asado para todos y se bailó y se cantó.

La fiesta terminó a medianoche entre el rocío y las guitarras, cuando los niños caían rendidos por el sueño y las parejas se escabullían divertidas buscando el amparo discreto de las sombras.

Con los jazmines llegó para la joven el día tan esperado.

Sólo pensar en su pronta entrega la estremecía de gozo.

Sonrió sensual sabiendo que su cuerpo sería acariciado como lo habían sido sus manos, su cara, su pelo.

Su mirada parecía ausente y lejana y en sus labios se había enredado una sonrisa.

Ese día no le prestó atención a Joaquín que, sentado en un rincón de la cocina miraba sin ver los preparativos de la boda.

Al caer la tarde su hermana comenzó a arreglarse cantando alegre.

Finalmente apareció vestida de blanco, olía a azahares y lavanda y tenía el pelo trenzado con flores.

¡Estaba tan hermosa!

Corrió desesperado a abrazarla y lo detuvieron.

–¡No! Vas a estropearle el vestido.

Sus ojos se enturbiaron y sintió una sorda impotencia.

Luchó para que las lágrimas no lo denunciaran y corrió a refugiarse en su cuarto.

Desde ahí Joaquín se sintió arrastrado, lavado y trajeado.

Con un cuello que lo torturaba y con zapatos nuevos y lustrosos los acompañó al pueblo.

La novia iba adelante, en un sulky adornado con flores.

La iglesia, la fiesta, todo pasó ante los ojos del niño casi como un sueño.

A las doce cesó la música y entre el griterío y las risas supo que su hermana se iba.

Ella trató en vano de encontrarlo para darle un gran beso de despedida, pero no lo logró. Su pena pronto se disipó al sentir a su lado la presencia de su flamante esposo.

Desde el sulky saludaron a todos con la mano y partieron.

En el camino se abrazaron largamente, rieron y reiteraron sus mutuas promesas de amor.

El ranchito, flamante, estaba aguardándolos perfumado de jazmines y lleno de esperanzas.

Al fin había llegado el momento tan esperado.

Las flores cayeron del pelo y el vestido de novia se deslizó al suelo.

Sus cuerpos se fundieron en uno solo y se entregaron gozosos uno al otro.

Afuera, en las sombras, agazapado como un animal herido, estaba Joaquín que había viajado oculto bajo el asiento del sulky.

Sus ojos muy abiertos espiaban por la ventana y su garganta hacía esfuerzos para no gritar su ira y su desesperación.

 

Al día siguiente doña María se levantó temprano para cebar el mate como era costumbre, pero antes, se dirigió al cuarto de Joaquín esperando encontrarlo dormido.

Había desaparecido la noche anterior y nadie sabía dónde se había escondido.

La cama y el cuarto estaban tal cual los habían dejado al salir para la iglesia.

Un extraño presentimiento la asaltó.

Preocupada salió a la puerta del rancho para mirar el campo deseando temerosa encontrar a su hijo entonces, al mirar al horizonte algo muy extraño llamó su atención: allá lejos, en las aspas plateadas del molino de viento, como un barrilete enganchado, había un cuerpo pequeño y moreno, con un flequillo rubio, muy rubio, que contrastaba con el pelo negro, muy negro.

 

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