Los fantasmas de San José
Las sombras se agitaron levemente.
En el patio la servidumbre, a la luz de los faroles, terminaba sus actividades y se retiraba.
Caminó bajo las parras y tomando un candelero se dirigió hacia la entrada.
En pocos días, desde aquel suceso, todo había cambiado. Hasta el aire parecía expectante.
El jardín, perfumado de jazmines y azahares, permanecía ajeno a su sentir y la luna desleía las estrellas que tachonaban el cielo.
El canto de un pájaro trasnochado la sobresaltó.
Le gustaba pasearse en la soledad pues era el momento en el que ella era la sola dueña.
La brisa agitó los árboles copudos y la fragancia de las magnolias en flor la envolvió.
El calor era perfectamente soportable, grato, parecía una caricia.
Entró al salón. Sobre el clavicordio la llama de las velas seguían el ritmo de una melodía suspendida en el recuerdo.
Se acercó sin ruido, la alfombra amortiguó sus pasos, hasta podía escuchar los latidos de su corazón.
A través de las rejas y los vidrios escudriñó la noche. Aún no había cantado el gallo.
El sonido de un galope se adivinó a lo lejos.
Los pájaros le hicieron lugar entre los frutales y oyó abrir las dos rejas de la entrada.
Antes de que pudiera reaccionar vio su enorme figura recortarse en el vano de la puerta.
Había llegado luego de dos días y dos noches de marcha, llevaba en la piel el olor de su montura. A pesar de su cansancio no había querido dejar pasar más tiempo. Sabía que lo esperaban con ansiedad.
La guardia, según lo convenido, no lo detuvo.
En un instante se encontró entre sus brazos y escondiendo su cara sobre su pecho lloró en silencio.
Sabía que todo lo planeado era imposible, ella pertenecía a San José, a sus piedras y a sus palomas.
El pertenecía a los esteros, a las noches claras y a la libertad del campo infinito.
Esta sería su despedida, su primera y última entrega de amor. Todavía tenían unas horas hasta el amanecer, momento en que se desharían todos sus sueños.
Lo vio alejarse espejando la luz del día. Ella también se iría en la grupa de un pegaso azul, y sobrevolaría los campos con el cabello al viento y la camisa blanca flotando entre sus piernas.
La encontraron las mulatas al llevarle el primer mate de la mañana, primero pensaron que estaba dormida, luego vieron el hilo de sangre que corriendo por su brazo se hacía charco en el suelo y se confundía con las hebras cobrizas de su larga cabellera.
