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Los mellizos

Eran tan parecidos que difícilmente se los distinguía.

Cuando bebés, la madre les ponía ropa de distintos colores para reconocerlos.

Un día olvidó qué ropa correspondía a cada uno y nunca supo si los llamaba por el nombre con el que habían sido bautizados. Afortunadamente, cuando tenían alrededor de cinco años, apareció una pequeña mancha, como un lunar rojo, en el blanco del ojo derecho de uno de ellos, el que respondía al nombre de Sebastián, y eso le permitió identificarlos, pero sólo ella lo sabía.

Cuando querían confundirla, cerraban los ojos y riendo y saltando le pedían que los reconociera.

–¿Adivina quién soy?– Reía Fernando.

–Y yo, ¿cómo me llamo?– Preguntaba Sebastián.

No eran el anverso y el reverso de una medalla, eran el duplicado el uno del otro.

En el afecto de sus abuelos se multiplicaban sin saber los ancianos nunca a cuál de sus nietos recibían y mimaban.

Sebastián y Fernando eran chicos normales, con una cierta dosis de dulzura y de sadismo. Su mayor placer consistía en burlarse de la gente y confundirse el uno con el otro, trasladarse con la velocidad del rayo o estar en dos lugares al mismo tiempo. Cuando realizaban maldades decían ser Fernando, aun cuando fueran ejecutadas por cualquiera de ellos. De esta forma Sebastián aparecía como el niño bueno y, cuando invocaban su nombre conseguían que se les consintiera hasta el capricho más extraño.

En el colegio los profesores ignoraban a cuál estaban examinando. El de historia optó por hacerlo simultáneamente a los dos, de esta manera era imposible equivocarse.

La adolescencia fue la época de sus mayores concreciones, deambulaban solos y sin límites, los espacios y los tiempos les pertenecían. Llegaron a enloquecer a todo aquel que ignoraba que de cada uno existía otro igual, actuando en yunta pero separadamente, atacando por distintos flancos.

Comenzaron a hacerse llamar Sefer.

Entre sus máximas satisfacciones estaba la de sus romances. Pocas personas pueden multiplicarse, y ellos lo hacían; esto les permitía una variedad infinita de situaciones y la posibilidad de disfrutar de los logros y los amores del otro.

Eligieron ambos la misma profesión y cada uno estudió la mitad de la carrera de Ciencias Económicas examinándose en cada asignatura dos veces.

Se recibieron en tiempo record y con excelente promedio.

El hecho de ser tan idénticos los ayudaba permanentemente.

Ya tenían ambos cerca de treinta años cuando Fernando ingresó a trabajar como contador en una importante empresa naviera. La cantidad de dinero que todos los días se manejaba y, que literalmente corría ante sus ojos, era muy grande. Tanto como fue su tentación.

Despacio, muy despacio, como sólo él sabía hacerlo, estudió la posibilidad de un desfalco. Conocía los riesgos, que eran muchos, pero estaba dispuesto a enfrentarlos.

Concentró todas las energías en eso y al cabo de pocos meses, lo llevó a cabo. A pesar de todas sus precauciones fue detenido, pero como era previsible, Fernando había pensado en esa posibilidad y no se dejó amilanar. Negó el hecho, ocultó el fruto de la acción ilícita y cuando fue preso contrató al mejor abogado penalista del momento para lograr una pena menos severa. Iba a ser condenado. Entonces pensando que Sebastián no se negaría le sugirió compartir, como siempre lo habían hecho, la situación presente.

Después de todo había mucho, muchísimo dinero de por medio y esto les permitiría hacer realidad todas las fantasías por imposibles que fueran.

La cárcel donde lo recluyeron estaba junto al mar, sobre un acantilado. Hasta la celda llegaban el aroma salobre del agua y el ruido sordo de las olas rompiendo contra las rocas. Sólo el grito de las grullas lo cubría de tanto en tanto.

Una vez afianzado, conociendo los movimientos de la prisión, tramó su plan y comenzó a ejecutarlo con la ayuda de su hermano, pues era de ambos la responsabilidad de compartir y cuidar una fortuna.

Hábilmente fueron sacando el dinero de su escondrijo y lo llevaron al extranjero, blanqueándolo y haciéndolo producir hasta duplicarlo.

Alternaban los días pasados en la cárcel, por lo tanto no les pesaban. Estaban quince días adentro y quince afuera, se reemplazaban en un instante a la vista de todos, como antaño, en el momento en el que se confundían en un abrazo. Y era tal su habilidad que nunca nadie pudo advertirlo.

Entre una y otra salida conocieron a una encantadora joven que llevaba en sí la alegría del mundo y unos espléndidos ojos negros. Frente a ella, igual que en su juventud y en la cárcel, se hacían llamar Sefer.

Nunca supieron de cual de ellos surgió la idea de casarse, sólo sabían que ambos lo deseaban.

Mientras Fernando contaba los días dentro de la celda, Sebastián formalizó la boda y comenzó la luna de miel dividida en dos etapas, la primera de ellas se materializó en las montañas heladas de los Alpes, luego el hermano lo reemplazó y se dirigió a las espléndidas playas de Grecia.

La vida era hermosa, estaban felizmente casados, disfrutaban de un excelente bienestar económico y cada tanto, se recluían en prisión a la que habían aprendido a tomar como un centro de retiro donde se encontraban con su yo más íntimo rompiendo, de esta manera, con la rutina y no alcanzando el tedio del matrimonio.

Se acercaba el verano y el sol despertaba el deseo del agua y de la arena.

Fernando, que disfrutaba en esos momentos de la libertad, decidió regresar al lugar en donde pasara los primeros días de su matrimonio, mientras Sebastián esperaba con ansiedad tras las rejas imaginándolos juntos, proyectándose él mismo en un futuro goce. El amor que sentía por su esposa se confundía con el que sentía por su hermano y con el que su propia persona le inspiraba. Ni ellos mismos sabían dónde empezaba uno y terminaba el otro.

Por entre los barrotes que cerraban la abertura cercana al techo, podía ver el cielo azul claro de la mañana apagarse lentamente hasta la oscuridad de la noche estrellada. Una vez y otra. No pasaba el sol por ese sector, pero podía oler el mar y escuchar las olas romper contra el acantilado. De tanto en tanto algún ave marina, mientras velaba la escasa luz que se filtraba, picoteaba y golpeaba con sus alas las rejas, produciendo una tregua a la soledad y a la quietud de la celda.

Así se sucedían lentamente los días en esa prisión acunada por el mar, mientras esperaba la libertad desde lo más profundo de su corazón y la veía escurrirse por entre las barras de hierro de su pequeña ventana desde la que veía las estrellas.

En su imaginación oía, a través de kilómetros, los cantos de los marineros griegos. También podía sentir sobre su piel el calor abrasador del sol africano, oler los pescados recogidos en el Mar del Norte, o sentir apretado contra el paladar, el sabor inconfundible de las ostras frescas, mientras le cosquilleaban contra la nariz las burbujas despreocupadas del champagne.

Ya había pasado el tiempo estipulado por su hermano y este aún no aparecía, sabía que no lo abandonaría, pero no ignoraba que los brazos tibios de una mujer podían hacer olvidar al mellizo prisionero.

Comenzó a inquietarse por la falta de noticias primero y por la ausencia después.

Se desesperó y se sintió preso por primera vez desde que comenzara a compartir la prisión.

Terminó por no esperar más. Odió al hermano ingrato.

Fue entonces cuando una noche la repentina calma del mar lo despertó. Abrió los ojos y aguzó el oído. Se sentía transportado y como flotando en el aire. No se oía el murmullo del agua ni se veían las estrellas en el cielo. Parecía una de esas noches en las que el mar devuelve a sus víctimas.

Y así sucedió.

Una ráfaga, silenciosa y tenue, comenzó a penetrar en su celda y una extraña claridad lo encandiló. Sintió la presencia cálida de Fernando y en la penumbra, lo vio corporizarse, poco a poco, hasta recortarse nítida su figura contra las paredes oscuras.

–¿Cómo es posible que estés acá? –le preguntó asombrado.

Fernando, con los ojos inyectados en sangre, la boca entreabierta y la cabeza cubierta de arena, respondió con voz lenta y ronca.

–Estoy muerto. He muerto hace días y mi cuerpo y mi espíritu han deambulado por la tierra buscando dónde reposar. Se niegan a dejar este mundo. He muerto entre las azules aguas del mar Egeo, caí desde la cubierta de un crucero, se enredaron mis ropas en las hélices, y fui empujado al fondo arenoso, entre algas y estrellas marinas. Se llenaron mis pulmones de agua salada hasta estallar y mis ojos salieron de sus órbitas. No te veo, hermano querido, estoy ciego.

Recién entonces Sebastián lo observó detenidamente: todo su cuerpo estaba sucio de arena y los ojos, que él había visto inyectados en sangre, eran dos cuencas vacías, profundas y oscuras. Su vientre, otrora fuerte y musculoso era una masa informe e hinchada de agua helada, los pies se veían lastimados entre los dedos y con las uñas destrozadas. Todo él estaba lleno de arañazos y cortaduras, la ropa hecha jirones le colgaba cubriendo apenas su desnudez.

Sebastián cayó pesadamente en su camastro y observó la figura fantasmagórica que, parada frente a él, chorreaba agua formando un charco de luces.

–¿Qué se supone que hagamos ahora? –preguntó con la voz desfigurada.

–Ocupa tú mi lugar y yo ocuparé el tuyo, tal cual lo hemos hecho siempre a lo largo de nuestras vidas, solo que éste será nuestro último cambio. Seremos los dos uno y así obtendremos ambos la libertad.

Diciendo esto abrió sus brazos desgarrados y, ofreciendo su pecho, se confundieron en un último abrazo fraterno.

 

Al día siguiente, notando la ausencia de Sefer entre los reclusos en el momento de esparcimiento, uno de los carceleros se dirigió hasta su celda.

Al acercarse vio, entre asombrado y estupefacto, un cuerpo semidesnudo, sucio de arena, tirado sobre el catre empapado, con claras huellas de haber muerto ahogado.

 

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