Nada
Nos encontrábamos, ella y yo, acomodando los cuerpos congelados de la anestesia de los pacientes que habían sido tratados.Me llamaban muchísimo la atención esas rayas de celuloide estratificado, que, como dibujos paranoicos provocados por estímulos eléctricos, se extendían hacia arriba y hacia abajo en un plano, y que luego, misteriosa y maravillosamente adquirían volumen, eran congelados y celosamente guardados.
–¡Qué extrañas formas! –le comenté– ¡Qué extrañas formas tienen!
Entonces, con esa paciencia que la caracteriza para explicar todo lo que se refiere a lo que ella conoce y comprende, me dijo:
–Las formas corresponden a los conflictos, cuantas más rayas hacia arriba y hacia abajo presenten, cuanto más se extiende el dibujo en vertical más inteligente es el paciente. Fijate esta anestesia dada a una persona simple que línea tan fácil de leer tiene, en cambio esta debió ser de una persona muy inteligente, mira cuánto conflicto, cuanto más conflictiva es una persona mayor su inteligencia, mejor dicho, cuanto más inteligente es una persona, más conflictiva es su anestesia.
–¿Y estas anestesias? –pregunté– ¿se pueden escuchar?
–Sí. Se colocan en la máquina y se reproducen, se ven en el monitor con formas humanas y se escuchan las voces, tal cual fueron vividas por el paciente, y por supuesto nosotros, los médicos, tenemos acceso a ellas así como también somos testigos mientras el paciente está anestesiado.
–Pero, me asusté, éstas deben ser cosas muy íntimas.
–Por supuesto –respondió– pero como son así, tan íntimas, se archivan o se destruyen. Rara vez las ponemos en la máquina para escuchar parte de ellas, solamente cuando la salud del paciente así lo requiere.
Lejos estaba de suponer que dos meses después, iba a ser sometida a una anestesia general.
Como es mi costumbre, cuando se trata de mí, tiendo a minimizar todo ya que me siento capaz de sobrellevar cualquier situación y, aunque sea por negación, trato de tomar la vida en broma.
Alegremente pues, me sometí a la experiencia de una anestesia, mi único temor era el momento en que iba a quedarme dormida, ese instante en el que uno deja la conciencia y entra en la esfera de la falta de dominio, de las ensoñaciones.
El sueño llegó suavemente.
De pronto me sentí sacudida, maltratada, como si mi cuerpo, más precisamente mi rostro fuera sometido a tirones y deformaciones más propios de una máscara de goma que de una estructura humana. Me estaban aplicando una fuerte corriente eléctrica. Las ondas eléctricas me sacudían, provocando en mí la visión de agotadoras e ininterrumpidas líneas que en una desenfrenada carrera subían y bajaban, aferradas a un eje horizontal, se suavisaban y volvían a reanudarse sin darme descanso, sin ninguna tregua, sobre un plano dorado, nebuloso como el fuego.
Extrañada y dolorida, me di cuenta de que estaba siendo protagonista de una anestesia con conflicto, y de una anestesia con un gran conflicto que era, además, interminable.
Dentro de mi desesperación me causó placer reconocerme un ser de tanta inteligencia como para poder provocar un conflicto de tal magnitud.
El placer desapareció apenas caí en la cuenta de que mi conflicto lo estaban observando los médicos que me rodeaban como quien observa las láminas brillantes de un libro, o mejor aún, como quien ve una película con colores y sonidos, pero además con olores y sabores.
Mi pudor me ordenó detener la mente para, de esta forma, impedir que quienes me rodeaban pudieran penetrar mi intimidad. Poco tardé en darme cuenta de que yo, bajo los efectos de la anestesia, era incapaz de lograrlo. Cada vez que intentaba hacerlo ese intento daba origen a otro pensamiento, y a otro y a otro y otro y otro. Así sin parar, dolorosamente.
“Yo soy inteligente, me descubría pensando, claro, ellos se están dando cuenta de que yo digo que soy inteligente, entonces voy a tratar de hacerme la tonta, no ellos se están dando cuenta de que yo me estoy haciendo la tonta, tengo que pensar en otra cosa, claro pero ellos se están dando cuenta de que intento pensar en otra cosa, entonces tengo que pensar en…”
Y los veía sonreír entre dientes y comentar la forma en que me tenían entre sus manos.
“Ah, seguía pensando involuntariamente, qué pasó aquella vez, que pasó… Ah, si, él me pidió que se la entregara durante mi ausencia, y yo se la entregué, y la veo entregada, bajo su dominio, como una blanca figura yacente, cubierta por una túnica blanca agitada por un viento inexistente, pero no puedo hacerlo, no puedo hacerlo, ellos lo ven, ellos son testigos de mi infamia y yo no puedo hacerle eso, debo cubrirlo, nadie debe saber de aquello. Pero sus manos la toman y la toma su cuerpo y nadie debe verlo ni ser testigo”.
“Esto no debe ser así, así. Es doloroso, tan doloroso, muy doloroso”.
“Tengo que salir, salir, salir de esto, pero no puedo, no puedo lograrlo, y ellos lo ven, ellos lo ven y yo, yo tengo que pensar en otra cosa, ellos se dan cuenta, ellos están provocando que yo piense en otra cosa, ellos se están riendo, riendo de mí y de mi tormento”.
“¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué poca cosa soy! Qué poquita cosa soy que no puedo manejar esto, que no puedo salir de esta espantosa situación”.
“¿Qué es esto? ¿Qué es esto? Nunca voy a salir de acá, nunca voy a regresar a la vida. Ellos me llevaron a esto, ellos lo provocaron y lo están disfrutando. Acá me quedaré para siempre. Para toda la eternidad”.
En ese momento comenzaron a proyectarse ante mí figuras salidas de un juego de naipes lanzado hacia el cielo cayendo como en cascada. Cada figura que caía era una vivencia que me llevaba a otra y otra, enredadas entre sí como si el recuento de mi vida pasara en veloz sucesión frente a mis ojos.
De pronto apareció una figura color sepia, hierática, de tres cuartos perfil, cubierta su cabeza con un sombrero de fieltro marrón, con las manos en los bolsillos, encerrado su cuerpo inconcluso en la forma rectangular de un naipe. Sin mover su cara dibujada, esa figurita ridícula apareció diciéndome: “Estoy mirando la nada, estoy mirando la nada, y vos ahora vas a ocupar mi lugar”.
Su risa me helaba la sangre. “Estoy mirando la nada, me repetía, yo soy la nada, yo soy la nada, y vos ahora vas a ocupar mi lugar”. Y mi angustia se enredaba en su carcajada.
“Si te parece feo el lugar que ocupas ahora, si querés salir y ocupar el próximo lugar destinado para vos, te puedo asegurar que cuando todas las figuras hayan pasado y vuelvas a esta posición, vas a desear estar en la siguiente, ya que hacia atrás no puedes regresar. Así te va a volver a suceder en cada renovación de las figuras que se proyecten ante tus ojos, en cada paso que des tu angustia va a ir en aumento, en aumento, sin parar, sin detenerse nunca, en una sucesión infinita de imágenes más y más dolorosas, más y más angustiosas, deseando siempre no haber salido de la situación anterior por más terrible que haya sido ya que esta lo es aún más. Vas a creer que la angustia te va a destruir, te va a hacer explotar, volar por los aires, pero eso no va a suceder, ya que tu destino va a ser sufrir esto una y otra vez. Vas a querer morir, pero no vas a poder hacerlo porque ya estás viviendo tu muerte, ya que esta es tu muerte”.
Esa ridícula figurita se ubicaba detrás de todas las figuras y era en el juego de naipes la primera y la última carta y se repetía en el infinito, una y otra vez, aumentando, tal cual lo había dicho el dolor y la angustia.
“Tomá, me dijo, dándome una pequeña caja de madera, esto lo dejaron preparado para entregarlo a la última persona viva de este mundo, a la última persona del Universo. Esto lo han armado, hace mucho, muchos siglos para dárselo al último ser viviente que quedara dando vueltas por el mundo”.
Tomé el pequeño cofre y al abrirlo encontré un trozo de papel en el cual leí: “Sos la última persona que vive acá, en el mundo”.
Entonces me di cuenta de mi absoluta soledad.
“Sos la única persona viviente, se reía la ridícula figurita. ¿Te sentís bien, bien, bien? Sos la última persona que queda en el mundo, el último ser inteligente, el ser más inteligente del mundo, y ahora vas a ser la nada ¿Qué te parece, te gusta ser la nada? ¿Te sentís inteligente, grandiosa?”.
Y su risa llenó todo mi espacio.
Me sentí muy, muy insignificante, era la última persona del Universo. Era la única persona que quedaba viva en el mundo, la última, fuera de mí no había nada, nada, ninguna cosa animada ni inanimada.
Debía de haber sido un ser muy inteligente para haber soportado todo y sobrevivir, era la última que quedaba, sí, la última que quedaba para compartir la nada, mirar la nada, escuchar la nada, amar la nada, adorar la nada, la nada por siempre, para siempre, la nada para que me mirara, me amara y me acompañara, y me sentí chiquitita, muy chiquitita, tan chiquitita.
“Qué buen chiste, pensé: ¡Qué buen chiste que me hizo el destino! No hay nadie, no hay nadie en el mundo como para que se dé cuenta de que soy la persona más inteligente que ha quedado viva. La persona que hizo esto es más inteligente que yo, y ha logrado burlarse de mí, y en mí de toda la humanidad”.
Me sentí aún más chiquitita.
“Qué buen chiste, pensé, se lo voy a contar a mi hijo, él sí tiene sentido del humor”.
