Quizás en otra vida
Hacía tiempo que masticaba su amargura. No podía entender por qué no lo dejaba. Ella sabía que todo era imposible en su relación, pero sólo pensar en la ruptura le producía un dolor físico tan palpable que no se sentía capaz de superar.
Esa tarde estaba decidida. Pensaba, mientras lo esperaba frente a una taza de té, en la mejor manera de encararlo.
Sin embargo, al ver recortarse su figura en la puerta, contra el sol, titubeó.
Fabián entró y se sentó frente a Lisa en el bar abierto sobre la playa desde el cual veían el mar del verano. Pidió un café, largo, espumoso, con canela y sin azúcar. Mientras lo esperaban hablaron de cosas perdidas. De pronto Lisa, como en un sueño, se escuchó mencionar la despedida.
–¡Cómo podés ser tan cruel! –los ojos de Fabián se abrieron asombrados.
–¿Cruel? –preguntó y casi sintió placer al verlo sufrir–. ¿Cruel? –repitió.
–Me decís que desaparezca de tu vida después de tantos años.
Le resultaba hasta grotesco escucharlo, tantos años, era cierto, años y años de esperarlo, atenderlo, admirarlo, adorarlo. Por supuesto eran cosas demasiado hermosas para Fabián como para pensar en prescindir de ellas.
–Creo que te equivocás, sos vos el que me echa. Sos vos quien no me dio cabida en la tuya.
–No entiendo. No hice nada para provocar esto. Tampoco vos me diste pie para imaginar que quisieras terminar conmigo.
–No sabés querer. Yo no puedo enseñarte.
–¿Recién ahora te quejás? Además, te equivocás, yo te quiero mucho.
–No es cierto.
El gesto de fastidio de Fabián no la sorprendió. Siempre que había reclamado atención él reaccionaba de igual forma, como si estuviera cansado, o quizás aburrido. La miró y trató de tomarle la mano, sin éxito.
–Sí, te quiero profundamente –su voz sonaba ronca–, ¿cómo podés decir lo contrario?
–No querés a nadie, ni siquiera a tu mujer a la que nunca fuiste fiel–. El tono de reproche lo golpeó en la cara.
–Eso no tiene nada que ver. Ella ha sido mi compañera de toda la vida, la madre de mis hijos. No puedo dejarla, además, no te equivoques, a ella la amo.
–¿Sí? entonces ¿qué sentís por mí?
–Es distinto.
Sentía la cara roja, flameante. Nunca se le ocurrió pensar que él amara a su mujer, siempre había creído que estaba a su lado por deber, por hombría de bien, porque era a ella, a “su Lisa” a quien en realidad amaba. Ahora resultaba que ella era tan sólo la otra, la que estaba a mano.
–Te odio –dijo mordiendo las palabras.
–Sos muy injusta.
–Sí, cada vez que digo algo que no te gusta soy injusta–. Los ojos llenos de lágrimas le impedían ver ese rostro tan querido. ¿Qué había pretendido? ¿Acaso creía que él iba a abandonar todo por ella?
–Vos sabés que te quiero.
–¿De verdad crees que lo sé? ¿Por qué? Nada me lo dijo.
Todo le parecía hostil, ese café en el que tantas veces habían estirado la despedida, el ventilador de techo girando con su sonido cansado, hasta la luz del crepúsculo se le antojaba odiosa porque le quitaba la visión nublada por las lágrimas.
–Es más, desde que yo no te llamo casi ni nos vemos–. Añadió con un hilo de voz.
–Sabés perfectamente que estoy ocupado–. Tenía terror de que se largara a llorar.
Nunca había sabido qué hacer frente a las lágrimas de una mujer y se sentía muy incómodo ante esa situación.
–Sí, siempre estás ocupado, no tenés en tu vida ni espacio ni tiempo para darme.
–Reconozco que mi familia y mi trabajo me absorben. Acá, que tengo más tiempo todo es más peligroso, muy visible.
–Fui apenas un pequeño refrigerio en tu vida.
–¡No digas idioteces!
–Sí, lo que te molesta es siempre idiota. Lo siento, siento ser tan idiota–. Sacó un pañuelo, se sonó y enjugó sus lágrimas. Él no merecía su llanto.
–Lo que decís no ayuda para nada.
–No intento ayudar, solo intento terminar –dijo recomponiéndose.
–No voy a dejarte, ni voy a permitir que me dejes. De ninguna manera quiero perderte.
–Me gustaría ver cómo lo impedís.
–¿Qué estás diciendo?
–Que me voy. Que te dejo –la voz sonaba cansada. Sentía que toda su vida y su alegría quedaban sobre el mantel blanco, dentro de la taza con restos de té con leche ligeramente azucarado.
–Mirame a los ojos y decime que no me querés– le hablaba con dulzura. Le tomó las manos. Ella lo dejó hacer. Sintió la presión de sus dedos, se dejó acariciar y respondió a su vez a las caricias.
–Nunca voy a poder decirte que no te quiero –su voz era húmeda, temblorosa–. No se trata de eso. Se trata de que no te jugás por mí. No me siento querida y eso me lastima. Por eso me voy. Vuelvo a casa. Me voy de tu vida.
–Pero te equivocás– Fabián se defendía, casi lo hacía por no verla sufrir, además, luego de tantos años se había acostumbrado a su no presencia siempre atenta a malcriarlo.
En verdad la quería, quería sus ojos, su piel siempre tersa y perfumada, su palabra inteligente y, por sobre todo, hacerle el amor y la forma en que ambos vibraban al unísono.
–Entonces no sabés hacerlo y eso es todavía peor. Te dejo. No me sigas.
–Mirá, no te vayas, lo único que tengo que hacer es incorporarte a mi rutina. Hacerme un tiempo para nosotros.
–No quiero ser tu “rutina”, quiero ser tu amor, vos nunca podrías ser mi rutina. Sos el aire que respiro, el hombre que quiero, con el que me gustaría compartir mis días y mis noches, encontrarte cada mañana a mi lado y besarte antes de irme a dormir.
No sabía si era el tono, la expresión del rostro tan querido o las palabras que decía, pero en ese momento quiso hacerle el amor como nunca antes y sintió entre sus piernas un cosquilleo imperioso.
–No quiero perderte. Voy a cambiar, voy a ser un hombre nuevo –ahora era su voz la que temblaba enronquecida.
–¡Tantas veces me lo dijiste! Vení a mi casa, vení a vivir conmigo si tanto me necesitás.
Fue un desesperado e inútil intento. Fabián se recompuso de inmediato y su cabeza se agitó en el aire. Nunca, eso no podría pasar nunca.
–No puedo, antes que vivir con vos me pego un tiro.
Lisa acusó el golpe en medio del pecho.
–No entiendo.
–Es muy claro. Yo te quiero, pero no voy a deshacer mi familia, es más, aunque estuviera solo nunca volvería a darle a ninguna mujer lo que le di a la mía. Eso fue una vez y para siempre.
Era el mismo de antes, el de siempre, el de su juventud, de sus sueños truncados, el mismo de sus fracasos y de su llanto en noches interminables.
–Entonces no mientas, no quiero seguir sufriendo tus ausencias, tus silencios y tu falta de atención. Es más, no te quejes si de pronto te enterás que estoy con otro. El hombre que no atiende a la mujer la pierde, total o parcialmente.
–¿Qué es eso de parcialmente?
–¿No se te ocurre pensar que cada vez que me sentí abandonada corrí a refugiarme a los brazos de otro? ¿Acaso pretendías que estuviera esperándote sin más cuando estabas con tu mujer? –Gozó la expresión de estupor de su cara, aunque imaginaba que en su soberbia, no la creía capaz de serle infiel. Pero se equivocaba. Lo que nunca él sabría era que en esos momentos en los se satisfacía, su corazón se llenaba de odio. Una y otra vez sentía lo mismo. Pero ya todo había terminado, nunca más volvería a sufrir así. Nunca más se sentarían frente a frente. Era su adiós definitivo.
Cuando llamó al mozo para pagarle, se fue. Tomó su bolso veraniego y se fue. Aprovechó el momento pues sabía que tenía escasos minutos para alejarse hasta que Fabián la siguiera. Había dejado el automóvil estacionado frente a la confitería, lo abordó y partió.
Tenía pensado recorrer el camino de regreso sin detenerse, el mar a su derecha, frente a ella la línea plateada de la ruta como un punto lejano.
Al llegar a Dolores se detuvo a comprar cigarrillos. No acostumbraba fumar, mucho menos al volante, pero eso la ayudaría a sobrellevar la angustia terrible que la agobiaba.
Chascomús se le presentó como una buena alternativa y se dirigió al pueblo para hacer un alto, una tregua. Junto a la laguna, bajo los árboles de la costanera lloró tratando de arrastrar su tristeza con las lágrimas.
Tenía que superarlo.
Apareció la luna y recordó tantas noches pasadas juntos. En esos momentos sentía que se pertenecían el uno al otro. Muchas veces lo vio golpear desesperado la almohada con el puño cerrado y decir, ignorando su presencia. “¡Oh, Dios, cuánto la quiero!”. Recordaba risas y largas y profundas charlas en la intimidad del cuarto luego de haberse amado apasionadamente, ella recluida en sus brazos y él, con su caricia permanente, hablando de corazón a corazón.
Sacudió las lágrimas y puso en marcha el coche, no podía seguir llorando toda su vida. Debía comenzar de nuevo. Enfiló para la ruta.
Fabián se quedó solo. Su primer impulso fue seguirla, pero enseguida pensó que lo mejor era separarse, terminar esa relación tan larga, tan profunda como apasionada y tan peligrosa.
Se conocían desde la juventud, desde las primeras fiestas, Lisa casi una niña, Fabián ya comprometido para casarse con la mujer que lo había elegido, seducido y encantado. Pensaba que era su mejor opción y su privilegio. Era bonita, gentil y lo quería hasta tal punto que su padre lo había convocado a su estudio para proponerle ser socio de la firma, a él, un joven arquitecto con el título fresco de apenas un mes. No era una oferta para desdeñar. Era la oportunidad de su vida. Y no era tonto como para negarse. Así había llegado al matrimonio.
De todos modos Marta tenía muchas virtudes para ser querida, además de su discreta belleza, además del porvenir que le invitaba a compartir y la seguridad de un comienzo promisorio y fácil. Ambos habían tenido tiempo de conocerse mientras estudiaban, en esas noches interminables de entregas universitarias y de aproximaciones físicas. Fabián era creativo, en el tablero y en la cama y Marta era muy organizada en el uno y excelente alumna en la otra.
Demasiados años habían compartido para dejarla ahora que no era tan joven ni bonita, y que ya se le notaban las primeras arrugas en la cara y en el pelo. Ahora que los hijos se iban y los dejaban solos. Era cierto que nada era como antes, que las muchas infidelidades mutuas habían resquebrajado la relación, pero ninguno aceptaba ni admitía las infidelidades del otro.
También era cierto que Lisa era un arroyo de agua fresca en el cual le gustaba refrescarse, que la extrañaría mucho. Sólo pensar que la había perdido le producía un fuerte dolor en el pecho que le impedía respirar.
No quiso regresar a su casa y fue a caminar por los pinares que en otra época los habían visto juntos. Recorrió los mismos lugares y recordó con fuerza lo vivido, su brazo envolviéndola protector, la risa suave de la joven estremeciendo sus hombros, el detenerse cada tanto para confundir lenguas y sabores, la mano de ella aprisionando en su hombro la suya mientras la acariciaba, el sol tamizado por las espinas de los árboles dorándole la cabeza y los ojos color miel, llenos de amor en la mirada que le dirigían.
En esos momentos también sentía una opresión en el pecho, pero una divina opresión. Le parecía que era dueño del mundo, del atardecer, dueño de Lisa y de su propia vida, y sus hijos y su mujer quedaban atrás.
Esas eran tardes luminosas y osadas, casi no le importaba que alguien lo descubriera en sus paseos clandestinos. Se sentía orgulloso de ir con esa mujer tan joven y bonita a su lado, ambos sonriendo suavemente, ella con el cabello ondulado enmarcándole la cara, él, con el gesto soberbio de los ganadores instalado en la boca. Nunca más podrían pasear juntos. Para ellos no habría otros atardeceres, no habría mañanas ni otros adioses.
La opresión en el pecho lo hizo toser convulsivamente y sintió llenársele los ojos de llanto. Era verdad que la quería.
Y ese dolor casi insoportable.
La cara se le humedeció y con la lengua recogió las lágrimas saladas que pasaron cerca de su boca. No podría olvidarla, es más, no podría vivir sin ella.
Al llegar a la ruta dobló, sin pensarlo hacia la derecha, hacia la costa.
Nada iba a cambiar, por cierto, Fabián no dejaría nada de lo que tenía pues era destruir toda su vida. Era cruel, egoísta, interesado tan sólo en lo que le reportaba algún beneficio.
Pero aun contra su voluntad, era el hombre que quería. Pese a todo, era el único con el que deseaba estar, con el que deseaba conversar. Al único que besaba con amor. Amarlo a Fabián era escuchar una música celestial, recorrer el universo en un beso, vivir deseando una mirada, una sonrisa, una caricia. No le interesaba ni podía, vivir sin él. Era preferible tenerlo un poco a no tenerlo nada.
Apretó el acelerador. La luna se había ocultado y las estrellas iluminaban la noche.
Al llegar a su casa se dirigió al dormitorio. Oyó a su mujer con unos amigos conversando y riendo en la sala de estar. Los hijos probablemente estuvieran engullendo alguna hamburguesa para ir luego a bailar o a caminar cerca del mar. Buscó en el cajón de su mesa de luz las llaves del Mercedes. Se dirigió al garaje, puso la llave en el contacto y lo escuchó roncar suavemente.
Salió sin que notaran que había entrado, como tantas veces entró y salió de su vida y de tantas otras vidas. No sabía qué le diría a Lisa, tan sólo quería encontrarla y abrazarla otra vez. Lo único que sabía era que ella habría regresado a Buenos Aires. Conociéndola descontaba que no se quedaría en Pinamar con la tristeza reflejada en la cara. Sabía de su orgullo y de su dignidad.
En ese momento nada le importaba, ni siquiera qué le diría a su mujer, o si le diría algo. Ignoraba si regresaría y si lo hacía ignoraba cuándo.
Imaginaba a Lisa con otro hombre y una oleada de fuego le subía desde la boca del estómago y se quedaba instalado en el pecho, ahí, donde por momentos el dolor y la opresión eran tan fuertes.
Veía cabalgando en el parabrisas la sonrisa de Lisa, los ojos color miel, y la boca que se le ofrecía en un beso.
No podía dejar nada de lo que tenía. Eso significaría la muerte. Pero Lisa también formaba parte de lo que tenía y la vida le quería obligar a dejarla.
El sólo pensarlo le hacía remontar el dolor a la garganta. Volvió a toser.
Llegó a la ruta y tomó hacia Buenos Aires. No se dio cuenta de que la luna se había ocultado y que el cielo estaba cubierto de estrellas.
No eran muchos los coches que circulaban, tan sólo algunos ómnibus de pasajeros. Eso le permitía apretar el acelerador.
No sabía qué era preferible, sólo que no podía renunciar a él. Sentía que no tenía dignidad, aceptando ser toda la vida una mujer en la sombra, una “secundona” en la oscuridad de la vida de Fabián. No sabía vivir sin él. ¡Ojalá hubiera podido hacerlo antes, tantos años atrás! Todavía estaba a tiempo, tan sólo parar en Dolores y regresar a Buenos Aires para no volver nunca.
Lo único que quería era terminar con ese dolor tan terrible que le devoraba el estómago.
Faltaban pocos kilómetros para Dolores. Desde el parador la llamaría y le dejaría un mensaje para avisarle que estaba en camino, que no quería separarse de ella. No, pensándolo mejor, sería perder unos minutos preciosos. No pararía hasta encontrarla. Quizá llegarían al mismo tiempo.
Ya casi llegaba a Dolores. Desde ahí tomaría la Interbalnearia y en poco tiempo estaría en Pinamar, lo llamaría y se encontrarían a solas. Temblaba de pensar en la posibilidad de que la dejara. No podía imaginar su vida sin él. No podía soportar el dolor de su pérdida.
Veía de lejos las luces del parador. Ahí doblaría a la derecha para seguir hacia su destino. ¿Sería acaso su destino? ¿Dónde la encontraría? ¿En qué estado? ¿Lo aceptaría nuevamente? ¿Debería cambiar su vida, su casa? Se negaba a pensar en eso. Otro tendría la última palabra.
La luz se acercaba con rapidez. Luego del parador debería doblar hacia la izquierda. Las lágrimas comenzaron a rodar y por momentos le impedían ver con claridad. Se odiaba por no poder aceptar la derrota de su vida con dignidad. Se sentía sucia y humillada por necesitar de ese amor al que no podía sublimar. Sublimación y adiós era lo que debía hacer. Vio salir el micro de pasajeros del parador y tomar la ruta, más allá, vio las luces de un coche acercándose.
Ya estaba a pocos metros y el dolor no aflojaba su fiereza. Un micro de pasajeros salía en ese momento del parador y tomaba la ruta hacia la ciudad. Tuvo que realizar una maniobra rápida para esquivarlo. De frente vio las luces de un auto que se aproximaba a gran velocidad.
En el momento del impacto se adivinaron mutuamente, ella enjugó sus lágrimas y él olvidó su dolor. Quizás en otra vida pudieran estar juntos.
