Serafin
A medida que veía consumirse los leños en la gran chimenea de adoquín y quebracho sorbía lentamente el último amargo.
Lucía, la mujer del capataz pulcramente vestida con un delantal blanco sobre la falda floreada y el cabello recogido en la nuca, aguardaba servil y pacientemente. Serafín le entregó el antiguo mate de plata y se puso de pie. Ya había mudado su atuendo campero por el ciudadano y cambiado el rebenque por las llaves del coche. Con la mirada recorrió la estancia, sobria y familiar. Habían sido impartidas las últimas indicaciones a su administrador y no esperaba que sucediera nada, fuera de la rutina habitual, durante sus dos meses de veraneo en Grecia.
Con paso sereno se dirigió hasta el coche, un BMW color gris metalizado. Le era fiel a esa marca desde varios años atrás. Su dealerquiso tentarlo varias veces con coches modernos, de líneas aerodinámicas, de colores vistosos, pero, a los cuarenta y cinco años, tan conservador como había sido su padre, se sentía plenamente identificado con el automóvil que conducía y le gustaba su suave y elegante andar. Giró la llave en el contacto y escuchó largo rato el sonido del motor. Luego partió. El hijo de Lucía lo acompañó a caballo para abrirle las tranqueras.
El atardecer era muy frío, esperaban una helada tan intensa como la de la noche anterior. Conectó la calefacción y tomó el ancho camino de tierra. El cielo estaba teñido de rojo y cubierto de nubes.
El crepúsculo vespertino se estaba trocando en noche. Tenía que hacer treinta kilómetros antes de llegar al pavimento y desde ahí recorrer cien más hasta la Capital. Calculó que llegaría a su casa alrededor de las veinte. Tenía tiempo de sobra y ninguna prisa, y se dispuso a disfrutar el regreso. Colocó una casette de Sinatra y se dejó transportar. Iba despacio, esquivando la cresta dura de barro y los pozos que aparecían continuamente. En pocos minutos era de noche, para lo cual la gran cerrazón ayudaba. Calculó que le faltaban unos diez kilómetros para llegar al asfalto cuando notó una hilera de luces que desde la izquierda de la ruta se extendían hacia el oeste. Nunca las había visto en los años que llevaba recorriendo la zona desde que se casara con Isabel.
Su matrimonio había sido un muy buen arreglo entre dos personas cultas, de un mismo nivel social y económico entre las que se estableciera una corriente de simpatía y compañerismo. Tenían dos hijas hermosas y un excelente pasar.
Consultó el reloj iluminado del tablero y decidió hacer un alto para conocer ese pueblo, del que ignoraba la existencia, y de paso tomar algo. No estaría mucho tiempo, apenas una media hora. Siempre le había gustado el clima de los pequeños asentamientos rurales y sentirse cerca de la gente.
Aminoró la marcha y giró a la izquierda para tomar el camino iluminado por las luces. Estas lo llevaron directamente a la plaza principal donde se alineaban la Iglesia, el Banco, la comisaría y el almacén de ramos generales. En una de las esquinas se encontraba la confitería. Hacia allí se dirigió y estacionó el automóvil frente a ella. Al ingresar vio las luces mortecinas que colgaban como racimos sobre las mesas sin mantel y que le daban al lugar un toque fantasmagórico. La pinotea del piso brillaba limpia. La barra de madera ocupaba un buen sector del local, y acodados se encontraban cuatro parroquianos de bombachas, boina y facón en la faja negra.
Serafín eligió una mesa cerca de la ventana. Las cortinas que cubrían la mitad inferior de los vidrios, para lograr de esta forma una mayor intimidad, le impedían la visión de su coche. La oscuridad afuera era casi total, tan sólo rota por los faroles que lo condujeran hasta allí.
Un muchacho se le acercó. Le ordenó una grapa y la típica picada: queso, aceitunas, mortadela y maníes.
Se sintió observado por todos. Para él no era una sensación nueva. Acarició, en un gesto que lo caracterizaba, el fino bigote, la calvicie incipiente y tocó el nudo del pañuelo de seda que adornaba su cuello. Llevaba puesta una camisa de villela a cuadros en colores claros, chaleco de lana combinada con gamuza, saco de tweed marrón, pantalones de corderoy beige y botas cortas, también de gamuza. La nariz aguileña y el cabello castaño claro, entrecano, le daban una cierta prestancia y distinción. Sabía que miraban al forastero tratando de adivinar su procedencia. Le llevaron lo pedido. El que parecía el dueño se lo alcanzó personalmente y lo miró con detenimiento.
Bebió la grapa y probó la picada.
Consultó su reloj pulsera y se apresuró a pagar, ya estaban llegando a su fin los minutos que le destinara a esa fugaz visita.
Al dirigirse a su auto vio alejarse corriendo a un grupo de chicos de alrededor de trece años. Con desconfianza miró las cubiertas, parecían en orden. Subió al automóvil, lo encendió y el motor se oyó agradablemente.
Pocos minutos más y volvería a estar en ruta. Partió y vio como las luces del pequeño pueblo iban quedando atrás. En el pasacasette sonaba “All the Way”. Luego de una pequeña curva se encontró con el ancho camino de tierra. Giró el volante hacia la izquierda para tomarlo y oyó un sonido característico, como de ‘goma en llanta’. Inmediatamente recordó al grupo de chiquillos. El ruido fue aumentando en volumen y el andar del coche se hizo más pesado.
Detuvo la marcha y con la linterna que siempre llevaba en la guantera revisó nuevamente los neumáticos. No encontró nada raro y reanudó el viaje. Pensó que en la oscuridad reinante le iba a ser muy engorroso realizar cualquier tarea. Estaba preocupado y nervioso. Aumentó la velocidad para alcanzar el pavimento. Al esquivar una alta cresta de barro seco la rueda delantera derecha cayó en un bache no advertido y el BMW se desplomó de trompa. Ahora estaba claro el juego de los mocosos del pueblo: le habían aflojado las tuercas de las ruedas delanteras que se abrían a ambos lados como un espantajo despatarrado. Descendió del vehículo dando un portazo y maldiciendo el momento en que se le ocurrió dejarse tentar por esa hilera de luces. Abrió el baúl y buscó el cricket y la llave cruz. En la oscuridad trató de levantar el coche para poder trabajar. Le pareció una tarea ciclópea. Miró a su alrededor y alcanzó a ver la luz de una casa.
Pensó en buscar auxilio y se dirigió a trabar las puertas. En la negrura de la noche no advirtió dos sombras que se acercaban agazapadas. De pronto se sintió abrazado por la espalda con un hierro presionando brutalmente su garganta impidiéndole gritar.
Quiso defenderse pero no tuvo fuerzas para hacerlo, sus ojos se nublaron y perdió el conocimiento.
Cuando volvió en sí se encontró tirado en la banquina. Un dolor lacerante le hizo llevar las manos al cuello. Tenía la piel lastimada. Se incorporó con esfuerzo, estaba desnudo, sucio, dolorido y muerto de frío, su coche y la totalidad de su ropa habían desaparecido. Caminó unos pasos y tropezó con unos bultos desparramados: un pantalón, una camisa de tela rústica, y un par de borceguíes livianos.
Tiritando y venciendo su repulsión se colocó esa ropa y con paso inseguro, tosiendo dolorosamente, fue hacia la luz que había visto momentos antes.
A medida que se acercaba notó que ella provenía de la puerta abierta de una casa. No se le ocurrió pensar que quienes lo asaltaran a él habían incursionado antes por allí.
Al llegar ingresó tambaleante aferrándose a las paredes. No supo horrorizado si el cuadro aterrador que se presentaba ante sus ojos era una macabra fantasía o la realidad: una mujer yacía tirada en el piso entre cuatro sillas caídas y las patas de una mesa con las ropas destrozadas y marcas de golpes en el cuerpo. Un poco más allá, en la cocina, se veía el cuerpo de una joven con el cuello cortado y el cabello largo, desordenado, pegoteado en un charco de sangre.
Ambas tenían las faldas arremangadas hasta la cintura y signos evidentes de haber sido violadas.
Sin poder evitarlo vomitó. El dolor de su garganta fue insoportable. Descompuesto por el espectáculo se dirigió hacia el exterior. Apenas había salido, oyó el traqueteo de un sulky que se detuvo casi sobre su persona, y del cual se apeó un hombre. Este lo miró con desconfianza y empujándolo bruscamente, se zambulló en el interior de la casa donde lo aguardaba el espectáculo de las dos mujeres brutalmente asesinadas.
El grito desgarrador que profirió lo paralizó. A través de la ventana lo vio con los puños en alto y los ojos desorbitados buscando a su alrededor, algo con que vengarse. Levantando una silla por sobre su cabeza salió a golpear a aquel a quién creía culpable de tanto salvajismo.
Serafín miró a la mole humana que se le aproximaba y dándole la espalda intentó correr. Entonces sintió sobre su hombro derecho deshacerse la madera en mil pedazos y creyó desmayarse del dolor. Una andanada de golpes de puño le llenaron el cuerpo y la cara. Por un momento su agresor se detuvo para entrar a la casa en busca de un arma de fuego.
Aprovechó ese minuto para huir. Su instinto le indicaba huir e intentó hacerlo. Huyó como pudo, con el brazo derecho colgando, sollozando, con la vista nublada.
No tenía idea clara de su aspecto ni de que sus ropas, sucias de sangre, eran el uniforme azul claro que usaban los condenados del sector de máxima seguridad de la cárcel de Mercedes, distante pocos kilómetros. Llegó al camino de tierra y se dirigió hacia la ruta pavimentada. Su desplazamiento era lento. El dolor le desfiguraba el rostro.
Vio avanzar un coche en dirección contraria, le hizo señas, quizá lo podrían alcanzar hasta la estancia. Tuvo éxito, el automóvil, un Ford Falcon no muy nuevo, se detuvo. Del lado del acompañante descendió un hombre joven, de campera negra que lo hizo subir y sentarse junto al conductor mientras él lo hacía en el asiento trasero del vehículo.
Serafín trató de presentarse y agradecer el auxilio, pero de su garganta salió un desagradable sonido gutural, era obvio que un nervio recurrente había sido afectado. A su espalda oyó martillar un arma. Sintió en la nuca el frío caño de una pistola.
–¿Creías que era tan fácil escapar? Ya dos de tus compañeros cayeron en Luján. Esos no cuentan más. Quedabas vos y “el tuerto”; a vos ya te tenemos y prontito nos vas a decir dónde está el otro. Cuento viejo ese de querer ir a la enfermería y escaparse –decía el joven oficial arrastrando las palabras–. Nunca debieron matar al guarda, vos sabes que no nos gusta que se metan con nuestros compañeros.
Serafín sintió helarse la sangre en sus venas y cerró los ojos esperando abrirlos lejos de ese mal sueño.
Entraron al pueblo siguiendo la hilera de luces y se dirigieron a la comisaría. Al llegar condujeron al detenido a un despacho. Quien manejaba el Ford se quitó el sobretodo azul y quedó a la vista su chaqueta de Comisario. El joven oficial permaneció junto al reo. No había terminado aún de acomodar el abrigo cuando entró el Oficial Principal
–Jefe –dijo visiblemente angustiado–, llegó su cuñado. Lo están atendiendo en mi oficina, hubo una desgracia, su hermana y su sobrina…
En dos zancadas el Comisario desapareció tras una puerta de comunicación que cerró de un golpe. Se oyeron voces y gritos. Vagamente se le ocurrió a Serafín pensar en las dos mujeres violadas tiradas en el piso.
Un momento después la puerta se abrió y como en una pesadilla vio al hombre que lo golpeara, sentado con la cabeza gacha entre los hombros sacudido por el llanto. La enorme figura del Comisario oscureció la estancia, Serafín sintió que el piso se abría y que se precipitaba a un pozo que no tenía fin. Estaba parado frente a él, vio sus ojos enrojecidos y la cara deformada por el odio y el dolor.
Cuando le habló lo traspasó con cada palabra.
–Tanto hice por regresar a mi pueblo y apenas a dos meses de estar acá veo a mi hermana y a mi sobrina violadas. Hijo de puta, bastardo–. Levantó el puño cerrado que cayó como una pedrada en plena rostro de Serafín–. ¿Quién mató a la chica? ¿Quién? No te van a quedar dientes en la boca ni ganas ni bolas con qué volver a joder cuando yo acabe con vos–. Lo agarró con furia del brazo derecho hasta hacerlo aullar de dolor.
–¡Ahí está la prueba! –gritó–. ¡Mi cuñado te fracturó el hombro con una silla! – Y diciendo esto comenzó a golpearlo con furia animal.
–Basta jefe, deténgase! –gritó el Principal mientras lo tomaba con fuerza por la espalda y lo separaba–. ¡Llevátelo de acá! –ordenó al chico–. ¡Sacalo de adelante porque lo mata ya mismo!
Lo llevaron entre dos, a empujones y a golpes, solidarizándose de esta manera con el dolor de su superior. Abrieron una puerta, lo tiraron al suelo y le propinaron una tremenda golpiza. Una trompada le abrió una ceja y otra le fracturó la nariz. En su despacho el Comisario trataba de soportar su desesperación.
–¡Juan! –llamó al Principal mientras se desplomaba tras su escritorio– te voy a necesitar, deciles a los muchachos que este es mi asunto y que no se metan, que no se olviden que acá yo soy la autoridad, que ignoren que trajimos al degenerado. No quiero avisar todavía al Juez, decile al Oficial de Servicio que en una hora se lo comunique. Pedime el patrullero, vamos a casa de mi hermana para ver lo sucedido, quiero saber exactamente qué pasó. Vamos a ir vos y yo solos–. Se pasó una mano por los ojos como para despejar la mente–. No, mejor lo llevamos también al cabrón y a estos dos chicos que ya lo vieron. Ellos me son fieles y me van a ayudar. Quiero cargarme de odio para hacerle sufrir al bastardo todo lo que les hizo sufrir a ellas. ¡Andando! –terminó con la voz enronquecida mientras hurgaba en un cajón del escritorio en busca de una pistola calibre treinta y ocho, un ‘perro’ sin dueño y con una muerte, a la que le colocó una carga y la puso en la cintura.
Por orden del Comisario fue llevado esposado hasta el patrullero. Lo hicieron entrar en la parte posterior del coche franqueado por los dos jóvenes oficiales y se pusieron en camino.
Serafín trató, nuevamente, de hablar. Se sentía impotente, desesperado. No podía comunicarse, explicar que él también era víctima. Recordó la confitería, quizá el dueño que tanto lo había observado, pudiera reconocerlo.
Trató de hablar, hizo un esfuerzo:
–Me llamo Serafín Carreras. Fui asaltado –se oyó decir con una voz deformada que no era la suya– tomé un grapa en la confitería, el dueño me atendió, él me puede reconocer y explicarles la verdad.
–¿Qué dice éste? –preguntó el Comisario.
–No se le entiende. Creo que dice algo de la confitería. Podríamos averiguar de qué se trata–. Sugirió el Principal.
–Qué va, qué va, quiere ganar tiempo, debe creer que su compinche vendrá por él.
–No perdemos nada intentándolo, apenas unos minutos y salimos de la duda.
–¡Duda! ¿Quién tiene dudas? ¿Acaso yo? ¿Acaso vos?–. Gritó el Comisario– ¡Vamos a quitarte la duda! Vamos a la confitería.
Regresaron unas cuadras y pararon en la esquina. Serafín respiró aliviado, en pocos momentos se iba a aclarar todo y podría dirigirse a la estancia, bañarse, curarse las heridas, volver a vivir.
Vio acercarse al dueño y al muchacho que levantara su pedido con uno de los chicos que lo custodiaban. Encendieron la luz interior del vehículo para que pudiera ser observado. Notó en los rostros de los hombres un gesto de desagrado. Ambos movieron la cabeza negativamente.
–Un forastero tomó una grapa esta tarde. Era un señor, un hombre educado, bien vestido y limpio. Este es una porquería maloliente –y volvieron a negar con la cabeza.
Serafín haciendo un esfuerzo más quiso describir su ropa, su pañuelo de seda, su gesto y su saco de tweed marrón, pero al verlos alejarse, su voz se quebró en un sollozo y un ronquido le inundó el pecho.
–¿Conforme? ¿Ya no tenés dudas? –preguntó con sorna el Comisario.
Partieron. El prisionero notó que el oficial, en silencio, lo observaba. Al llegar a la casa dejaron el coche sobre el camino a cincuenta metros de la entrada con los dos jóvenes vigilándolo.
Allí se repitió lo mismo que camino a la oficina del Principal, pero esta vez era el Comisario quien lo empujaba o lo llevaba a la rastra agarrándolo con fuerza del brazo fracturado. Todo el odio y la furia volvieron a asaltarlo. Los gritos y los insultos se imponían al llanto y al dolor frente a las huellas de la tragedia ocurridas ahí. Los cuerpos se encontraban en el piso, entre el desorden.
Serafín pensaba en su mujer y en sus hijas. En cierta forma comprendía la actitud del Comisario, lo que no podía entender era la forma terrible en que se había cegado a punto de ignorar que él no era el culpable. A su alrededor veía las paredes salpicadas de sangre. Desde la mesada de mármol blanco de la cocina se dibujaba una mano ensangrentada, su huella chorreaba hasta el piso. Parecía que lo sucedido había sido terrible. La brutalidad de los atacantes se notaba por todas partes. Miró el cuerpo de la joven que yacía muerta y se estremeció, parecía una niña.
El Principal se dirigió al dormitorio. Parte de la lucha debía haberse llevado a cabo en ese lugar. Una camisa color azul claro, tirada en el suelo le llamó la atención. Sin tocarla le comentó al comisario:
–Jefe, acá está la ropa de uno de ellos, parece que no tuvo tiempo de cambiarse totalmente pues no están los pantalones ni el calzado.
–Seguro, deben haber oído llegar a mi cuñado y salieron de raje, a este lo pudo agarrar a golpes y le rompió el hombro, el otro logró huir. Debe de andar cerca de acá, es posible que se haya llevado alguna ropa de paisano, pero igual va a caer.
–Yo fui asaltado. Tienen mi ropa y mi auto. Me llamo Serafín Carreras –alcanzó a decir, entre dientes, pero nadie le entendió.
–¡Todavía tenés el coraje de hablar! Catorce años tenía mi sobrina y mirá lo que le hiciste! ¡Perro, te voy a matar como a un perro! –Bramó el Comisario enfurecido abofeteándolo nuevamente–. ¡Dame la llave de las esposas!–ordenó.
–Jefe, no, no lo haga –dijo el oficial tratando de disuadirlo mientras las tomaba de su cinturón– espere a estar seguro.
–¡Dámela! –gritó, arrebatándoselas con violencia. El prisionero sintió sus manos libres.
–Ahora, andate.
Serafín miró con sorpresa al Comisario y luego al mirar al otro su sorpresa se transformó en terror. Se suponía que tenía que huir, sabía que eso se esperaba de él.
–Andate–. Rugió el Comisario mientras se le acercaba amenazante–. Andate, ya. Es la única oportunidad que te voy a dar, si te quedás te va a pasar lo mismo que a estas mujeres.
Serafín lo vio estirar la mano hasta agarrar una cuchilla entre varias que se encontraban colocadas tras un soporte de madera contra la pared.
–Andate ya, o te clavo–. Y el brazo se levantó hasta recortarse contra el techo.
Torpemente, tropezando y de espaldas, fue acercándose a la puerta:
–Fuí asaltado, tienen mi ropa y mi coche, soy el dueño de la estancia “El Palmar”–. Sus palabras, apenas audibles e ininteligibles, fueron ahogadas por el grito furioso del Comisario.
–¡Quiero que desaparezcas de mi vista!
Pensó que su alternativa era huir. Necesitaba tiempo, y pensó en la oportunidad de conseguirlo.
Corriendo torpemente se dirigió hacia el alambrado que rodeaba el lugar en la fantasía de escapar a campo traviesa.
Esta vez no escuchó martillar el arma, oyó tan sólo el estampido y un golpe en una pantorrilla. Cayó de bruces. Cuando intentaba levantarse sintió que lo ayudaban a hacerlo. Casi en vilo lo llevaron hasta el camino de tierra.
–Quiero verte caminar por la ruta –dijo el Comisario clavándole los ojos al tiempo que lo empujaba hacia atrás con la mano izquierda mientras empuñaba la pistola en la derecha. La segunda bala se le incrustó en el hombro sano, la tercera le atravesó la ingle y la cuarta le perforó un testículo. Los disparos los efectuaba a intervalos regulares a la distancia de un brazo con la mirada fría y durísima fija en su cara mientras le hablaba escupiéndole palabras de odio y lo sostenía cada vez que recibía un impacto de bala y trastabillaba por el sufrimiento.
El último disparo le destrozó una rodilla y su agresor lo dejó caer a tierra. No se movió. Era inútil intentarlo. Aún así trató de pensar en alguna estrategia. Se sentía destruido, pero todavía estaba vivo. El dolor era tan fuerte que se estaba transformando en anestésico. No podía respirar. Se dio cuenta de la presencia del Comisario a su lado cuando lo oyó hablar.
–Te voy a hacer un favor muy grande, voy a matarte, de la manera en que murió mi sobrina, cortándote el gaznete, despacio, despacito, como si fueras una gallina–. Y pisándole con furia ambas manos, le agarró la cabeza y lo fue degollando tal cual se lo había prometido.
Antes de dejar la casa, lavó y colgó en su lugar la cuchilla utilizada. Sus pisadas y las huellas del coche se desdibujarían entre todas las que luego habría. De algún modo lograría hacer aparecer el asesinato del hijo de puta como una gresca entre maleantes. Sus muchachos no dirían nunca que el bastardo había estado en su despacho, nadie más en la comisaría sabía que el hombre había estado ahí. Todos afirmarían que fue encontrado muerto en ese lugar. El dueño del bar y su dependiente no se atreverían a hablar por semejante basura. Su cuñado juraría al Juez que nadie estaba en la casa cuando encontró a las mujeres muertas.
Apenas ingresó a su despacho, llamó al Oficial de Servicio y dándole la espalda para no dejar traducir su emoción dijo:
–Acabo de confirmar el homicidio de mi hermana y de mi sobrina, en la cercanía de su casa está el cuerpo sin vida de un hombre, por las ropas sabemos que es fugitivo de la cárcel de Mercedes. Probablemente fue muerto en una reyerta entre los mismos homicidas. Destaquen una patrulla y vayan hacia allá. Sigan la rutina habitual. En un momento me reúno con ustedes.
El Oficial Principal entró cuando el Comisario se quitaba la chaqueta manchada de sangre.
–Jefe, en nuestra ausencia llegó esta notificación que consta en el libro.
–Leémela–dijo con la voz enronquecida al tiempo que se desabrochaba el cuello del uniforme.
“… le informamos que, en el día de la fecha…, siendo las 21 horas, hemos logrado la detención de dos condenados escapados en la madrugada de la cárcel de seguridad de la ciudad de Mercedes, provincia de Buenos Aires, atrapados cuando asaltaban una gasolinera. Ambos hombres vestían ropa de calle y manejaban un automóvil, marca BMW, color gris metalizado, a nombre de Serafín Carreras, asaltado, según decir de los detenidos, en las proximidades de …
