Cuentos y relatosTextos

Tari

Todo comenzó con las bolitas. Esas pequeñas, transparentes y coloridas bolitas de vidrio.

La primera vez que una de ellas cayó en sus manos la miró con detenimiento haciéndola girar entre sus dedos de niño, la colocó contra el sol y vio la luz a través de su cuerpo vidriado reflejarse descompuesta en arco iris contra la pared blanca de su casa y admiró, como en un caleidoscopio, formas exóticas, cambiantes y transparentes. No quiso intentar el juego para ganar otras por temor a perderla, pero se las ingenió para aumentar su número, y en pocos años tuvo una variada colección de distintos tamaños y colores.

A las bolitas siguieron las cajas de fósforos y las estampillas, luego las postales, y finalmente los recortes de periódicos y revistas, que con el tiempo llegaron a ser una parte muy importante de su vida.

Recortaba fundamentalmente noticias de policía pues eran las únicas que pensaba protagonizadas por hombres, los demás acontecimientos eran, para Tari, obra de seres que no llegaba a sentir como sus pares, quizá porque esos protagonismos lo superaban y los sentía como imposibles para ser ejecutados por simples mortales como él, a los que la vida no ofrecía mayores emociones.

Los relatos trágicos lo hacían vibrar, y si no tenían explicación alguna despertaban hasta tal punto su imaginación que la excitación que esto le producía lo privaba del sueño y lo obligaba a investigar por su cuenta.

Llegó a tener de cada caso una carpeta llena de notas y fotografías, tomadas algunas por él, cuando el tema así lo justificaba.

Muchas veces se trasladaba varios kilómetros sin importarle el frío, el calor o la lluvia, para llegar al sitio en el cual se había producido un suceso que despertara su curiosidad y ahí recababa informes, conversaba con la gente del lugar, indagaba todo lo posible, realizando una importante labor periodística para un solo lector.

Muy pronto el número de carpetas ocupó todo su escritorio. Luego comenzó a acomodarlas en el piso.

En pocos años debió destinar una habitación completa de su casa para guardarlas. No quería tirar uno solo de sus papeles. Durante las noches de invierno se sentaba frente al hogar encendido con una o dos carpetas sobre las piernas, las abría con cuidado y recorría las hojas leyendo fechas, nombres; rehaciendo los casos en su mente. Así repasaba lo sucedido y llegaba a veces a conclusiones inesperadas.

Cada una trataba sobre un solo hecho y llevaba toda la documentación aparecida, no sólo en Buenos Aires sino también en otras capitales de habla hispana.

A veces acudía a la policía para contar su versión de alguna historia, pero el oficial de guardia nunca tenía tiempo ni ganas de oírlo, y jamás le franqueó el acceso más allá. De haberlo escuchado se habría sorprendido por las deducciones de ese pequeño hombrecito de aspecto estrafalario.

Con el correr del tiempo las carpetas fueron invadiendo todo, como una enorme planta trepadora que no repara en nada en su afán invasor.

Luego del escritorio ocuparon la sala de  estar y el comedor y avanzaron por la circulación hacia el dormitorio y el baño.

Cuando comenzó a desalojar las alacenas de la cocina y todos los lugares a su alrededor para guardarlas, decidió que había llegado el momento de mudarse.

Necesitaba espacio. No le importaba el barrio ni el estado del inmueble. Orientó su búsqueda hacia las zonas más antiguas de Buenos Aires: Almagro, Constitución, San Telmo. Era ahí donde pensaba encontrar la comodidad necesaria a un precio accesible para sus ingresos provenientes de una pequeña herencia que le permitía vivir modestamente de rentas.

Finalmente alquiló un afrancesado ‘petit hotel’ en la esquina de Brasil y Piedras, en el barrio de Constitución, y se trasladó con sus pocos muebles y toda su papelería.

El frente del edificio era señorial, con piedra en toda su alzada, celosías de hierro que protegían estrechas carpinterías y una importante puerta de doble hoja por la que se ingresaba, a través de una escalera de mármol blanco, al vestíbulo que se abría, con grandes ventanales de vidrio repartido y biselado, a un pequeño patio en donde una estatua se escondía, púdicamente, recogiendo una túnica que no alcanzaba a cubrir sus pechos desnudos.

Además del vestíbulo de entrada y el patio se desarrollaban en esa planta tres salas con pisos de roble, altas puertas macizas y descascaradas molduras decorativas.

En el primer piso, rodeando la escalera interior también de mármol blanco con balaustrada de hierro y bronce, e iluminada cenitalmente por un colorido vitral asombrosamente intacto, había tres dormitorios y un baño.

Remataba el conjunto la terraza semidestruida y la cubierta de pizarras donde el tiempo había hecho estragos permitiendo, en días lluviosos, el paso del agua.

Desde la planta baja una oculta y empinada escalera de hormigón conducía al sótano de doble altura, muy amplio, de forma rectangular sobre la calle Brasil que se transformaba en un pasillo angosto en el sector de la calle Piedras. Estaba ventilado en todo lo largo de la línea municipal a través de ventanas abiertas a nivel de la vereda protegidas por rejas que en otra época estuvieron pintadas de negro.

Este sótano fue el que determinara su elección, y ahí organizó el archivo. Compró varios metros de madera de pino y con ellas construyó escalerillas. Él mismo las cortó. Los brazos lampiños desnudos y su pelada húmeda, brillante de transpiración y cruzada de lado a lado por unos pocos pelos entrecanos, acompañaban su esfuerzo. Mientras trabajaba a duras penas lograba mantener los anteojos sobre su nariz respingada. La barba blanca que enmarcaba sus mejillas rubicundas, se sacudía imperceptiblemente con su movimiento.

Cuando logró armar las escalerillas las unió con listones anchos y fuertes, a guisa de alfajías. Colocó escaleras colgantes entre los archivos y dio por terminada la tarea. Comenzó entonces a acomodar su preciado tesoro, hasta ese instante precariamente apilado en el hall frente a la púdica y vigilante estatua.

Una a una revisaba sus carpetas, las clasificaba, y luego de catalogarlas en un enorme y grueso cuaderno, las colocaba amorosamente en su recién terminado destino.

Previo a todo el trabajo de carpintería había comprado pintura y blanqueado paredes y techos.

Cuando terminó su obra bajó con mucho esfuerzo, a causa de la estrechez de la escalera, una gran mesa rústica de madera, una silla y una vieja lámpara a kerosene.

La elaboración de todo su proyecto, demandó varios meses de intenso trabajo. Pese a esto en ningún momento dejó de preocuparle lo que sucedía a su alrededor. Diariamente salía, cerca de las nueve de la mañana, a recoger los diarios y varias revistas de actualidad y al atardecer, sentado cómodamente en el gran vestíbulo con las gafas bailando al compás de su respiración, leía y revisaba línea a línea las noticias, mientras sorbía café negro y dulzón, y mordisqueaba una manzana.

Un cálido domingo de noviembre salió al atardecer a recorrer el barrio, para él casi desconocido.

Las calles estaban desiertas y flotaba en el aire, mezclado con la luz del sol que lo teñía, un polvillo que le hacía pensar que el mundo era una mágica esfera de oro.

En una esquina, se tentó con un ‘pochoclero’ y volvió a sentirse niño otra vez. Compró un paquete y continuó su paseo tranquilo, disfrutando poder hacerlo mientras pensaba en la gente que misteriosa y oculta lo rodeaba. Se sentía feliz pues lo tenía todo en la vida. Saboreaba su dulce y observaba acá los viejos balcones con sus hermosas balaustradas, recuerdo de lujos pasados, allá, las paredes descascaradas de algunas viviendas. Pensaba entonces en la historia de los seres que otrora vivían en ellas, y en las de los que actualmente las habitaban.

 

Siguió caminando por la calle Brasil. Pocos metros antes de llegar a Perú vio estacionado un Ford Falcon color verde oscuro. Dobló hacia el Sur. Apenas había caminado unos pasos cuando fue brutalmente atropellado y cayó, rodando sus últimas ‘palomitas de maíz’ por el suelo. Quedó sentado sobre su trasero y apoyado en sus manos mientras su voluminoso abdomen se agitaba a causa del susto y del golpe.

Desde su ridícula posición vio correr a un hombre de contextura pequeña, delgado y ágil, quien, desandando el camino hecho por Tari, desapareció rápidamente en la primera esquina. En pocos segundos el Falcon verde dejó oír su motor y atravesó a toda velocidad la bocacalle.

Tari se quitó las gafas que colgaban sobre su nariz y se frotó los ojos. No daba crédito a lo ocurrido, casi sentía que era protagonista de uno de esos casos  que estudiaba diariamente. Se quedó en la vereda con las rodillas apuntando al cielo, tratando de recuperar el aliento perdido e imaginando mil cosas en dos minutos.  Se levantó con dificultad y emprendió el regreso a su hogar.

 

Al día siguiente, luego de su recorrida habitual, al leer los diarios su pecho se agitó por una noticia que le pertenecía a él antes que a la prensa: se había perpetrado un asesinato en un inquilinato de la calle Perú, casi Brasil; la occisa, encontrada en la pieza donde vivía, era una mujer joven. La muerte había sido producida por un golpe seco en la garganta que había comprimido la tráquea, un golpe de karate al que había seguido una muerte inmediata y sin sangre.

El diario tembló en sus manos y respiró profundamente, él conocía al asesino, era aquel hombre que lo había atropellado el día anterior. No tenía ninguna duda.

 

Desde aquel momento su vida tomó impulso.

Ahora sentía que su obligación era también con la sociedad ya que por primera vez, no sólo debía dilucidar un enigma sino encontrar a un personaje real, alguien que él había visto y a quien podía reconocer.

Recordó que dos años atrás algo parecido había sucedido en la zona del Abasto: una muchacha apareció muerta con un golpe similar dentro del baño de un bar, y a los pocos meses se encontró otra, sobre un banco, en la estación Once.

Con gran emoción bajó al sótano, encendió la lámpara a kerosene y consultó su catálogo. Hecho esto, lámpara en mano, desplazó una de las escaleras colgantes, se trepó y buscó las carpetas que trataban esos casos sin resolver, y de idénticas características al actual. Una vez con ellas en su poder se sentó, por primera vez, tras la mesa del sótano y comenzó a hojearlas con detenimiento.

La excitación que experimentaba mientras las revisaba y estudiaba era inmensa.

Pronto notó que el sótano era un lugar muy pequeño para el trabajo que debía realizar y apagando la lámpara, subió al vestíbulo donde continuó su estudio. Sentía que su estatua, asombrada, levantaba la cabeza cada tanto para observarlo, y que la túnica que púdicamente la cubría se deslizaría en cualquier momento hasta el suelo.

Organizó su mente utilizando el piso embaldosado como escritorio desplegando  garabatos y dibujos, palabras y croquis de la ciudad que sólo para él tenían significado y que iba confeccionando sobre la marcha.

Sin darse cuenta el día lo sorprendió, y con el día llegó la claridad. Se encontraba seleccionando y acomodando datos en cuclillas, rodeado de papeles, cuando de pronto recordó una figura pequeña y delgada que nunca faltaba entre los curiosos, en esos irresueltos crímenes. Lentamente se puso de pie. Con las manos tomadas a su espalda recorrió la estancia a paso lento pensando y analizando. Luego se dirigió a la cocina, preparó una gran jarra de café, lo sorbió despacio y decidió llegar hasta el final. Tenía los elementos para hacerlo. Se sintió pleno y feliz.

 

A media mañana se dirigió a la calle Perú. Como era de esperar, estaba la policía.

Se aproximó y se mezcló con los curiosos. Por primera vez trataba de pasar desapercibido. Buscaba a alguien y no quería ser visto. Sabía que el asesino estaría en el lugar del hecho y que lo reconocería. No se conocía el por qué de estos crímenes. De haber habido una motivación habrían sido aclarados con anterioridad.

Observó y escuchó. La joven era una muchacha humilde que se desempeñaba como sirvienta en una casa de familia, tenía sus francos los sábados a la tarde y los domingos todo el día. Hacía un tiempo había iniciado relaciones con una persona de la que nadie sabía nada. Ella comentaba que era un hombre serio y varios años mayor que ella.

Durante toda la jornada Tari recorrió con su mirada los rostros presentes. Su hombre no estaba. Finalmente al atardecer desistió, giró sobre sus talones y regresó a su casa sin notar que un Ford Falcon color verde oscuro se detuvo frente a los policías apostados en la puerta del inquilinato. Desde el interior del coche unos ojos acerados, ocultos tras lentes ahumados, lo observaron alejarse.

Esa noche Tari repasó sus notas y papeles buscando algo que lo llevara a otro resultado. Pero siempre llegaba a la misma conclusión.

Agotado por la excitante velada se dirigió al dormitorio. Mientras se higienizaba para dormir se miró al espejo interrogándose con la mirada. Luego negó con la cabeza. Él no se había equivocado, regresaría una y otra vez hasta lograr encontrarlo y desenmascararlo. Finalmente se puso su pijama y se acostó.

El sueño tardó en llegar.

Cuando se durmió tuvo pesadillas: corría por un bosque, totalmente desnudo, las ramas de los árboles lo golpeaban sin piedad. La luna, muy alta, redonda y blanca, se reía y usaba las nubes para velarse la cara. De pronto se encontró rodeado por la negrura de la noche y frente a él un árbol esbelto cuyas ramas agitaba con furia el viento cayó produciendo un fuerte chasquido. Despertó sobresaltado. La transpiración había empapado su cama y su ropa de dormir. El corazón le latía con furia y respiraba con dificultad. Se hundió pesadamente en la almohada y en ese momento oyó un ruido. El ruido se repitió. Era un ruido seco y sordo que provenía de la planta baja. Se levantó y descendió en la oscuridad. El ruido continuaba como un chasquido, como un golpe de látigo. No podían ser ratas, las ratas no pueden hacer sonidos tan parejos cada tres segundos exactos.

A medida que se acercaba al vestíbulo se oía con mayor claridad. Pensó en su archivo. Sentía que la transpiración se iba secando sobre su espalda y comenzó a temblar, temía por sus recortes, temblaba por el miedo. Vio a través de los ventanales a su estatua dormida. El ruido no la había sorprendido.

Al pisar el último escalón el frío de la espalda le abrazó el pecho. ¡Se adivinaba un ligero resplandor proveniente del sótano! ¡La vieja lámpara a kerosene estaba encendida!

Alguien estaba en su archivo y ese chasquido era el ruido producido por cada una de sus carpetas al caer al piso. Fue hasta la cocina y buscó algún tipo de arma. No encontró nada que le sirviera, sólo atinó a tomar un pequeño banco para usarlo como escudo.

Bajó con temor, los pies descalzos sobre el cemento liso de la escalera.

Mientras descendía se abría ante él un espectáculo aterrador: sus carpetas, a las que había dedicado su vida entera, estaban esparcidas por el suelo y caían una a una produciendo ese sonido que lo despertara.

Paralizado por el miedo y caminando con dificultad, se acercó a su tesoro desparramado. Entonces vio al hombre, que con la boca apretada y los ojos acerados fijos en las estanterías, iba rompiendo y arrojando, una a una sus carpetas al suelo, formando un montón de papeles desordenados y estériles bajo la mesa de madera sobre la que se apoyaba la lámpara a kerosene. Poco le costó adivinar la idea que se ocultaba en ese rostro pequeño y afilado que lo ignoraba hasta tal extremo que ni se inmutaba con su silenciosa presencia.

Miró a su alrededor buscando algo con qué detenerlo. Pensó cómo atacarlo con alguna posibilidad de éxito. Sabía que este hombre era ágil, y que debía mantenerse fuera del alcance de sus manos y de sus piernas. Tenía que aprovechar el hecho de que no lo considerara, eso le otorgaba algunos instantes de ventaja. La vista de sus papeles desparramados le infundía una fuerza que Tari ignoraba que poseía.

De pronto recordó las herramientas que había utilizado en la construcción de los archivos; estaban cerca, apenas estirando la mano derecha junto a la entrada colgaban prolijamente un martillo y un serrucho. Sin hacer el menor ruido, depositó el banco en el suelo y descolgó primero el serrucho, que apretó con fuerza en su mano izquierda, y luego el martillo, el arma con la que pensaba atacar.

Sabía que tendría una sola oportunidad y observó a su adversario actuar. Este se encontraba retirando las últimas carpetas ubicadas en el cuarto estante, a la altura de su rostro.

Este era el momento, su único momento.

Sigilosamente se deslizó por entre las escalerillas. Veía la luz que iba creciendo con cada manotazo que arrancaba una carpeta. Se agazapó y preparó su martillo, el momento se aproximaba, llegaba. Y llegó. Casi sin darse cuenta, como si otro guiara su mano, lanzó el martillo y lo vio arrastrarse sobre las alfajías e incrustarse en el rostro de su enemigo en el preciso instante en que este tenía las manos ocupadas con sus amados papeles.

Cayó pesadamente. El hierro hundido en la órbita de su ojo. Cayó para atrás, sobre la pila de papeles preparados para el fuego, salpicando sangre por doquier.

En un instante Tari estuvo junto a él, no sabía si aún vivía. Quiso asegurarse de que no fuera así y para ello empleó el serrucho. Apenas un pequeño corte en la yugular.

Cuando terminó, tembloroso y como en un sueño, se dirigió al dormitorio, se vistió y salió a la calle. Respiró el aire tibio de la noche y se dirigió despacio hasta la comisaría.

Apenas podía creer que el protagonismo lo hubiera ido a buscar hasta su casa.

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