Adios, Amalia, adios
El vestido se amoldaba sentador sobre su cuerpo delgado.
La falda fruncida, un cinturón rodeando la cintura breve, las mangas cortas que dejaban al descubierto los brazos ligeramente dorados.
A su lado, sobre el piso del andén, la valija pequeña, dura, de cuero.
En las manos enguantadas sostenía la cartera.
A lo lejos, el silbato y la columna de humo que escapaba de la locomotora le hizo girar la cabeza. El tren se acercaba.
En la pensión todo seguiría igual.
En ese momento doña Rosa estaría subiendo los altos escalones de cemento hacia el primer piso con la bandeja del desayuno en las manos. Ahí, en la habitación vecina a la que acababa de dejar, estaba Leandro.
Amalia recordaba el primer encuentro, cuando él era quien subía los altos escalones con la valija negra, pesada, llena de libros y algunas camisas limpias.
Ella, a punto de descender, tuvo que hacerse a un lado para que el joven pudiera pasar, tal la estrechez de la escalera. Él levantó los ojos y la vio, iluminada de frente por la luz que a espaldas de Leandro filtraba una ventana. El cabello claro, los ojos pardos y brillantes como brasas, las mejillas afiebradas, la boca pálida confundida con su piel muy blanca.
Sintió que sus piernas flaqueaban a la vista de una mujer tan hermosa que le recordaba la imagen de la Virgen de Guadalupe de la iglesia de su pueblo. Bajó turbado la mirada. Apretó los dientes y terminó de subir disimulando el esfuerzo que le costaba arrastrar la enorme valija. Cuando pasó a su lado fue envuelto por su perfume de azucenas.
Durante las comidas compartían la misma mesa larga, de madera, cubierta por un mantel a cuadros, alrededor de la cual se ubicaban los huéspedes de doña Rosa. Leandro, tímidamente saludaba a todos, se sentaba y comía en silencio. Poco a poco fue integrándose con los demás jóvenes de la pensión. A veces Amalia no estaba con ellos y doña Rosa, en persona, le subía la comida. “La tísica”, así la llamaban los otros.
Comprendió entonces el porqué de los ojos brillantes, las mejillas arreboladas y la boca pálida. Temió por su vida y un gran amor se despertó en su corazón. “La tísica” dormía en la habitación contigua a la suya. De noche la escuchaba toser y, en su impotencia por ayudarla daba vueltas en la cama, desvelado. A medida que la joven empeoraba su amor crecía.
Un atardecer coincidieron en los balcones que ventilaban sus habitaciones, Amalia con un vestido ligero de muselina clara que envolvía su cuerpo cada día más delgado, el cabello al viento y una sonrisa en los labios.
–Leandro ¿por qué me esquiva?– fue la pregunta directa.
–No, Amalia, está usted equivocada, no la esquivo, al contrario. Me encantaría ser su amigo. –A mí también– dijo Amalia con tristeza.
–¿Qué le parece?– se animó a decir Leandro sintiendo que no podía perder esa oportunidad que le regalaba el destino–. Si ambos pensamos así, podríamos sellar nuestra amistad con una taza de té que estoy preparando. Si gusta, venga a mi pequeño hogar, la invito. Esa fue la primera vez que Amalia atravesó la puerta de su vecino.
Se sentaron uno junto al otro en la banqueta larga que miraba hacia el balcón y la noche los sorprendió conversando animadamente.
La proximidad le hacía desearla. Contemplaba su rostro frágil y perfecto y escuchaba con angustia su respiración ronca.
La acariciaba y la abrazaba con la mirada y el deseo de poseerla crecía sin pausa dentro de él. Soñaba con besar los ojos y el cabello de la joven enferma que tenía tan próxima a su cuerpo sano y fuerte, pero pensaba que cualquier cosa que hiciera la lastimaría y entonces luchaba contra ese sentimiento de amor que temía no poder dominar.
Amalia adivinaba esos deseos y sentía los ojos de Leandro recorrerla.
A partir del primer encuentro se implantó la deliciosa costumbre de reunirse, a escondidas, a tomar té o algún licor. Amalia a la hora convenida, rozaba apenas la puerta con la yema de los dedos y Leandro le franqueaba la entrada ocultando su alegría bajo la máscara de una estudiada cortesía. En poco tiempo se transformaron en buenos amigos.
Una tarde especialmente cálida, Leandro, sin poder evitarlo, acarició el largo cabello y enmarcó el rostro de Amalia con sus manos morenas y varoniles, lo atrajo hacia sí y apoyando su boca en la boca de la joven la besó largamente.
Lo que siguió a eso fue el despertar del universo, el estallido del mundo: la gacela se transformó en pantera y devoró al tigre convertido en manso gato doméstico. El cazador fue presa y cayó bajo el hechizo de su víctima.
La pasión de Amalia era insaciable e incontenible.
La joven lo buscaba y requería sin descanso, una y otra vez, un día y otro y el día siguiente. Nadie en la pensión sospechaba de ese apasionado y oculto amor que tenía lugar en el primer piso, frente a la escalera de cemento. Ante los demás se trataban con cortés indiferencia. Nadie podía pensar que algo había cambiado desde el ingreso de Leandro en la pensión. Lo que se empezó a ver, poco a poco, fue la mejoría de Amalia, quien se transformaba de tísica en saludable y hermosa joven.
Leandro, por el contrario, perdía peso y vitalidad, su piel naturalmente oscura se iba amarillando y sus ojos perdieron brillo. Cada tanto caía en cama y doña Rosa, como antes con Amalia, le llevaba la comida. Pasaba días sin salir de su habitación, sin otra visita que la de doña Rosa y la de su amiga, quien ahora rozaba levemente la puerta y sin esperar respuesta, abría e ingresaba para entregarse y exigirle. Finalmente quedó postrado en cama y debieron llevarle diariamente la comida.
“El tísico”, pensaba Leandro, lo denominarían ahora a él como antes a ella.
Lo cierto era que esa mañana, casi de madrugada, Amalia preparó su pequeña maleta de cuero, se despidió de una doña Rosa sorprendida cebando los primeros mates del día y partió hacia la estación. Ahí estaba ahora, parada sobre el andén. Frente a ella se detuvo el tren y ascendió sentándose junto a una ventanilla. Desde ese lugar podría recorrer con la vista el pueblo a medida que se alejaran. El guarda dio la señal de partida y desde la locomotora le respondieron con un doble silbato. Mientras el humo se perdía a lo lejos, doña Rosa golpeaba suavemente la puerta del dormitorio. –Leandro ¿está despierto? Le traigo el desayuno. ¿Me permite pasar?… Leandro, por favor, responda, Leandro…
