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Amor por chocolate

En pocas horas volvería a mendigar, la mano extendida, los ojos suplicantes…

Ahora aprovechaba. Era la primera vez que la invitaban a compartir una mesa en un restaurante.  A pesar del cabello rubio y los ojos celestes, el hombre sentado frente a ella tenía una fealdad que atentaba contra lo estético.

En ese momento oía, como música de fondo, su voz gangosa relatando historias de familiares ilustres, de gente de dinero. Pobre adefesio, enfundado en su ropa de gran calidad,  parecía ser el resultado de un error genético.

No le importaba, mientras él hablaba ella podía saciar su hambre de meses.

Hundía las papas fritas, doradas y crocantes, en la yema amarilla de los huevos que explotaban deliciosamente y le llenaban la boca.

Él, mientras tanto, la observaba comer, en los ojos una mirada de perro herido. ¿Quién era el mendigo? Como pidiendo disculpas le escanciaba el vino rojo en la copa alta y fina.

Casi tenía miedo de tomarla, tan frágil parecía, ¿y si se le rompía? ¿no se les ocurriría correrla a palos? No sería la primera vez. Pero no, en esos lugares caros y acompañada por ese  hombre al que parecía no faltarle nada, no corría peligro alguno. Sus ventajas tenía estar con él, a pesar de la repulsión que le causaba tan sólo mirarlo.

Cortó un buen bocado de carne y la sangre caliente y salada se mezcló con el huevo. Con un trozo de “baguette” lo recogió. Tenía tan llena la boca que le costaba masticar.

Con el resto del pan limpió cuidadosamente el plato una vez que hubo terminado.

Él  aún seguía comiendo. Lo hacía despacio, casi como si no tuviera hambre. En  su boca deforme veía desaparecer poco a  poco la comida.

Entre  bocado y bocado inquiría, ofrecía, suplicaba, trataba de todas formas que ella disfrutara su almuerzo.

Las frutillas cubiertas de helado de crema lograron que sus ojos café se abrieran asombrados y un esbozo de sonrisa, la primera, apareció fugazmente en sus labios pálidos. Su estómago, acostumbrado apenas a un bocado frugal, se estiraba desesperado tratando de absorber lo que esa boca ansiosa le arrojaba.

En un descuido le tomó una mano, pero ella la retiró rápidamente.

Su solo contacto le repugnaba.

 

Lo observó sin piedad.

“Que asco me da. Ahora, sin hambre, puedo verlo tal cual es. ¡Jé, jé! antes el hambre era más feo que esa cara que tengo delante.”

“Yo sé lo que pretende el condenado, pero no lo va a lograr. De sólo pensar que esa boca pueda tocarme me revuelvo como una babosa bajo la sal”.

“Imaginarlo encima mío, retorciéndose como un gusano, es repugnante. ¿Cómo se verá desnudo, con sus patas flacas y deformes y su “cosa” hinchada, enorme, buscándome, mientras me babea todo el cuerpo y me recorre con esa lengua que, de tan grande, parece no caberle?”

“No sería la primera ni la última vez, pero no hoy, no después de esta comida de verdad, la única comida de verdad de mi vida.”

“¡Ah! Qué lindo debe ser tener guita y comer así  todos los días.”

 

La tenía delante. Sucia, mal entrazada. El “maitre” casi se había negado a dejarlos entrar, pero él conocía la clave para lograr lo que deseaba. Siempre se manejaba así. Un billete de los grandes le abría casi todas las puertas.

Ahora la observaba con detenimiento, tenía los ojos entornados por la modorra producida por una buena comida y un poco de vino, el cabello castaño ondulado le enmarcaba el rostro joven y el pecho se adivinaba preso dentro esa blusa raída, algo chica para lo que ocultaba.

 

“Un  poco de afecto, o tan sólo algo de gratitud  por haberle llenado la panza es todo lo que pretendo”.

“Hubiera sido fácil llevarla a la cama de entrada con una buena oferta, pero entonces no habría tenido nada que agradecerme, ninguna caricia que no fuera comprada, sólo el mismo rechazo de siempre, igual al de las pocas minas que se me atreven. Todavía me acuerdo de aquella última, la que me rechazó a pesar de lo que le ofrecí: “Tendría que ser muy perversa para ir con vos y aceptar tu plata.”

“Debo tenerla, no soporto más, necesito el contacto con una mujer, me duelen las  manos por no tocar otra cosa que mi cuerpo, me duele la boca de tanto apretarla contra la almohada.”

“La necesito hoy, ahora, ya.”

“Necesito penetrarla y jugar adentro ella. Acariciarla. Recorrerla con mi boca y llenarla de semen y de saliva. Frotarme contra su cuerpo, morderla, pellizcarla, llenarme de ella hasta el hartazgo. Penetrarla y acabar y volver a llenarme y volver a acabar una y otra vez hasta que grite pidiendo que la deje y  yo caiga agotado a su lado, para descansar y volver a empezar, una y otra vez, y otra más.”

 

La billetera de cuero rebosante le hizo levantar sus ojos oscuros y supo que el momento se acercaba.

Trataría de escapar.

Al dejar el local tomó hacia la izquierda y sintió sus dedos flacos aferrar su brazo. El automóvil se encontraba a la derecha, en la playa del restaurante.

Tuvo que soltarla para abrir la puerta y ella aprovechó el momento. La siguió con dificultad pues su deformidad le impedía desplazarse con rapidez. Como un animal que persigue a su presa la alcanzó y la llevó nuevamente hasta el coche.

La melena ondulada se agitaba y los ojos se llenaban de lágrimas mientras él, del otro lado del vehículo introducía la llave.

En otro intento de fuga se alejó caminando, pero ahora no la siguió, ingresó al interior del auto y, manoteando torpemente en la guantera, lo sacó.

Eso no podía fallar.

–¡Tomá, tomá, es para vos! –Gritó mientras ella se alejaba.

Se volvió y de lejos observó lo que le ofrecía.

A fin de cuentas, ¿quién era ella para elegir al hombre con el que debía acostarse?

Un poco de dinero, un trato más o menos amable, sentirse feliz si no tenía que esquivar algún golpe…

Este por lo menos parecía inofensivo.

Regresó despacio, con la cabeza gacha, sintiendo que, después de todo, ese era su destino.

Abrió la portezuela y se sentó. El hizo lo mismo detrás del volante, y se lo entregó.

“Después de todo, el hambre es más feo que este hombre.” Suspiró elevando con resignación su pecho triste y, con las manos sucias y temblorosas comenzó, sin prisa, a rasgar el  papel violáceo y el de aluminio que cubrían el chocolate relleno de dulce de leche.

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