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Bajo La Luz de la luna

Más allá de las aguas oscuras del océano veíamos recortarse en el horizonte la silueta del bosque de manglares.

Hacía pocas horas que, bebiendo una copa en el bar, había conocido al inglés: ojos grises, nariz recta, cabello rubio entrecano, alto, delgado. Nos encontrábamos ahora conversando en la terraza del hotel mientras él apoyaba perezoso sus largas piernas en la baranda de madera que protegía la explanada al tiempo que compartíamos un whisky que, generosamente, escanciaba de una botella.

Quizá fue debido al paradisíaco lugar en el que nos encontrábamos –una pequeña isla musulmana al nordeste de Kenia  posada sobre las aguas azules del Índico– quizá fue debido al alcohol ingerido que nos acunaba discretamente o a esa noche milagrosamente calma, lo cierto es que la charla se volvió, sin darnos cuenta, íntima, casi confidencial, mientras  esperábamos estirando las horas con el vaso en la mano, que la luna se desprendiera de los árboles y dibujara un camino de plata hacia nosotros.

Comentábamos cosas al azar mientras la veíamos elevarse. De pronto me pareció notar que la voz del inglés se quebraba y al mirarlo descubrí con sorpresa una lágrima que corría por su mejilla. La prudencia me hizo callar, guardé silencio y esperé.

Bebió un sorbo de su vaso, aclaró su garganta y dijo:

–Esta noche de luna trae a mi memoria hechos ocurridos no muy lejos de acá que nunca podré olvidar.

Curiosa aguardé  la confidencia que no se hizo esperar.

 

“Me encontraba, hace varios años, trabajando como agregado cultural del Reino Unido en un país árabe que no voy a mencionar, ya te darás cuenta el porqué de esto a lo largo de mi relato. Como parte de mi trabajo debía asistir a numerosas reuniones, comidas y agasajos a los que son tan afectos los árabes pero a los que no son invitadas mujeres. Durante la comida solía pasar que la música nos alegrara el oído y las danzarinas la vista.

A pesar de la prohibición, muchas veces levantaba la mirada y adivinaba a las mujeres observándonos desde las galerías superiores, ocultas tras la filigrana de rejas.

Una noche en la que disfrutaba de la hospitalidad árabe, mi comida fue interrumpida por un llamado telefónico de mi embajada. Un sirviente me condujo, atravesando patios y corredores hasta una gran sala. Una vez ahí, se retiró discretamente para que yo pudiese  hablar sin testigos.

Finalizada la comunicación, al intentar regresar sin guía equivoqué el camino dirigiéndome, atraído por el sonido del agua y por risas femeninas a un sector separado por  un muro bajo, con jazmines trepadores y buganvillas que en desordenada profusión lo cubrían cayendo a ambos lados. A pesar de no ignorar que estaba prohibido, me apreté cual ladrón deseoso de descubrir los tesoros de mi anfitrión, al muro que tan celosamente los guardaba, espiando por entre los troncos perfumados de las enredaderas.

Como la mujer de Lot tuve mi castigo ya que el espectáculo que se presentó ante mis ojos provocó que,  a partir de ese momento, la paz muriera en mi espíritu: en medio del patio, sentada sobre el borde  de una fuente de mayólicas azules, rodeada de flores y perfumes y bañada por la luna se encontraba, sonriendo, una joven  exquisita. Su rostro, de sorprendente hermosura, se clavó en mi retina enloqueciéndome.

Quienes la rodeaban, a pesar de su belleza, no podían competir con tan magnífica criatura, su frente estaba adornada por cabellos sedosos, largos y oscuros, que, al igual que sus ojos verdes, llevaban en sí destellos de luz.

Tan ensimismado me encontraba en la contemplación del cuadro que a mis ojos se presentaba que no escuché los pasos del sirviente y casi soy descubierto en mi infidelidad. Presuroso e inquieto me condujo nuevamente al salón donde mi ausencia ya se hacía notar. Pese a que físicamente estaba de regreso, mi cabeza y mi corazón quedaron enredados entre las plantas del jardín.

A partir de ese momento no tuve sosiego.

El recuerdo de aquella joven llenaba mis horas. Di muestras de brutal enamoramiento dejando de comer y de dormir. En el trabajo mi desempeño disminuía a ojos vista. Trataba, con discreción, de averiguar el nombre de mi amada, a sabiendas del peligro que corría.

Todo fue inútil. Pasaron tres meses y el dolor de la frustrada búsqueda, poco a poco se fue cicatrizando en mi pecho.

Una tarde, bastante repuesto de aquel dulce y doloroso recuerdo, me encontraba trabajando en la embajada cuando me fue anunciada la visita de una mujer. La recibí en mi despacho. Vestía, según la usanza musulmana, una  túnica negra que la cubría por completo. Podía, a través del velo que ocultaba su cara, observarme sin problema, para mí en cambio, era imposible siquiera imaginar el color de su piel ya que, pese al calor agobiante, llevaba  guantes y gruesas medias.

Una vez que se aseguró de mi identidad me entregó un sobre celeste ligeramente perfumado, con una breve esquela, escrita en inglés con letra a todas luces femenina. Intrigado leí: “Ruego presentarse ante mí. En caso de ser afirmativa su respuesta, siga las indicaciones que la portadora de esta le haga”.

La curiosidad pudo más que yo.

La joven me indicó que debería envolverme en una chilaba negra y esperar, a la medianoche del día siguiente, en el jardín de mi casa detrás de la reja de mi morada, que dos hombres pasaran a buscarme. Ellos me conducirían, con discreción, hasta la presencia de su señora. Debía aceptar que me llevaran con los ojos vendados en la más absoluta ignorancia de mi destino.

Fueron los elegantes rasgos femeninos de la escritura y el ligero perfume que emanaba del fino papel los que me impulsaron a aceptar la extraña invitación.

Esa noche me fue imposible conciliar el sueño y el día siguiente transcurrió tan lentamente que un año entero cupo en él.

A la medianoche, tal como me había sido anunciado, dos hombres se acercaron a mi hogar, pusieron un pañuelo que, cubriendo mis ojos ataron a mi nuca, me envolvieron la cabeza en un turbante y me condujeron cuatro cuadras caminando, atravesando el parque cercano, hasta el  lugar donde nos esperaba un coche a caballo con el que nos alejamos del casco de la ciudad. Luego continuamos a pie por intrincadas callejuelas, no pudiendo distinguir otra cosa que aromas, hasta llegar a lo que supuse un jardín por el perfume penetrante de jazmines y el sonido rumoroso de las fuentes.

Una vez que ingresamos a través de una puerta que se abrió quejumbrosamente a una galería en la cual los pasos resonaban con fuerza y armonía, nos dirigimos, doblando a mi derecha, a una habitación, que, descubrí luego, estaba tenuemente iluminada por lámparas de aceite. Allí me sentaron  retirando el turbante y el vendaje que cubría mis ojos. Quedé solo.

Pasados unos instantes que se me hicieron eternos, un leve sonido me hizo girar la cabeza, entonces vi a mi espalda, en el muro decorado, abrirse lentamente una puerta oculta  y dibujarse, a contraluz, una figura femenina cubierta por una túnica de seda bordada.

Con paso breve avanzó sentándose frente a mí y, con un gesto de su mano dejó caer la leve tela que cubría su cara.

Mi sorpresa no tuvo límites al ver el rostro que por tanto tiempo me había quitado el sueño.”

 

En ese momento el inglés suspendió la narración visiblemente emocionado, suspiró y bebió un largo sorbo de su vaso, se acomodó en el asiento y recogió las piernas retirándolas de la baranda.

Al cabo continuó:

 

“Mientras las lámparas de aceite dibujaban extrañas figuras en las paredes decoradas, yo trataba de imaginar el motivo por el cual había sido convocado.

La mujer, más hermosa aún de lo que yo recordaba, contrariamente a lo acostumbrado en esos países me enfrentó con una mirada profunda y conmovedora en los ojos verdes.

Evidentemente algo muy importante la habría motivado.

–Usted dirá, señora– apenas pude balbucear.

Ella comenzó a hablar y su voz era dulce como el arrullo de las palomas.

–Señor, primero le ruego que todo lo que hablemos no salga de nosotros, que se mantenga en el más absoluto secreto. Usted sabe que todo me prohíbe acercarme a un hombre, que estoy rompiendo con todas las reglas culturales y religiosas de mi pueblo al haberlo citado acá, que lo que hago se castiga con la muerte. –Se detuvo un instante para continuar luego. –Sin embargo, antes de casarme estudié en su país durante varios años, y quizá por eso me atreví a invitarlo a conversar conmigo.

–Estoy a su disposición para lo que usted quiera, señora– fue mi sincera respuesta.

–Seré muy franca e  iré directamente al punto de este problema tan doloroso para mí y que me ha obligado a convocarlo.

–La escucho con atención.

–Gracias. He descubierto e intuyo en usted, a través de haberlo  observado y escuchado muchas veces oculta con mis sirvientas en  las galerías altas del palacio, valor, honestidad y hombría, virtudes éstas que cualquier mujer desearía ver reproducidas y perpetuadas en un hijo.

–Agradezco sus palabras, pero… no comprendo por qué estoy acá.

–No me agradezca, no lo digo por halagarlo, se lo digo porque es evidente que mi marido no puede engendrar y yo deseo más que nada en esta vida, un hijo, y lo he elegido a usted para que sea su padre.”

 

En ese instante del relato el inglés se incorporó, y llenando nuevamente su vaso, miró el océano que se extendía calmo frente a nosotros. Bebió un trago más largo que los demás y repitió con la voz temblorosa por el recuerdo:

 

“–Lo he elegido a usted para que sea el padre de mi hijo. Pero, solamente para eso. No quiero que entre nosotros se establezca ningún otro tipo de relación, yo me debo a mi marido. Mi marido necesita descendencia y yo seré la única mujer que le dé un hijo. Eso me colocará en un lugar de privilegio en el palacio frente a su madre y frente a las demás esposas. Usted me puede ayudar.

No pude decir que no aun conociendo el riesgo que implicaba a mi vida y a la relación entre nuestros países pues no podía rechazar aquello con lo que secretamente había soñado tanto.

–En el caso de ser afirmativa su respuesta, le haré avisar, razones obvias, cuándo deberá usted presentarse. Se seguirá el mismo procedimiento que esta noche y podré, finalmente, engendrar mi hijo.

Luego de escuchar mi tembloroso “Estoy a su disposición para cuando usted lo decida” se retiró por la puerta oculta por la que había ingresado.

Quedé solo mirando embelesado los dibujos caprichosos de las lámparas danzando en el muro decorado hasta que aparecieron los sirvientes y regresamos recorriendo el camino inverso.

De ahí en más no viví, tan sólo esperé, angustiado, el momento de  mi nueva cita para la que debería, nuevamente, estar preparado a la medianoche. Volverían a buscarme, iría  envuelto en la chilaba, con los ojos vendados y el turbante cubriendo mi cabeza, y los dos fieles sirvientes conduciéndome en la oscuridad. Frente a esto el corazón saltaba de mi pecho y yo corría tras él, lo tomaba, lo colocaba nuevamente en su lugar no pudiendo impedir que volviera a escapar, una y otra vez, hasta que llegó la noche tan ansiada.

Otra vez caminar hasta el coche, otra vez el trote del caballo y otra vez el jardín con la fuente rumorosa y las flores perfumadas. La espera en el salón tenuemente iluminado por las lámparas de aceite y la puerta a mi espalda que se abría invitándome a ingresar.

Anhelante y tembloroso lo hice. A medida que avanzaba se cerraban las puertas tras de mí y se abrían otras hacia las cuales me dirigía. Atravesé patios, galerías, pasadizos y puertas secretas. Mis sienes latían dolorosamente y no percibía el piso bajo mis pies. Finalmente llegué ante una puerta baja que me obligó, dada mi estatura, a inclinarme para ingresar, cuando me incorporé me encontré en una alcoba deliciosamente perfumada con sándalo y mirra, con un ventanal en el cual se desperezaba la luna llena y, sobre un gran lecho, cubierta por una sábana de seda, se adivinaba la figura cimbreante de una mujer.

Me acerqué cauteloso no pudiendo creer en mi buena fortuna. Ella extendió hacia mí sus manos mientras una luna plateada, como la de esta noche, dibujaba sinuosos caminos  sobre la sábana.

Su rostro bellísimo permanecía en sombras, deseé verlo, pero consideré su pudor y me contuve, de todos modos podría disfrutar a pleno su cuerpo maravilloso apenas insinuado bajo la seda.

Sus brazos tibios rodearon mi cuello. Sin darme cuenta me encontraba abrazado por ella, mis besos la cubrieron y mi cuerpo también. Mi piel se emocionó al contacto de su piel, mis manos no daban abasto para acariciarla. Recorría con mi boca su cuello y su cuerpo entero y la sentía temblar estremecida bajo mis besos y mis caricias.

Hundía mi cara en sus cabellos y mi boca en su boca y su respuesta me llenaba de felicidad. Su cuerpo contenía todos los aromas de la naturaleza y su piel todos los colores, hasta en la tristeza de su regazo y en su cintura breve podía ver el arco iris.

Sus pechos surgían soberbios y los sentía suaves acariciar mi cuerpo. El interior de sus muslos se deshojaba como rosas al contacto de mis manos. Finalmente me incorporé a ella y toda la dulzura del mundo me acompañó en ese momento. El estertor de la muerte transformado en delicioso delirio.

Caímos extenuados y dichosos uno junto al otro, la almohada, espectadora muda, mi cabeza entre sus pechos cubiertos por su cabello sedoso y perfumado. Quería quedarme a su lado y prolongué el éxtasis repitiendo la entrega, mi cuerpo la penetró una y otra vez mientras ella se entregaba gozosa a mi empuje amoroso.

Mil veces la amé esa noche y mil veces ella me amó. Fue la embriaguez total hasta que, finalmente, rendidos, nos quedamos dormidos.

Un rayo de sol me despertó. Al principio no comprendí, creí que había sido uno de mis sueños tantas veces repetido a lo largo de los meses. Al verla a mi lado, la cara cubierta por su cabello oscuro, supe que lo sucedido pocas horas atrás era cierto, ella estaba allí, conmigo.”

 

En ese momento, el inglés giró sobre sí mismo dándole la espalda a la luna, dejando su rostro en la oscuridad. No veía sus ojos, pero los imaginaba clavados en el vacío, vacíos ellos mismos de todo lo que no fuera profundo dolor.

Yo aguardaba en el silencio, apenas se escuchaba el croar de las ranas. Luego habló, como nunca antes, le costaba pronunciar las palabras.

 

“Quise revivir lo ocurrido y amorosamente me acerqué a ella separando sus cabellos con mi boca, buscando la suya que se me entregó como fruta deliciosa, sedienta a su vez de mis caricias. Quería volver a besarla antes de salir, antes de abandonar ese lecho y esa alcoba por los secretos pasadizos  y los jardines que en poco tiempo se tornarían tan peligrosos para mí, extranjero y cristiano.

Volví a besarla largamente mientras ella me envolvía con sus brazos y su cuerpo exigente. Me separé apenas para observar la belleza de sus facciones bajo las primeras luces del día. Al ver su rostro pegué un salto alejándome de la cama y un grito brotó involuntariamente de mi garganta: esta mujer no era aquella que me había desvelado tantas noches y tantos días.

–¿Quién eres? ¿Qué broma es ésta que me ha jugado el destino?

Pudorosamente envolvió su cuerpo con la sábana, se llevó las manos a la cara, los cabellos cayendo desordenados le cubrían en parte los pechos desnudos.

–Señor, por favor, no me pegues, ten piedad de mí– sollozaba.

La tomé por los hombros y la sacudí furioso.

–¡Qué es esto, dónde está ella! ¡Por qué y para qué estoy acá!

–Por favor, no me pegues, no me lastimes, no me hagas daño –gemía y se retorcía tratando de escapar del garfio de mis manos–. Mi señora finalmente quedó embarazada de su marido. Ella está feliz. Soy, desde siempre, su confidente. Fui yo quien le sugirió elegirte cuando te observábamos desde las galerías superiores comer y departir con los hombres. Sin embargo, ella ignora que ocupé su lugar. Fui yo quien te llevó la carta. Enamorada de ti desde hace tanto tiempo no pude resistir la tentación de tenerte, aunque fuera a través de un engaño, ya que mi señora no te necesita para engendrar a su hijo. No debías quedarte hasta el despertar de la mañana, de haberte retirado anoche nunca hubieses conocido la verdad.”

 

–A partir de ese momento– terminó diciendo el inglés– no tengo paz. A los pocos meses llegó mi traslado, nunca volví a saber de ellas. De haber intentado algo habría significado la muerte para todos– en la quietud de la noche su voz se imponía como un lamento– Yo, desde aquel día no vivo, no puedo vivir con el recuerdo de una y el amor de la otra. Es por eso que en estas noches, estiro las horas esperando que la luz de la luna llena, alguna vez, las regrese a mí.

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