Palabras de Mario Cozzi «El camino de los otros»

En El camino de los otros. Los abuelos que vinieron de lejos, María Cristina Berçaitz reafirma su ya conocido talento narrativo a través de un claro desafío: ficcionalizar la propia historia, la de su familia, la de los suyos.

Decimos desafío, porque el relato de la vida de nuestros ancestros, de sus gozos, de su esplendor, de su infortunio, da cuenta nada menos que de la aventura de nuestra sangre a través del tiempo; hasta llegar a esto que somos.

Esto que somos, que en verdad no es otra cosa que loque recordamos que somos,el relato que continuamente nos hacemos acerca de nosotros mismos. Memoria que, así como cada una de nuestras células, en lo íntimo atesora fundamentalmente información, una pauta de trabajo, un modo de articular nuestra relación con el medio, un modo de reacción frente a estímulos fundamentales. Memoria que es a la vez presencia y acto.

Este rescate de los rasgos de la propia identidad sólo puede tener lugar en el seno de la familia –centro de gravedad de nuestro ámbito de pertenencia y, a la vez– lugar de referencia, cuando no de ejemplaridad, a la hora de sustentar el sentido de nuestro propio esfuerzo y de las cualidades que han de ponerse en juego en la construcción del futuro.

En este sentido se ha dicho con aciertoque remitirnos a un pasado dota a nuestro presente de una razón de existir.

Este parece haber sido precisamente el punto de partida de esta novela. Así nos lo confía su autora en el prólogo:

Fui entrelazando verdades y ficciones, caminando de su mano”…

Viví sus zozobras”…

Esta modalidad de trabajo donde en un punto –ciertamente difuso, ciertamente intangible– se tocan el narrador y lo narrado le ha permitido sin embargo, brindar ordenamiento y significación a cada suceso, a cada personaje, a cada gesto, articulando relatos dispersos en un relato ordenado, en un todo coherente, en expresión de una manera de ser, de un sistema de límites y permisos. Se ha tratado, ni más ni menos que de construcción de sentido, habida cuenta de que la ficción, el cuento, el mito, no son sino otra cara de la verdad. No se oponen a ella; en todo caso son resultado de una verdad que –a partir de datos aislados– se ha nutrido en los silencios, en la modulación, en los saltos del discurso, configurando una enriquecedora perspectiva a despecho del alarde sintáctico y preciso de los puntos y las comas.

Por medio de esta vía ha podido acrecentarse y cobrar vida la comprensión del pasado. Sobre esta base entonces, y con seguro trazo, María Cristina Berçaitz ha logrado desplegar una narrativa en la que la intuición y el sentimiento han actuadocomo dos polos eléctricos solidariamente concertados para hacer accesible la emergencia de todo el sistema, es decir, la totalidad del proceso y el sentido de esta totalidad.

Así, sorteando toda tentación de subrayado patetismo, sin énfasis gratuitos, con la sola intensidad de su comprensión profunda, de su empatía, la autora ha logrado penetrar en el corazón de sus personajes. En particular de su héroe, Jean, presentándonoslo cabalmente con los rasgos propios de su singularidad espiritual: hombre de sostenido ahínco, de sacrificio sin alardes, hombre capaz del valor y la ternura. Verdadero héroe que nutre y tutela la identidad y la cohesión de una familia que, ante el desafío de echar raíces en esta nueva tierra, se permite transformarse creativamente, preservando lo esencial en medio de las vicisitudes propias de toda adaptación. Clara señal ésta, para noticia y sostén de las generaciones venideras.

Desde el centro puntual de esta galaxia se despliega la íntima epopeya de Jean Berçaitz,su empeñoso afán de cada día: el trabajo, los hijos, los hermanos menores, Virginia… un amor que no desfallece ni declina. La plenitud y el éxtasis, la desolación y la desdicha.

Pueblo de inmigrantes como somos, su historia ha de tocarnos a cada uno de nosotros como se tocan las múltiples aristas de una piedra facetada.

Es por cierto auspicioso que este relato haya sido fijado en letras de molde, que los antepasados de tal grupo humano hayan sido rescatados en la pasión, en el amor, en el dolor, en sus íntimas victorias y derrotas –que sin duda reflejan el devenir de tantos otros.

No es menor el tablado histórico sobre el que esta narración se desenvuelve. No lo es tampoco el testimonio de las luces y las sombras del contacto con esta tierra que supieron hacer suya y del impacto de la emigración en la dinámica de las relaciones familiares y sociales.

Estoy seguro de que la lectura de este libro ha de conmover la sensibilidad de cada uno sus lectores como lo ha hecho conmigo.

Libro que habrá de ser leído con fervor. Porque ha sido escrito con fervor, con minucioso registro de cada detalle, con una bella prosa que fluye con decantada sencillez merced al aquilatado oficio de su autora.

Sobre todo, porque el pasado sostiene y explica el presente y porque saber quiénes somos y de dónde venimos es una invalorable referencia a la hora de decidir cómo queremos seguir siendo y hacia dónde queremos ir.

 

Mario Cozzi

 

 

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