Cucullu «pueblo alfarero» en el Partido de San Andrés de Giles – Bs As

Cucullu «pueblo alfarero» en el Partido de San Andrés de Giles, Provincia de Buenos Aires.

A este rincón de la Patria tan caro a mis sentimientos, fui invitada el día veinticuatro de octubre del año en curso. 

Al llegar a Giles me esperaba Mónica Messina, directora de la Escuela Primaria de N° 5, Enrique José de Larrañaga, de Cucullu. En el mismo edificio funciona la Escuela de  Educación Secundaria N° 3, René Favaloro, nombre elegido por los alumnos entre otros varios, cuya directora es Mariela Piccinini. 

Al ingresar al pueblo, tan querido y tan lejano, ya no había camino de tierra, no había falta de luz, no estaban los Gallo. 

Recorrimos el pavimento y nos detuvimos frente a la escuela. Yo era la escritora invitada; con la alegría que eso significa para cualquier escritor. Habían estudiado mis libros durante seis meses. Ese día era la culminación de tanto esfuerzo.

Los niños me esperaban. Al llegar varios me rodearon y se apretaron contra mí, otros corrieron de aula en aula diciendo: “¡Llegó María Cristina!”

Las paredes del amplio pasillo estaban tapizadas con dibujos, fotos, estrellas y animales realizados en papel o plastilina, y surcaban el aire, de lado a lado, barquitos de papel y llamadores de duendes. Todo estaba preparado para mi llegada. 

Se acercó Lorena Zunino, la bibliotecaria, que unió su sonrisa a la de Mónica. Más tarde también lo hizo Mariela Pichinini. Ellas eran las protagonistas, junto a otras maestras, del trabajo y estudio que se hizo en el colegio sobre mi obra. Una semana antes de mi llegada una nena dijo a la bibliotecaria: “Seño, ¿se da cuenta de que María Cristina forma parte de nosotros?”

Me hicieron recorrer el colegio y en un aula me rodearon los alumnos de once años. Me sentaron frente a un escritorio y a mi lado pusieron la “caja de María Cristina”, que contenía todos mis libros y que había pasado de aula en aula durante esos meses de estudio. 

Los niños se turnaban para interrogarme, al principio lo hicieron tímidamente, luego las preguntas se fueron encadenando. Me contaron que sobre una pared habían pegado estrellas conteniendo sus deseos. Josefina me llevó de la mano y me mostró la suya: “Quisiera tener un libro de la autora”. La autora era yo. Pedí mi mochila y le autografié un ejemplar de “Persiguiendo estrellas”. Estaba feliz e iba por todos lados con el libro bajo el brazo. “Ay, yo quiero uno”, reclamó otro alumno. “Ella lo escribió en las estrellas”, le respondí.

En un sector habían colocado “La casita de alfileres”, eran varias y cada una realizada con la idea que mi relato había suscitado en los lectores. Varios espejos mostraban a “Pat, el tirolés”, en el momento en el que su reflejo le muestra que es un perro. “Pero cómo no se dio cuenta antes”, dijo angustiada una pequeña cuando lo leyó. “Chingolito” estaba representado por una gran figura, lo mismo que el conejo Esteban. Todos mis cuentos y poesías estaban ahí de alguna manera. 

Fuimos a la biblioteca donde se apilan los libros y todos los alumnos pueden retirarlos. Lo hacen con el mayor cuidado y respeto.

Atravesamos el Salón de Usos Múltiples (SUM) adornado por dos inmensas láminas simulando las páginas de un libro, en una los protagonistas de “El Perrito Boby” coloreados por un collage multicolor, en la otra, mariposas, pájaros y flores rellenos por una enorme cantidad de papeles de distintos colores enrollados y pegados.

Era mediodía y pasamos al comedor. En este colegio se sirve el almuerzo a los niños. Es el colegio con mayor cantidad extranjeros de la provincia ya que sus padres son bolivianos que trabajan en los hornos de ladrillo. Son los llamados horneros y en general son analfabetos, razón por la cual en el colegio hay una extensión para enseñar letras a los mayores. 

En este colegio se palpa el trabajo de las maestras. No conocen paros ni huelgas, y en los niños esto se trasluce. 

Luego de almorzar nos dirigimos al SUM, me senté y me entregaron un micrófono. Frente a mí la escuela entera. Las maestras acercaban el micrófono a los alumnos para que evacuaran la pregunta y a mí para que respondiera. Los mayores no se atrevieron a preguntar nada: “¿Dónde queda La Escondida?” “¿Cuándo llegó la familia a La Escondida?” “¿Cuándo llegó usted a La Escondida?” “¿Cuál color le gusta más?” “¿Tiene hijos?” “¿Tiene nietos?” “¿Cómo se llaman?” “¿Cuántos años tienen?” “¿Cómo se le ocurren las historias?” “¿Desde qué edad escribe?” “¿Cuándo escribió por primera vez?” “¿Qué libro de los que leyó le gustó más?” “¿Cuál libro de los suyos le gusta más?” y así se iban sucediendo las preguntas hasta que me rodearon y me llenaron de regalos, cartitas de amor, dibujos encantadores, barquitos de papel. Simón, un alumno, se acercó y, apretándose el pecho dijo: “¡Qué emoción tan grande siento!” y me entregó un anillo que agradecí con una sonrisa y lo coloqué en mi dedo índice. “Viste, dijo Simón a una nena, te dije que lo usaría”. Las madres me regalaron macetas hechas por ellas conteniendo plantas que ya tienen lugar en mi balcón, y el colegio una hermosa caja de madera llena de exquisitos bombones. 

Mi corazón rebosaba de contento. El cariño y el interés demostrado me sorprendía más allá de lo esperado. El día azul acompañaba. 

Luego fuimos a conocer un horno de ladrillos. Siempre los había visto pero no los conocía. 

Hoy no son los caballos los que pisan el barro, son máquinas, tampoco es solamente pasto lo que mezclan, tiene agregados químicos. Pero el trabajo sigue siendo manual. El hornero corta tres mil ladrillos por día. Toma el barro de una carretilla y rellena a mano un molde. Este tiene una tapa suelta que el hornero coloca y sostiene cuando traslada el contenido y lo vuelca ordenadamente en el suelo para el secado. Al ser la tapa suelta no se produce vacío y la desliza para retirarla. 

Luego de este primer secado los ladrillos se apilan para continuar secándose hasta que son trasladados al horno que en su base tiene grandes canales que lo cruzan de lado a lado y donde se enciende el fuego. Los ladrillos crudos son aprisionados por grandes chapas de zinc. Se prende fuego y se deja consumir en esos enormes hornos humeantes.  

Todo un misterio develado. 

Regresamos al colegio cerca de la hora de salida de los niños. Yo los miraba sonriente. Me rodearon ¿serían ciento cincuenta? No sé. Me abrazaron y me incliné para besar sus caritas llenas de cariño. 

Dejé el colegio con los brazos llenos de regalos, el rostro lleno de besos y el corazón pleno de felicidad. 

Ojalá todos los colegios de la Argentina tengan esta calidad de maestros que, desde un párrafo, una frase, una palabra, incentivan a los alumnos para que desarrollen tanto el intelecto como el lenguaje y el amor.

Gracias otra vez, Escuela Primaria de N° 5, Enrique José de Larrañaga y Escuela de Educación Secundaria N° 3 René Favaloro.

María Cristina Berçaitz

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