Mamá nos construyó un barrilete, de «Recuerdos, tan sólo recuerdos»
Un día en el que soplaba algo de viento, mamá se quedó mirando el cielo. Luego sonrió y, tomando un trozo de papel garabateó una larga lista de cosas.
–¿Qué estás escribiendo?
–Un pedido para que Pablo lo compre en el pueblo.
–Sí, pero ¿qué cosas va a comprar?
–Ya verán. Les voy a hacer una cometa.
–¿Qué cosa?
–Un barrilete que va a volar alto en el cielo.
Nosotras no sabíamos qué quería hacer mamá. Era la primera vez que escuchábamos esas palabras: cometa, barrilete… Además, ¿mamá era capaz de hacer algo que volara? Ésas eran cosas que construían otras personas, gente a la que nunca conoceríamos.
Sin embargo, pese a nuestras tremendas dudas, al día siguiente esperamos ansiosas el regreso de tío Pablo con la compra diaria.
Cuando llegó, separó un gran paquete que le entregó a mamá.
–Espero que esté todo bien. No acostumbro ir a la librería a hacer compras –rió cómplice…
–No se preocupe, Pablo, con lo que trajo podré hacerlo, gracias.
Esa vez mamá no trabajó sobre una mesa, como nosotras hubiéramos esperado. No, desplegó todo sobre el piso de la galería, cerca de la bomba de agua, y comenzó a recortar papeles y maderas que también había comprado tío Pablo, desdeñando la cantidad de maderas y maderitas que podían encontrarse a nuestro alrededor.
Nosotras mirábamos sin comprender qué estaba haciendo nuestra madre, por lo general tan poco afecta a las manualidades. Ignorábamos que ella había tenido una infancia en la libertad de un Belgrano lleno de quintas, con linyeras que hasta tenían nombre y con quienes conversaban los chicos del barrio, linyeras a los que también les acercaban agua y comida y la depositaban en una enorme lata de aceite que nunca había sido lavada y nunca lo sería; un Belgrano con un río demasiado próximo, al que iban a pescar mis tíos, más jóvenes que mamá. Era una época en la que su piel, tan blanca y tersa, estaba siempre oscurecida por el sol.
El construir ese barrilete la hizo retrotraerse otra vez a aquellos días felices, a juzgar por la sonrisa que embellecía su rostro, de por sí hermoso.
Con habilidad iba recortando papeles. Los encolaba y los ponía sobre las maderas colocadas en cruz y varias veces atadas, hasta quedar inmovilizadas.
Luego de unos minutos, las tres, viendo el colorido rombo que se iba formando, tratamos de colaborar, de acercarle tijera, cola y piolines.
Ella dirigía la batuta y, cada tanto, la risa escapaba de su boca.
–¡Listo! ¡Ya está terminado! Ahora debemos esperar a que se seque y luego lo haremos volar.
–¿Volar? ¿Estás segura de que esto puede volar?
Su risa cristalina nos hizo sonreír esperanzadas.
–Ya van a ver mañana. Si tenemos suerte y sopla el viento… –dijo mirando pensativa el cielo.
Y tuvimos suerte.
La mañana siguiente amaneció luminosa y con una brisa que agitaba las hojas más altas de los eucaliptos y de los álamos.
Después de desayunar nos dirigimos, con mamá llevando en su mano el barrilete, hacia el camino bordeado de flores que conducía al galpón.
Ahí, en un extremo, Marta Susana mantuvo en alto la cometa de colores, con tiras que la recorrían adornando sus costados y una cola larga y movediza. En el otro extremo mamá, con el hilo en alto. En un momento, dio la voz convenida y Marta soltó el rombo de papeles. Entonces mamá corrió, como cuando niña y, levantando su brazo, tiró con habilidad. El barrilete, liberado de la prisión de las manos de Marta Susana, se elevó airoso.
Mamá reía, y nosotras con ella. Corrimos a la par, hasta que vimos en el cielo a nuestra cometa deslizándose con elegancia y alegrando, como una gran flor, la mañana luminosa.
Aún evoco su risa, sus manos sosteniendo el hilo con el que la retenía y nosotras, tratando inútilmente de asirlo; ella era ese día, una vez más, la protagonista de su propia infancia.
