Mi hermana mayor
CUENTO DEL LIBRO «RECUERDOS TAN SOLO RECUERDOS»
Marta Susana había nacido dieciocho meses antes que yo y Ana Lía veinte meses después. Soy, por lo tanto, la del medio.
Apenas tuve conciencia de eso, siempre busqué mi lugar entre ambas. En nuestras fotos infantiles, en ésas que nos sacaba papá en carnaval, con nuestros disfraces, o en aquella, primera transparencia, descolorida por el tiempo pero en la que todavía pueden verse los vestidos a lunares blancos, muy pequeños, sobre fondo rojo en el torso y sobre fondo azul en la falda, ahí estoy, entre ellas, forzando la natural escalera. Aún hoy lo mantengo, y nuestras fotos actuales dan fe de ello.
Salvo en las fotografías en las que estamos montadas en triciclos –como la que ilustra la tapa de este libro– o en bicicletas, en la que la pericia de mis hermanas me superaba y yo me ubicaba donde podía, en todas las demás estoy en el medio. Era imposible romper con mi terquedad. Además esto hacía reír a los mayores y yo, que lo había advertido, hacía de cuenta que no lo sabía.
Marta, por ser la más grande, tenía ciertos privilegios, como sentarse en el asiento de la trilladora, o aprender el manejo de los motores, o entrar a la usina y observar cómo tío Pablo encendía el generador eléctrico.
Con los años, lo que aprendió de muy niña se volvió en su contra, pues de privilegios pasaron a ser obligaciones. Ella era quien debía, a los nueve años, realizar las tareas más pesadas, como ayudar a prender los motores, o cortar el césped, o colocar la escurridiza correa del sistema de poleas del motor de la pileta, sumergida en el foso húmedo y oscuro al que mamá nos tenía prohibido descender. Pero mi hermana mayor, obediente y voluntariosa, obligada por la voz exigente de papá, hacía lo que él le ordenaba. No importaba luego cuánto protestara mamá, que veía el peligro que corrían las manos de Marta en tan riesgosa tarea.
Pero sucedió una vez que, pese a los esfuerzos de Marta, la correa escapó. Papá, ocupado en el arranque del motor en la superficie lo notó de inmediato y, asustado, me preguntó a mí, que hacía las veces de vigía asomada a esa boca de escalones cubiertos de moho, qué había pasado y si Marta Susana se encontraba bien. Sin embargo, viendo a mi hermana abrazarse mientras me miraba sin articular palabra guardé silencio y dirigí mi mirada interrogante a papá, quien voló, más que corrió, escalera abajo para cerciorarse de que las manos de su primogénita no habían sufrido daño.
Ésa fue la última vez que Marta llevó a cabo esa tarea. Sólo entonces papá tomó conciencia del peligro al que su terquedad la había expuesto. Ella nunca había trabajado mientras estuvieron los tíos.
A partir de ese momento, papá contrató a nuevos caseros para que lo ayudaran. Luego de tío Pablo y tía Lita siguieron Linda y José; Josefina y Emilio; Inés y Alejandro. Ninguno de ellos duró más que unos pocos meses. Los tíos jamás pudieron ser reemplazados.
Marta hacía de todo, hasta tortas, en una época en la que no existía la mezcla lista para usar y jamás olvidaba de incorporar todos los ingredientes, como yo, que una vez cociné scones pero olvidé añadirles huevos.
Como tío Pablo era “zorrito”y conocía mi eterno deseo de hacer todo lo que me estaba prohibido, o lo que estaba reservado a Marta por ser la mayor, de común acuerdo un atardecer me tendieron una celada: él, sentado junto a la mesa de la cocina, comenzó a raspar y a comer la parte interna de una cáscara de banana, de las pasadas que, por bolsas, el verdulero le daba por unas monedas para que tía Lita las devorara con inexplicable placer. “¡Tomá, vieja, acá tenés tus bananas podridas!”, le decía al tiempo que le entregaba una arpillera llena de frutas.
Ese día, con gran parsimonia, tío Pablo sacaba un poco de pasta amarronada y convidaba a mi hermana, quien la aceptaba con una sonrisa y grandes gestos de aprobación. Ambos parecían disfrutar de un bocado delicioso. Yo también quise tener el privilegio de degustarlo. Tanto insistí que me convidaron. Cuando tío Pablo puso un poco de esa pasta oscura sobre la punta de mi lengua, me estremecí desesperada. Mi gesto de asco los hizo reír satisfechos. El sabor era desagradable y amargo, tan feo que, por un buen tiempo, no deseé más lo que le daban a otro.
En el lavado quincenal de la pileta colaborábamos las tres. Era más juego que deber. Luego nos metíamos bajo el chorro grande y helado que salía al ritmo constante del motor. Su sonido rompía el silencio de los días soleados mientras se esparcía sulfato de cobre mediante una bolsa llena de piedras azules que papá colocaba en el enorme caño de salida de agua.
Papá nos enseñó a nadar siendo muy pequeñas. Sin embargo, hay fotos en las que mi hermana y yo estamos usando salvavidas redondos y coloridos; Marta Susana sonríe mientras yo me aferro a ella en busca de refugio. ¡Tantas veces en la vida me cobijé bajo su ternura!
