Un trozo de Gales en la Patagonia: la fiesta del Eisteddfod.

Espero poder traducir con palabras la emoción frente a la ceremonia tradicional galesa cuyos orígenes se encuentran en el medioevo.
La música, primera manifestación del hombre, y los ritos, tan caros a las diferentes culturas, se aúnan en esta antigua ceremonia del Eisteddfod, con la palabra, la danza, el canto, el teatro…
De manera muy simple se puede definir al Eisteddfod (hombre sentado para ver y oír respetuosamente) como una competencia de las diversas artes.
A poco de ahondar vemos que es mucho más, el Eisteddfod hace a la cultura de un país.
Aquellos primeros colonos que llegaron a Bahía sin Fondo (hoy Puerto Madryn) en el “Mimosa” el 28 de julio de 1865, huyendo del sojuzga-miento inglés y de una muerte cierta y temprana (tuberculosis) en los hombres, mineros del carbón, pisaron estas tierras con el único tesoro de sus brazos fuertes, su voluntad y sus mujeres, tan fuertes como ellos. Eran apenas algo más de un centenar de almas.
Su primera consigna, sobrevivir, pelear contra las inclemencias del tiempo y lograr un cobijo, precariamente construido con lonas, porque ni siquiera las cuevas de la costa servían para descansar ya que se inundaban durante la noche.
La otra consigna: no perder sus tradiciones y los rituales que las acompañan, entre ellas: el Gorsedd, que inicia la ceremonia, y el Eisteddfod, que le da forma en un clima festivo y de paz.
En todo esto la lengua y la música son de primordial importancia.
LO VIVIDO EN ESTE OCTUBRE DE 2010:
En el Gorsedd –ceremonia de iniciación y de inclusión en el ‘círculo bárdico’ a aquellos que luchan por propiciar la cultura galesa fundamentalmente–, luego de los desfiles de ingreso, la danza de las flores realizada por niñas con coronas de flores y largos vestidos blancos y por niños vestidos con calzas negras y fajas de brillantes colores, se juramenta sobre la espada –apenas desenvainada–, defender la cultura galesa.
Luego de bellos cánticos en idioma galés, una vez terminada la ceremonia se invita al té, otra ceremonia, presidida por el pan y la manteca, alimentos ambos gracias a los cuales sobrevivieron aquellos pioneros.
Al día siguiente se da inicio al Eisteddfod.
El pueblo se sienta, en medio de un respetuoso silencio, a escuchar y evaluar las distintas manifestaciones artísticas.
Coros, bailes, interpretaciones de textos, recitaciones, competencias de ensayos y de otros géneros, traducciones de y al galés, de y a otros idiomas, y “la competencia de poesía”.
Esta última nuclea los momentos más importantes de todo el Eisteddfod porque la lengua, en la poesía, es donde se expresa en su forma más pura y acabada.
Esta competencia se divide en tres instancias. En el segundo día, se premia primero un poema escrito en galés.
La ganadora de este año fue una joven galesa, que, de acuerdo con la emoción que traducía la lectura del poema en la voz temblorosa de una integrante del círculo bárdico, estaba escrito con palabras y formas conmovedoras. En él se hablaba del arraigo a la nueva tierra y de la importancia de mantener vivas las tradiciones en los niños.
La revelación del ganador está siempre envuelta en un clima de gran expectación.
Se leen, en primer término, los fundamentos de la decisión del jurado para que los participantes lo conozcan; y esto sucede en cada uno de los Certámenes de Poesía. Luego se lee el seudónimo del ganador. Los haces de luz recorren la sala en su búsqueda y los fotógrafos se desplazan rápidos, cámara lista, para inmortalizar el instante en el que este se pone de pie, en medio de una gran emoción y alegría y recorre el camino central hacia el escenario donde lo espera el sillón de madera, realizado a mano, que será ocupado por el nuevo miembro del círculo bárdico: el ganador del certamen. Todo es felicidad, aplausos, alegría.
Por motivos, quizás que arrancan de sus primeros tiempos, el jurado lo integra una sola persona que es quien tiene que tomar tan importante decisión, aunque ha habido años en que han sido dos o tres los miembros del jurado.
El premio en poesía, en idioma castellano, está dividido en dos: uno de poesía métrica y otro poesía de verso libre.
Estas ceremonias están precedidas por tres toques de clarín.
Este año, 2010, la responsabilidad del jurado recayó en la persona de Santiago Kovadloff, ensayista y escritor reconocido por todos.
Es probable que, cuando llegaron a sus manos los poemas, no haya comprendido el espíritu que animaba a estos Certámenes del Eisteddfod.
Sonaron los tres toques de clarín, se desenvainó en parte la espada, por tres veces se preguntó al pueblo si había paz y por tres veces el pueblo respondió: «Sí, hay paz», pero ambos premios quedaron desiertos, ambos sillones vacíos, y la corona, que debió ceñir la sien del ganador del poema, en verso libre, fue colocada sobre el asiento de madera del bello sillón… vacío.
Un murmullo de decepción recorrió la sala.
El primero fue el día 22 de octubre, cuando se leyó la decisión de Santiago Kovadloff, único jurado, declarando desierto el Primer premio y dando una mención colectiva a varios de los participantes ¿Indiferencia? ¿Desconocimiento?
El 23 de octubre, en el momento más importante de este segundo día del Eisteddfod, sucedió lo mismo, tristeza y decepción recorrieron la sala.
Las danzas, los coros, la alegría general quedaron empañados: «poemas que sólo hablan del arraigo» fueron algunas de las palabras del fallo, «mención compartida a todos los participantes a los que aconsejó la lectura de los clásicos…»
Es una pena que la indiferencia, el desconocimiento de un ‘grande’ haya roto con una tradición antigua y muy cara a la cultura galesa. Agreguemos que este año estos Certámenes fueron de carácter internacional y hubo muchos trabajos de distintos lugares.
Pese a todo, pese a esta decepción, a este desconocimiento, los galeses y sus descendientes no son fáciles de doblegar, por eso el tehuelche los admiró y respetó, y conoció el «bara» (pan) cocido por las mujeres, al que cambió por carne de guanaco.
Unión en tierras inhóspitas a las que tuvieron que dominar con ayuda mutua y su herencia de razas fuertes, necesarias para hacer la historia de un país.
Rieles colocados a piedra y pala por hombres jóvenes, vigorosos, cuyo alimento quizás era tan sólo el pan que amasaban en su lugar de trabajo, ese trabajo que los mantenía lejos de sus hogares por más de diez o quince días. Ferrocarril que hoy no corre más, sumiéndolos en un largo y nunca terminado duelo y provocado también por la ¿Indiferencia? ¿Ignorancia?
Duelo que hoy se reabre por un premio del cual no se captó la esencia y se dejó desierto, casi tan desierto como esas tierras a las que llegaron el 28 de julio de 1865 aquellos primeros galeses ilusionados por el sol y el espacio patagónico.
María Cristina Berçaitz, Madryn, 25 de octubre de 2010.

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