Un barril lleno de whisky
CUENTO DEL LIBRO 3X6+3 / EDITORIAL PRUEBA DE GALERA, 2001
Decía Carlos que no y yo decía que sí, que en un barril lleno de whisky podíamos guardar las cosas más preciadas. Y así fuimos colocando en él sueños y esperanzas mientras nos acompañaba un terceto de jazz moderno sonando en el espacio.
El problema, y Carlos tenía razón, fue que cuando quisimos sacar lo guardado, no lo pudimos alcanzar porque estaba en el fondo del barril, porque hasta las esperanzas y los sueños tienen peso, y se hundieron sin remedio.
No obstante, seguimos poniéndolos ahí porque, cuantas más cosas llenaban el barril, más rebalsaba el whisky y podíamos beberlo alegremente, es decir, alegres nos poníamos después de haberlo bebido, es más, empezábamos serios y apurados por vaciar el barril para alcanzar aquello que desde el fondo nos miraba burlón y terminábamos en una carcajada.
Sin embargo, seguíamos echando ilusiones y proyectos mientras la trompeta sonaba sensual en nuestros oídos.
Cada vez que tirábamos algo muy grande y pesado, primero desalojábamos un poco de whisky usando grandes vasos que entraban vacíos y salían llenos, desbordantes, y los bebíamos quedando luego, obviamente, muy alegres.
Un día nos dimos cuenta de que el barril estaba vacío de whisky y lleno, muy lleno, de ilusiones. Nosotros estábamos felices creyendo haber logrado nuestro objetivo porque habíamos bebido con alegría acompañados por la música.
Pero nos equivocábamos, no podíamos retirar aquellos sueños, los primeros, los que nos habían movilizado y hoy nos parecían tan lejanos.
Entonces, tomamos el barril vacío de alcohol y lleno de esperanzas, lo dimos vuelta, lo abrimos por el fondo y comenzamos a sacar, una a una, todas las ilusiones, todos los deseos y todos los proyectos ocultos. A medida que lo hacíamos, notábamos que aquellos anhelos que habíamos guardado tanto tiempo atrás, hoy carecían de importancia, otros, sin embargo, la seguían teniendo, pero, la ilusión había cambiado.
A veces se volatilizaban o se transformaban cuando los teníamos en la mano.
Llegó un momento en que, casi vacío el barril, lo volvimos a invertir para sacar el sueño más importante que teníamos, aquel que nos era esquivo, que se precipitaba siempre al fondo, pero, cada vez que lo dábamos vuelta, se nos escapaba sin remedio huyendo hacia el otro lado.
No lo podíamos alcanzar. Nunca estaba al alcance de nuestra mano. Nunca lo estaría.
No nos quedaba ni el whisky que tan alegremente bebíamos escuchando como fondo jazz moderno, aquel que apacigua a las fieras y calma los nervios mientras se desgrana el bajo, o suena el piano, o se queja la trompeta.
Tan sólo quedábamos Carlos y yo, la música como compañera inseparable, y una irrealidad tan vana como lejana que mantenía vivas nuestras ilusiones.
