Cuarenta y cinco

–El coche lo agarró y me lo estropeó–.Y los ojos de Andresito se abrieron grandes y nublados.
Ernesto respiró profundamente. El perro tenía rota la cadera y los intestinos desplazados hacia la cruz.–Veré qué puedo hacer –dijo. Acudió a la ciencia, y más aún, y  Cascarilla volvió a correr.

Su pecho se abría amplio mientras que su grupa se estrechaba hasta lo inverosímil. Corría ladeado, como a cuarenta y cinco grados, por eso los chicos lo llamaron Cuarentaycinco.

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