Y sigue la aventura…
Aún seguía fresco el recuerdo de la aventura vivida en el reino de Neptunito cuando una tarde calurosa de verano, Juan, Susi y Miguel, fueron convocados nuevamente.
Sucedió así:
Se encontraban de visita en casa de Raninclotita tomando una taza de rocío aromatizado con trébol, cuando llegó deshecha en llanto y retorciéndose las aletas, una sardina.
–¡Mi pequeña! ¡Mi pequeña! –decía llorando a mares– se ha ido mi pequeña.
–¡¿Qué pasó?!– preguntaron todos a coro al tiempo que la rodeaban.
–Yo le dije… –sollozaba la sardina– …le dije que no se acercara a la superficie a la hora de la siesta… con este calor tan intenso y con la capa de ozono rota… pero no me escuchó. En el momento en que acomodaba la vajilla del almuerzo, se escapó.
–¡Oh, señora sardina!, no se preocupe, ya regresará a tomar el té –dijo conciliadora la dulce Susi.
–No querida niña, no entiendes, se la llevó un rayo de sol… se la llevó en una gota de agua. ¡Nunca la volveré a ver!
Los pequeños se entristecieron mucho y ya comenzaban las lágrimas a asomar a sus ojos cuando terció Raninclotita.
–No se preocupe, señora, los niños la traerán de regreso.
Antes de que ellos pudieran negarse, la señora sardina los abrazó agradecida y los llenó de húmedos besos salados.
–¡Sí, gracias, yo sé que lo harán! De la misma forma que rescataron a Raninclotita de las manos de Manclotipufin. ¡Gracias! ¡Oh, gracias!
Ninguno de los tres se animó a decir la verdad: que ellos no podían ir hasta el sol porque no sabían volar.
En silencio vieron como enjugaba sus ojos esa madre sardina que sufría como una madre sufre cuando ve a su hijo enfermo o en peligro… y callaron.
Los chicos emprendieron tristes el regreso a su casa; Juan, pateando piedras de colores, desalentado; Susi, con una corona de flores blancas que se le escurría de la cabeza gacha y Miguel masticando un trébol de cuatro hojas que, según la leyenda, lleva la suerte consigo.
–¿Qué podemos hacer? –preguntó Juan.
–No hay nada que podamos hacer –suspiró Susi.
–Algo podremos hacer –protestó Miguel.
Durante la cena los padres se extrañaron de tanto silencio y tristeza. Casi llaman al médico cuando Juan se negó a comer el arroz con leche con mucha canela que tanto le gustaba.
Uno a uno se fueron al dormitorio. Por la ventana abierta podían ver la luna y el cielo salpicado de plata.
Cayó una estrella fugaz y Miguel saltó de la cama.
–¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo! –anunció a los gritos.
–¿Ya tenés qué? –preguntaron a dúo los hermanos.
–¡Tengo la solución para traer de regreso a la sardinita! –respondió entre saltos de alegría.
–Contanos rápido, por favor, que no podemos dormir a causa de tanta tristeza.
Frente al ruego sentido de los hermanos, Miguel, amplió su sonrisa y dijo:
–Nosotros podemos hacerlo.
–Miguel, nosotros no podemos volar hasta el sol –dijo molesto Juan–. Fijate lo que le pasó a Ícaro: cuando estaba cerca del astro las plumas, pegadas con cera, se despegaron y cayó al mar.
–¡Sí, podemos! –protestó– y no haremos como Ícaro.
–¡¿Y cómo podremos hacerlo?! –Los rostros ansiosos de sus hermanos casi tocaban el suyo cuando Miguel respondió despacio:
–Podemos ir en un sueño.
En un sueño. Claro, pensaron Juan y Susi, en un sueño todo es posible, hasta salvar a una sardinita de las llamas del sol.
–Tenés razón, esa es la única forma de rescatarla. Mañana comenzaremos a trabajar en ello –afirmaron los mayores.
Al día siguiente pusieron manos a la obra. Lo primero que hicieron fue construir un gran barrilete de papel y mariposas de colores. Le agregaron una cola larga y fuerte para colgarse de ella. Una vez hecho esto, buscaron una alondra para que les sirviera de motor y a la vez de arrullo.
Esa noche, casi de madrugada, cuando todo estuvo en calma, se vistieron de fiesta. Juan con su mejor pijama rayado, verde y ocre; Susi con el camisón rosa con puntillas blancas en el escote y en las mangas; y Miguel con su enterito celeste que apenas tenía rota la rodilla derecha.
Los tres abandonaron la casa y se ubicaron en medio del jardín, Juan asido firmemente a la cola del barrilete, con Susi tomada de su mano libre y Miguel de la mano de Susi. Cerraron los ojos, la alondra estaba lista, solamente debían esperar a que el sol se levantara apenas para poder volar en un sueño.
Se acercaba el momento, la luna se quedó un instante suspendida para no perderse el despegue.
El sol se asomó soñoliento. Miguel espió y, juntando coraje, dio la orden:
–¡Vamos, ya es la hora! ¡Alondra, emprende el vuelo!
El pájaro desplegó sus alas y se elevó ayudado por las mariposas que aleteaban con gran elegancia y despliegue de colores.
Los chicos, pasado el susto inicial, se animaron a abrir los ojos y mirar a su alrededor.
Primero vieron su hogar empequeñecerse a medida que se alejaban. Luego volaron sobre la ciudad dormida que titilaba lucecitas desparramadas; más allá los barcos del puerto bostezaban al tiempo que sacudían negras columnas de humo de sus chimeneas deseándoles suerte.
Y luego el mar, muy oscuro, casi negro, que se confundía a la distancia con el cielo.
No llegaron a verla pero adivinaron a la señora sardina despidiéndose de ellos mientras un lagrimón de esperanza se escurría de sus ojos.
Cuando atravesaron una nube blanca se elevaron en tirabuzón y Miguel, que era el último en la cola, tuvo que aferrarse a su hermana con las dos manos y recordar que él era el responsable del sueño, para no caer en picada.
Al atravesar una nube gris se mojaron la ropa, pero no les importó demasiado pues sabían que al acercarse al sol se secaría de inmediato.
La alondra comenzó a cantar al astro que se asomaba y los niños, arrullados por su trino, se durmieron blandamente hasta que un gran resplandor y un calor terrible los despertó.
–Niños, hemos llegado al sol –dijo el ave, y agregó– yo debo regresar, es imposible para mí quedarme. Ustedes buscarán la manera de volver a su hogar.
Así diciendo, tomó el barrilete y emprendió el vuelo de regreso a su nido.
Juan, Susi y Miguel no atinaron a responder, estaban mudos contemplando un camino cubierto de placas de oro que se abría ante ellos.
A ambos lados se elevaban matorrales formados por hilos del mismo metal precioso que desdibujaban el paisaje y se confundían con la claridad intensa que los rodeaba.
Al término del camino se levantaba un palacio maravilloso, con cuatro torres de las que salían rayos intermitentes que iluminaban hasta el límite de la imaginación y más allá también.
Las torres eran filigranas transparentes detrás de las cuales se paseaban los soldados del rey, con cascos pequeños y brillantes.
Boquiabiertos se dirigieron hacia un puente levadizo que bajó despacio con gran despliegue de luces y ruido de cadenas para salvar un río de lava que rodeaba el castillo, para defenderlo.
Cuando lo cruzaron ingresaron a un hall donde la luz que penetraba por los vidrios ausentes de la cúpula, los obligó a cerrar los ojos.
Despacio volvieron a abrirlos y se encontraron con la figura amenazante del rey sol.
–¡¿Quiénes son ustedes y qué hacen invadiendo mis dominios?! –bramó expulsando una bocanada de fuego con cada palabra.
–¡Somos gente de paz! –se animó a gritar Juan, mientras Susi y Miguel se ocultaban detrás de su hermano.
–¡Hemos venido a rescatar a la sardinita! –se atrevió a decir Miguel asomando su cabeza por entre los pliegues rosados del camisón de su hermana.
–No pretendemos nada malo –explicó Susi–, tan sólo devolver la sardinita a su madre que no tiene consuelo porque su majestad la tiene prisionera.
–¡Yo no secuestro pequeñas! –gritó escupiendo llamaradas por su boca–. Si alguien ha llegado a mi casa fue sin ser invitado ¡Como ustedes!
–Permítame, señor Rey Sol –Juan trataba de ser muy educado–, no deseamos que se enoje con nosotros, pero tiene que reconocer que no ha sido fácil llegar hasta su hermoso reino, sobre todo para nosotros; en cuanto a la sardinita, creo que ha sido traída en contra de su voluntad, en una gota de agua que sus rayos absorbieron. Es muy urgente que regresemos con ella pues de lo contrario va a morir de sed.
–Como nosotros –agregó Miguel que empezaba a sentir la falta de líquido.
–¡Si es por eso no se preocupen! –el sol rió comprensivo sacudiéndose de tal forma que chispas rojizas comenzaron a desparramarse por el gran salón.
–¡Traigan agua! –ordenó a sus servidores–. Nosotros nos abastecemos diariamente para luego distribuirla en los lugares de la tierra en los que hace falta. Como ven no deseamos hacer daño, todo lo contrario.
Los miró uno a uno, estudiándolos, mientras los niños bebían en grandes vasos de oro que gentilmente les acercaron.
–Tengo un amigo, el rey Neptunito, que me ha narrado una tierna historia en la que había tres chicos, ¿acaso son ustedes?
Al escuchar el nombre de su querido amigo los niños se alegraron mucho y le explicaron al sol los pormenores de su viaje para devolver la sardinita a su madre.
–Veremos qué puedo hacer –dijo el sol luego de escucharlos con atención y, golpeando las manos, ordenó revisar los toneles reales en busca de la pequeña.
Grande fue la desilusión de todos cuando les informaron que la luna llena había arrastrado para sus dominios, gran parte del agua absorbida y que, presuntamente, la sardinita estaría allá.
Antes de que el lagrimón asomado en los ojos de Susi rodara por sus mejillas, el sol dijo:
–No llores, niña, no todo está perdido, recuerda que la luna se alumbra gracias a mí. Su luz es apenas el reflejo de la mía y, a través de mis rayos pueden llegar a ella. Les aconsejo ir ahora que el camino se ve con claridad, en cuarto menguante va a ser más difícil pues por tramos se perderían en las sombras. Les voy a prestar mi carruaje de cristal para que lleguen más rápido.
Diciendo esto llamó al cochero real.
En pocos minutos se detuvo frente a los niños una carroza. Tenía mullidos asientos cubiertos por almohadones bordados en distintos colores de amarillo y oro y ruedas de fuego. La conducían dos enormes luciérnagas con los cuerpos encendidos y las cabezas triangulares muy fijas en la ruta a seguir.
El cruzar desde el sol a la luna fue una experiencia que difícilmente pudieran olvidar. La ruta luminosa construida por los rayos del sol se perdía suspendida en el espacio infinito, rodeada de estrellas titilantes y de polvo cósmico.
De pronto, un agujero negro se aproximó peligrosamente pero las ágiles luciérnagas, preparadas para esas lides lo esquivaron rápidas, mientras el cochero real tiraba en su interior bolas de fuego que éste devoró de inmediato.
Pasado el susto siguieron adelante hasta que una luz plateada los deslumbró.
La luna, redonda y divertida los esperaba ansiosa pues se había enterado de la visita de los niños y de la razón, tan poco usual que la motivaba. Le encantaba recibir amigos, ¡y eran tan pocos los que se acercaban a sus dominios!
–¡Pasen! ¡Pasen! –los invitó amable, y los convidó con copos de nube azucarada y con estrellas de almendras y miel. Por suerte no olvidó alcanzarles agua, ya que los chicos aún estaban sedientos a causa del calor sufrido en el sol.
–Venimos a buscar a la sardinita –explicó Susi con mucha suavidad.
–Lo sé, lo sé. Pero primero coman algo, el viaje ha sido largo y aún les espera otro tramo igual –y les ofreció manjares dispuestos sobre una mesa larga, muy larga, cubierta por un mantel de hilos de plata trenzada.
A una señal de la luna le acercaron su enorme trono incrustado de estrellas de colores. Se sentó desplegando su vestido largo y labrado, en donde se podían ver las constelaciones que los niños tan bien conocían por las cartas de navegación de los pescadores, especialmente por el gran mapa celeste que su padre desplegaba sobre la mesa de rústica madera antes de salir a trabajar para, guiándose por las estrellas, poder llegar al lugar donde estuvieran los mejores peces.
–Majestad –terció Susi–, es cierto que nos espera una larga travesía, por eso, sin querer ser descortés y agradeciendo todos estos platos deliciosos, le rogamos nos entregue a la pequeña sardina a fin de poder partir.
Sus ojos recorrieron la mesa y se detuvieron en Miguel que comía sin parar pastelitos de fino hojaldre mientras miraba desesperado con qué mano tomar las estrellas y las lunas confitadas.
Los ojos de la luna se cerraron tristes pero, comprendiendo la prisa, ordenó llevaran a su presencia a la involuntaria cautiva.
A los pocos minutos Susi tenía en sus manos una caja transparente llena de agua, casi una pecera, dentro de la cual unos ojitos redondos y diminutos la miraban asustados.
–¡Acá está, sana y salva! –exclamó la reina satisfecha–, pero antes de que se vayan quiero decirles que agradezco a sus corazones bondadosos los riesgos asumidos. En muy poco tiempo tendrán noticias mías.
–Señora, si mi permite, yo sería feliz si usted controlara sus mareas para que no perjudiquen a los pescadores, especialmente a mi papá –se animó a decir Miguel sin poder esquivar el golpe que le propinó Juan por su impertinencia.
–No te enojes con tu hermano, Juan. En cierta forma tiene razón: no debes olvidar que en la vida, lo malo para algunos es, a veces, bueno para otros. Piénsalo y verás que no me equivoco.
Partieron de inmediato, con la sardinita en brazos de Susi y Juan detenido en las palabras de la luna pero sin poder comprenderlas.
Regresaron por la misma ruta desde un reino al otro. En el camino pudieron ver al agujero negro durmiendo mientras hacía la digestión de las bolas de fuego tan oportunamente lanzadas.
Al llegar al sol el rey los esperaba de pie. A su espalda estaba apostado un ejército flameante con lanzallamas por estandartes, escupiendo fuego a discreción.
Un espectáculo memorable y maravilloso.
–Queridos niños, debo felicitarlos por la bondad de su corazón, traten de no perderla con el correr de los años pues, a veces, las buenas acciones se olvidan en aras de otros intereses. Sin embargo, el hacer el bien les dará la mayor felicidad en esta vida.
–Le agradecemos todo lo que nos facilitó la tarea, al igual que sus palabras, majestad, pero, ahora, perdidos la alondra y el barrilete de mariposas no sabemos cómo regresar –dijo Susi mientras Juan seguía repasando las palabras de la luna.
El sol abrió su bocaza de fuego y rió a carcajadas.
–Es muy fácil, mi niña –diciendo esto volvió a reír y, estirando sus manos hacia la tierra, absorbió por sus largos dedos de fuego agua de los mares y arroyos hasta formar una enorme y cómoda nube.
Juan, entonces, comprendió las palabras de la luna.
–Suban niños. La nube, blandamente, los llevará de regreso.
Y así fue, pues una lluvia suave comenzó a caer sobre la comarca llevando a los héroes con su casi pecera en brazos conteniendo a la pequeña sardina que dormía tranquila sabiendo que pronto la acariciaría su mamá.
Una vez depositada en las aletas maternales tan preciada carga, los niños retornaron a su casa y a sus lechos, para poder terminar de soñar.
Unos días después se sorprendieron al encontrar, a los pies de sus camas, tres cofres.
Juan abrió el suyo, adornado con piedras preciosas y en su interior encontró monedas de oro, grandes, brillantes y pesadas, y no lo pudo creer.
Susi abrió el suyo, blanco, con estrellas en relieve y en su interior encontró monedas de plata, grandes, brillantes, hermosas, y no lo pudo creer.
Miguel abrió el suyo, formado por escamas y caracolas y en su interior encontró, envuelto en un multicolor cuero de pescado, una estrella fulgurante, con luz propia, y él pudo creerlo, porque sabía que los sueños, aún los más difíciles, pueden hacerse realidad.
