Aventuras en el reino de Neptunito
Vivía hace muchos años en un lejano país a orillas del mar, una pobre familia de pescadores. Se componía del padre, hombre trabajador y serio; su esposa, mujer no muy linda, trabajadora y tímida; y sus hijos, tres niños de carácter alegre.
El mayor de ellos tenía siete años y se llamaba Juan. Susi, de seis años, era buena y cariñosa. El más pequeño, que se llamaba Miguel, tenía cinco años; era más alegre y juguetón que sus hermanos y el preferido de muchos pescadores.
Siempre preguntaban a sus padres: “¿En qué podemos ayudar?”. A veces les encargaban alguna tarea liviana, pero casi siempre les decían: «Vayan a jugar».
Así sucedió una tarde en que preguntaron:
–¿Podemos ayudar? –y sus padres les respondieron:
–Vayan a divertirse, si los necesitamos los iremos a buscar.
Y partieron los tres muy contentos hasta un río que corría a dos cuadras de la casa.
Se pusieron a jugar a las escondidas. Juan contaba mientras sus hermanos se ocultaban. Miguel se escondió en un árbol hueco, y Susi en un matorral de juncos.
Al meterse entre ellos oyó el sonido de unas gotas que caían en el agua y estas palabras:
–Cri, cri, cra. ¡Oh, mi linda ranita, nunca te volveré a ver! Cri, cri, cra.
Susi se acercó al sitio de donde provenían esos ruidos tan extraños.
¿Saben que vio? Vio a una pobre ranita llorando. Las lágrimas al caer en el charquito que se había formado por su llanto, producían el sonido que tanto llamó su atención.
Se acercó a la ranita y le preguntó:
–¿Por qué lloras?
La rana se asustó mucho y pegó un salto tan alto, que pasó un rato antes de que volviera al sitio de donde partiera.
Juan y Miguel al oír hablar a su hermana, fueron corriendo a su lado. La rana al ver a los chicos aparecer de golpe, pegó dos saltos más; hasta que se tranquilizó al comprender que ninguno la atacaba.
Susi volvió a preguntarle:
–¿Por qué lloras? –y añadió, intrigada–. ¿Quién eres?
La rana más confiada dijo:
–Cri, cri, cra, soy la digna señora de Raninclotatón, lloro porque el rey Manclotipu-fín raptó a Raninclotita, y cuando este rey rapta a una ranita es para hacerla casar con un bagre, o para que se la coma un tiburón, pero él la va a casar porque sabía que Ranianclotita estaba de novia con Raninclotón y él quería que fuera otra la elegida –y agregó:
–Ahora, ¿quién la podrá sacar de allí? Cri, cri, cra.
Y volvieron a caer las lágrimas de la ranita, mientras los chicos se miraban atónitos.
Por fin Miguel preguntó:
–¿Quienes son Manclotipufín, Raninclotita, y Raninclotón? ¿Dónde vive Manclotipufín? ¿Dónde reina? ¿A dónde se llevó a Raninclotita?
La rana los miró sorprendida y dijo:
–Creí que lo sabían –y explicó–. Cri, cri, cra. Manclotipufín es el rey de las profundidades y tiene allí su morada. Llevó a Raninclotita con él y es el enemigo de Neptunito. Raninclotita es mi hija y Raninclotón el novio de mi hija.
Y agregó orgullosa:
–Forman una hermosa pareja, cri, cri, cra.
A Susi le pareció que algo podrían hacer y dijo:
–Yo creo que podríamos intentar sacarla de allí. ¿Hay algún modo?
–Cri, cri, cra, sí que lo hay, aunque sólo lo podrían hacer los hijos de los pescadores que viven a dos cuadras de distancia, pues a ellos les han contado muchos cuentos de mar. ¿Pero cómo traerlos hasta aquí? Cri, cri, cra.
A Susi le extrañó la coincidencia, pues los únicos hijos de pescadores que vivían a dos cuadras de allí eran ellos, y su tío siempre les contaba cuentos de mar.
–¿Cómo son esos chicos? –preguntó.
–Cri, cri, cra, son tres niños como ustedes, Susi que es como tú, Juan que es como él, y Miguel que es un niño como éste.
No había duda, eran ellos y estaban allí dispuestos a ayudar.
–¡Somos nosotros! –dijo Susi.
–Cri, cri, cra, no lo dudo –repuso la rana mirándolos una vez más –pero, antes de ir (si es que van), tengo que ponerlos a prueba. A ver tú, Juan, que eres el más grande. ¿Qué harías si te encontraras con una anguila?
Juan no pudo evitar que le temblaran un poco las piernas y se disculpó diciendo:
–Hace frío, por eso tiemblo, y estas gotas que tengo en la frente son porque me la mojé, no, no era porque tenía calor sino porque me dolía la cabeza –y dijo dirigiéndose a la rana– no comprendo la pregunta, digna señora, si se trata de saludar a la anguila, uno se pone un guante de goma y listo; si es para saber si tiene electricidad, se le atornilla una lámpara; si se trata de escuchar música, se le conecta una radio; si es…
–Muy bien –le cortó la palabra la rana–, cri,cri, cra. A ver Susi, ¿cómo se fríe un bagre de las profundidades para que se muera más rápido?
–Me imagino –dijo la niña – que será friéndolo en la superficie.
–Perfecto. A ver tú Miguel, ¿Cómo se come un pescado?
–¡Sin tragarse las espinas! –gritó Miguel.
–Ya está, pasaron la prueba, los felicito a los tres –dijo la rana satisfecha.
–Bueno, y ahora ¿qué tenemos que hacer? –preguntaron.
–No tienen más que sumergirse en el agua y ver al rey Neptunito –y moviendo una pata en señal de despedida dejó oír al mismo tiempo su conocido cri, cri, cra y desapareció en su cueva.
–Bueno –dijo Juan– hundámonos en el agua y vayamos a ver al rey.
–¡Jamás! –gritó Susi–. ¿Cómo nos vamos a sumergir si no sabemos nadar ni respirar debajo del agua?
–Tenés razón –dijo Juan– para mí, esa señora era una ment…
Pero Juan no pudo terminar la frase pues un ruidito los hizo mirar hacia el lugar donde momentos antes había estado la rana: allí, en el mismo sitio, se encontraba ahora una serpiente. Los ojitos pequeños en la cabeza triangular y una lengua corta que entraba y salía de su boca, le daban un aspecto que infundía miedo y que no dejó de impresionar a los niños que salieron corriendo en dirección al agua, perseguidos por la víbora.
Huyendo de ella se encontraron de pronto caminando por el fondo del río. Continuaron sin rumbo alguno. De repente apareció una sardina que estaba a las órdenes de Neptunito.
–¿Me podría decir dónde queda el palacio del rey? –preguntó Susi.
–Derecho hacia la medusa y siempre adelante –fue la respuesta.
–Gracias –dijo Susi, aunque no había comprendido nada.
Continuaron sin prisa hasta que se encontraron con una anguila eléctrica.
–Por favor –pidió Susi–, ¿me podría decir dónde queda la medusa?
Antes de que la anguila pudiera responder, Miguel sacó de su bolsillo un foquito eléctrico quemado y se lo enroscó en la boca. Como es de suponer no se encendió, y Miguel se apresuró a desenroscarlo. El pobre animalito se frunció molesto. Ya se disponía a marchar cuando Susi le preguntó nuevamente:
–¿Me podría decir dónde queda la medusa?
–Derecho hacia la medusa –contestó la anguila.
–¿Podría acompañarnos usted? –preguntó Susi desesperada.
La anguila los acompañó de mala gana, al llegar a destino los chicos le preguntaron dónde quedaba el palacio real.
–Allá –respondió señalando un bosquecito de corales.
Y hacia ese lugar se dirigieron.
A medida que se acercaban los sorprendió el espléndido palacio que fue apareciendo.
Millares de madreperlas habían dado su nácar para la construcción; grandes y hermosas piedras adornaban las paredes; las puertas y ventanas estaban hechas de coral, al igual que el cerco que rodeaba al magnífico edificio. Conducía hasta él, un camino de nácar, perlas, caracoles y trozos de coral.
Los niños caminaban con mucho cuidado, temiendo romper algo, mas sus temores eran infundados pues sin saberlo ellos, en el fondo del mar eran livianos como la espuma.
Mientras se aproximaban al palacio se cruzaron con un grupo de pequeños peces. Miguel, sacando de su bolsillo el foquito atrapó uno y lo metió en su interior por una pequeña fisura en el vidrio. Para evitar que escapara, con su mano cubrió la rotura, entonces el pez se encendió como una linterna. Sorprendido repitió la operación varias veces, siempre con el mismo resultado.
Se dirigió entonces a Juan y le dijo: –Esa anguila no era eléctrica.
–¿Se puede saber por qué lo decís? –preguntó Juan.
–Muy fácil, cuando le conecté mi foco no se encendió.
–Mirá que sos tonto, Miguel –rió Juan– a quién se le ocurre que se pueda encender un foquito quemado y, para colmo, con un tremendo agujero.
–Mi foquito no está quemado, funciona perfectamente –replicó Miguel, y uniendo la acción a la palabra, lo enroscó en la nariz de su hermano cuidando muy bien de obturar la rotura. De inmediato el cuerpo del pez se encendió en viva luz.
–¿Qué es esto! –gritó Juan asustado – ¡No lo sabía! ¡Soy eléctrico! –y pegando un gran salto desprendió el foco de su nariz, momento que aprovechó el prisionero para escapar, mientras Miguel reía divertido.
Mientras esto ocurría, una carroza se detuvo cerca de los niños, la ocupaba un anciano de rostro simpático y amable que lucía un vestido en el que, a guisa de tela, numerosos peces de distintos colores, nadaban encerrados entre dos finas láminas elásticas y transparentes. En la cabeza tenía una corona de nácar adornada con corales, llevaba puesta una túnica azul y sus pies estaban calzados con sandalias hechas de cubitos de cristal.
El asiento de la carroza era de algas que se hundían bajo su leve peso. El conductor era un pejerrey que guiaba con orgullo a dos rojos y briosos caballos de mar.
–¿Tengo el alto honor de dirigirme a su majestad el rey Neptunito? –preguntó Susi.
–Sí, querida niña –dijo el rey. Y los invitó a subir a su carruaje.
Camino al palacio se enteró con qué fin habían ido y les ofreció ayuda, preguntándoles luego si querían compartir su almuerzo. Aceptaron encantados asegurando que para ellos sería un honor sentarse a su mesa.
En el comedor las cortinas que adornaban las ventanas estaban realizadas con miles de escamas de colores colocadas de modo que formaban diversos y tornasolados dibujos.
Una vez que terminaron de comer, el rey preguntó:
–¿Vamos a ponernos en marcha ahora mismo, o primero descansamos?
–¡Ahora mismo! –dijeron a coro. Y así lo hicieron.
En el camino vieron dos pulpos que peleaban furiosamente, uno pertenecía al reino de Manclotipufín y el otro al de Neptunito.
–A la vuelta lo comeremos –dijo Neptunito– pues es el pulpo que abastece de comida a todo el reino de Manclotipufín y sin él tendrán que rendirse pues no podrán sobrevivir.
Cuando llegaron al reino de las profundidades todo era negro y silencioso y, las paredes tan débiles que podían romperse con poco esfuerzo.
Una abertura en el muro de un edificio cercano, de apariencia imponente, dejaba pasar un poco de luz, y los chicos, asomándose por allí, pudieron ver lo que ocurría en su interior: en ese momento estaban por unir para toda la vida a Raninclotita con el bagre más feo de cuantos habitaban en el reino de las profundidades.
Juan, sin poder contenerse, de un empujón abrió la puerta que estaba a pocos pasos de ellos.
–¡Alto! –gritó– ¡Dejen libre a Raninclotita! –el casi esposo de ésta, al ver a Juan, escapó por una ventana.
El rey Manclotipufín mandó que apresaran al intruso.
–¡Suéltenme! ¡Suéltenme! –gritó Juan– He venido aquí para salvar a Raninclotita y lo haré. ¡Suéltenme! ¡Suéltenme!
Los guardias no le hicieron caso y lo llevaron, junto con Raninclotita, a una celda. Pero no por eso dejó de gritar y de amenazar.
Susi y Miguel, cuando se les pasó el susto, resolvieron, guiados por las voces de Juan, ir a rescatarlos.
Al llegar a la prisión, Miguel se trepó sobre los hombros de Susi para alcanzar la ventana enrejada y, desde ahí, chistó a Juan para llamar su atención. Su hermano casi lo delata con su alegría.
Sin dificultad lograron romper la pared de la celda y, tomando a Raninclotita entre las manos corrieron hacia el sitio donde Neptunito los esperaba.
Cuando ya iban a partir, apareció Manclotipufín que acudía atraído por tanto ruido.
–¡Neptunito! –gritó el rey de las profundidades.
–¡Manclotipufín! –gritó el rey del mar.
–¡Ahora te tengo atrapado! –dijo Manclotipufín.
–Eso crees tú –respondió Neptunito–, tengo a tu pulpo proveedor de comida y sin él morirás de hambre. Déjame marchar y entonces lo dejaré en libertad.
–Acepto –dijo Manclotipufín después de pensar un poco–. Ve y dile que me he rendido.
–Bien, le diré que hemos hecho las paces –respondió Neptunito. Y los dos reyes se dieron la mano en señal de amistad.
Cuando regresaban se encontraron con los dos pulpos. El del mar ya tenía vencido al enemigo.
–Vuelve a tu reino –dijo Neptunito–, tu señor y yo hemos hecho las paces.
El pulpo lo escuchó encantado porque ya se creía «pulpo muerto».
El rey invitó a los niños y a la ranita a un banquete de despedida.
–Os agradezco de todo corazón, mi querido rey, pero ansío ver a mi madre y a mi novio –dijo Raninclotita.
Juan y Miguel iban a aceptar cuando Susi dijo:
–Nuestros padres podrían asustarse por nuestra tardanza, así que es mejor que regresemos ahora mismo.
–Tienen razón –dijo Neptunito con verdadero pesar, pues ya los consideraba sus amigos y hubiera deseado que se quedaran unas horas más haciéndole compañía.
El regreso hacia la superficie se hizo en silencio, el rey estaba triste y Susi preocupada porque iban a regresar a su casa con las ropas mojadas.
–Os aseguro que no tendrán nunca amigos tan agradecidos como los que viven aquí…
–Y como nosotros –agregó Raninclotita completando la frase de Neptunito.
Al llegar a la orilla, la ranita fue saltando a encontrarse con los brazos de su madre y los chicos se dirigieron a su hogar.
Habían caminado un corto trecho cuando Miguel, sorprendido, dijo:
–¡Miren, nuestras ropas están secas!
–¡Es cierto! –dijeron asombrados Susi y Juan.
–Pero, realmente, es algo que no tiene mucha importancia –respondió Miguel.
Y tan absortos estaban pensando en las maravillas vividas, que no se dieron cuenta de que había caído la noche y que el cielo estaba tachonado de estrellas.
