El gran mago de los troncos azules
Para mi nieto Joaquín y su
amigo Felipe
Había una vez un árbol grande y muy frondoso que guardaba un bosque en su interior. Pocos conocían por dónde ingresar.
De todos los niños del barrio, Joaquín era el único que se animaba a entreabrir las ramas que ocultaban su puerta y entrar al frescor bajo la gran cúpula verde.
Una tarde de verano en la que el sol jugaba con la música de las cigarras, Joaquín y su amigo Felipe decidieron buscar luciérnagas entre la tierra húmeda de rocío en el interior del árbol, sin saber que el Gran Mago de los Troncos Azules estaba durmiendo cubierto de hojas secas.
Sus risas trepaban por las ramas y se confundían con un suave soplido que, involuntariamente, levantaba una montaña de hojas pardas, verdes y doradas.
-¡Mirá, Joaquín! dijo Felipe, estas hojas están volando hacia arriba!
-¡No puede ser, dijo Joaquín, las hojas siempre caen del cielo al suelo, no al revés!
Ambos estallaron en sonoras carcajadas hasta que vieron surgir, de entre las hojas que volaban hacia arriba, a un hombre vestido con una túnica color pistacho con dibujos de pájaros y flores. Su cabello era corto, color trigo, y estaba desordenado. Su cara, dividida en dos, tenía un lado liso que resplandecía en amarillos.
-¿Quién se atreve a despertarme?, preguntó enojado.
Joaquín y Felipe cambiaron sus risas por gritos de terror y comenzaron a correr en círculos dentro del bosque del árbol frondoso buscando la salida.
El Gran Mago de los Troncos Azules movió su cabeza y los enfocó. Su solo ojo y su boca tuerta temblaban de furia. La mitad lisa de su cara resplandecía como un sol.
Los amigos quedaron inmóviles ante él y comenzaron a lloriquear.
-Perdón, perdón, decían al unísono, no queríamos molestar, sólo jugar.
El Gran Mago de los Troncos Azules los miró y, moviendo sus manos huesudas separó unas ramas a su espalda.
¡Vayan, ordenó, pasen por acá y regresen con un gran postre de chocolate y una jarra con leche fría! Si no lo hacen me meteré en sus sueños y les haré cosquillas para que tengan pesadillas, agregó. Yo, a cambio de esos regalos les daré un ramo de claveles del aire.
A Joaquín y a Felipe no les alcanzaban las piernas para escapar.
Cuando contaron lo sucedido a sus mamás, ellas decidieron cumplir con el pedido. Hornearon un gran pastel de tres pisos, y acompañaron a los niños hasta la puerta secreta llevando el postre de chocolate y la jarra con leche fría, cuidando mucho de no ser vistas, pues los magos no se dejan ver nada más que por los más pequeños.
Temblando, los niños entregaron sus regalos que el Gran Mago aceptó feliz. Devoró el pastel, pues nunca nadie le había cocinado nada tan rico. La leche fría la bebió con deleite y una gran sonrisa estiró su media boca.
No sólo les dio a los niños un ramo de claveles del aire, sino que llenó sus brazos con todas las flores del jardín para que se las entregaran a las mamás.
A partir de ese momento el Gran Mago de los Troncos Azules y los pequeños se hicieron muy amigos y juntos descubrieron los secretos de sus mágicos mundos opuestos.
