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La leyenda de la rosa y el jazmín

Vivía hace muchos años, en un hermoso jardín, una flor blanca e insignificante.

Esta flor era distinta a todas por una sencilla razón: no tenía perfume.

No obstante eso su vida transcurría feliz y tranquila rodeada por sus hermanas y hermanos.

 

Cierto día, la bella y colorida rosa le dijo:

–Tú no tendrías que estar en este lugar.

–¿Por qué no? –preguntó extrañada.

–Porque no tienes perfume.

–¿Y cómo podré obtenerlo?

–No tienes más que llorar de alegría –respondió la rosa, pero al darse cuenta de que la noticia podría hacerla llorar de alegría y alcanzar así su objetivo, agregó despectiva:

–Pero no creo que lo logres –y se irguió tanto que si hubiera habido alguien en la ventana de la casa, podría haber visto los pétalos de la presumida rosa.

 

La pequeña flor creyó que pronto lloraría de alegría, pero no fue así, pues sus hermanas, avisadas por la rosa, la maltrataban y esto la hacía llorar de tristeza.

 

Una tarde de primavera en la que la brisa la acunaba con suavidad, se le acercó nuevamente su vanidosa hermana y le dijo:

–Esta noche vendrá el picaflor y elegirá a la más hermosa de todas nosotras. Pero estoy segura de que no serás tú la elegida.

 

Dicho esto se alejó para arreglar sus pétalos a fin de poder así competir en toda su espléndida belleza, y dejó a la pobre y blanca flor desgranando en lágrimas su enorme pena.

Así la encontró la noche. Y aún sollozaba cuando llegó el picaflor.

El ave pasó volando sobre cada una en busca de la más hermosa moviendo suavemente sus alas en señal de negativa.

Al reparar en ella, pequeña y acongojada, se le acercó y al verla tan triste se puso a aletear a su alrededor para alegrarla.

La flor al notarlo, levantó su dulce rostro bañado en lágrimas, sonrió y se sintió feliz. Tan feliz que lloró.

Lloraba de alegría.

Al llegar el alba el picaflor, que había cumplido su designio y elegido a la más hermosa entre las bellas, se marchó y la flor observó su vuelo hasta que ya no fue más que un punto en la lejanía.

 

Luego, al mirar a la rosa, vio que ella, triste y avergonzada, miraba al suelo. Ésta, al notar un aroma para ella desconocido levantó la cabeza y preguntó:

– ¿Eres tú? –y agregó llena de vergüenza– ¿Me perdonas por lo que te dije?

La florcita, que tenía buen corazón, la perdonó. Como premio el cielo le dio gracia y perfume e hizo aflorar toda la oculta belleza de su corazón, que el picaflor había descubierto.

Desde ese día las demás flores del jardín la llamaron jazmín.

A la rosa, en cambio, por su vanidad el cielo la castigó y la llenó de espinas.

 

Aprendamos pues la lección de la rosa y del jazmín: Que el orgullo no llene de espinas nuestro camino, y no olvidemos nunca que la verdadera belleza se encuentra siempre en el fondo de nuestro corazón.

 

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