Publicación del Poeta Carlos Garrido Chalén

Carlos Hugo Garrido Chalén compartió su publicación en AMIGOS DEL POETA PERUANO CARLOS GARRIDO CHALÉN
26 de julio a las 2:25

 

ver publicación en Facebook

MARÍA CRISTINA BERCAITZ: LA VOZ DE LA NUEVA NARRATIVA ARGENTINA
Por: Carlos Garrido Chalén

La notable narradora y actriz de teatro María Cristina Berçaitz, podría ser fácilmente y sin exageración, la dueña de los ojos azules más bellos y tiernos del planeta. Lo digo como testigo de excepción de esa contundente afirmación, que muchos compartirán conmigo, pues la conocí personalmente durante el III Congreso Mundial de Escritores “Miguel de Cervantes Saavedra”, que la Unión Hispanomundial de Escritores (UHE), que me honro en presidir y fundáramos hace un cuarto de siglo en Trujillo, Perú, celebró en el Senado de la Nación Argentina. Alguien dijo que esos ojos, delineados en perfecta coinonía, pareciera que hablan, que susurran historias de amor que ella misma se ha encargado de adjudicar desde el fondo inmarcesible de su alma enternecida, para expresarlas a través de sus obras de teatro, novela y ensayo, de la manera tan magistral como lo ha hecho, permitiéndonos, condescendiente, – como esas auroras boreales que pregonan colores que ni siquiera el viento comprende – entrar a sus válidas razones de creadora inacabable.
O sea son sus ojos jugando a ser florcitas azules que imitan al cielo – quizás para encontrarse siempre con el Dios tutelar de sus creencias – o abriéndonos al extraño compromiso de amarla sin cansancio, sabiendo que al mirarla nos confabulamos con los ángeles que habitan el territorio de su afilada condescendencia con la vida. O también sus ojos azules como cascadas frescas, que en medio de tantas complicaciones que azotan al mundo, son capaces de proponernos que la sigamos, como esclavos de su alianza con el firmamento, para forjar y forzar victorias que la humanidad implora y necesita. Pero junto a esos ojos que la hacen distinta, está esa calidad de narradora magistral, de mañanita buena, ofreciendo desde su pozo de agua cristalina, una oportunidad para cruzar la marca de todos los caminos.
Su última novela por publicar, titulada “El camino de los otros. Los abuelos que llegaron de lejos”, que ella me dio el privilegio de conocer antes de publicarla; y que dedica como un homenaje a sus tatarabuelos vascos Martin Berçaitz y Donatille Etchebarne y sus bisabuelos Jean Berçaitz y Virginia Brígida Ibarborda y Lucos, es un símbolo de acreditación de esos hechos, que la definen como una novelista audaz y sincera, que maneja las palabras con acierto, que se entrega al ejercicio de historiar prendida de verdades que otros no se han atrevido a decir y que por último, permiten – aparte de habernos dejado lelos en el fuego de su mirada azul que le ha pintado el cielo – que estamos ante una gran escritora y ser humano excepcional.
Como ella misma lo dice “a manera de prólogo”, “No ha sido tarea fácil desentrañar la madeja de los años vividos por mis antepasados, pero fue una experiencia hermosa y enriquecedora espiar sus vidas, sus dolores, sus amores. Muchas veces fueron ellos quienes soplaron durante mi sueño acontecimientos que, de otro modo, nunca podrían haber salido a la luz. Intercalé amorosas palabras prestadas de María Magdalena dedicadas su único y gran amor, Juan Antonio. Fui entrelazando verdades y ficciones, caminando de su mano… y a veces fui yo quien los llevó a recorrer lugares ignotos. Vi crecer a Jean desde sus jóvenes años en Lohitzum Oyherceq, como también a Virginia, a quien encontré siendo ella una bella niña en un Buenos Aires antiguo. El destino los unió, y se amaron. Lucharon por estar juntos mientras sus mayores muchas veces decidían, o pretendían decidir por ellos. Y aprendí a conocerlos y a amarlos, pues nadie puede amar lo que no conoce./ Vi el rostro de cada uno, descubrí su sonrisa, su mirada, como también el gesto adusto de quien daba la orden que se negaban a cumplir. Intuí el sabor de un beso, o el tenue roce de una caricia, el calor de un abrazo, o el aroma de una flor. Los acompañé en momentos duros. Muchas veces suspendí la escritura para llorar con ellos, o por ellos. Viví sus zozobras… y hasta pronuncié algunas palabras en su idioma natal. Tanto y tanto aprendí… supe que no importa qué nos hicieron para que seamos lo que somos, lo importante es qué hacemos nosotros con esto que hoy somos. Ellos me lo enseñaron.
En el borrador del Capítulo I Lohitzum, Oyherceq, Bureau de Basse Pyrénées, Pays Basque, Francia. Noviembre de 1847, que solo sintetizo brevemente por respeto al carácter inédito de la obra, que seguramente será embellecida más a la hora del retoque definitivo, María Cristina afirma con ese pulso que la ha consagrado como una de las mejores narradoras de Argentina y el Continente:
“Jean hizo pantalla con su boina y escrutó el horizonte. Las montañas se confundían contra el cielo plomizo, las nubes se enredaban en sus picos y suavizaban así las líneas afiladas. Cada tanto las lluvias entorpecían la visión. Acá las hojas secas tapizaban los campos, más allá se erguían los pinos matizando el paisaje. Los verdes de la primavera y del verano, y los amarillos y ocres del otoño, se iban transformando en rojos y marrones. El invierno se aproximaba. El viento brujo, Sordina, soplaba con grandes y heladas ráfagas. Jean, de diez y seis años, ágil y delgado, y el pequeño Michel, de once, ayudaban a su padre, Martin, en el acopio de pasto para el retablo y preparaban la cama de helechos para su única y cuidada vaca. Era noviembre, ya había pasado la fiesta de Todos los Santos. Ese día llevaron a bendecir el trigo y el maíz para mezclarlo luego con las semillas para la próxima siembra. También se habían bendecido las velas hechas por Donatille, su madre, que servirían para ahuyentar las tormentas./ Al día siguiente, 2 de noviembre, Día de las Ánimas, los panecillos caseros, olatax, de forma triangular, se depositaron sobre las sepulturas de los mayores que rodeaban la iglesia. Luego del rezo del responso fueron llevados a la Misa Mayor para que más tarde, ‘el mayordomo de ánimas’, los recogiera de la sacristía y los repartiera entre los niños del caserío para ser comidos, con morcillas de carnero y oveja, mientras se esperaba el toque del Ángelus. / Pronto iba a desaparecer el berro de los riachos de montaña y terminaría la época de cazar conejos con los que se podían hacer sabrosos guisos que, con una sopa de cebollas recolectadas por Michel, aliviaban el frío de las noches de invierno, especialmente de ese invierno en el que el hambre se hizo sentir más que nunca. / El accidentado territorio, ideal para el bandidaje y la guerrilla, era usado por los jóvenes para practicar saltos y destrezas. No era fácil la vida en la montaña; pese a eso Jean no se quejaba, había aprendido a conocerla y amarla. Además pensaba que ese era su destino y lo aceptaba, quizás por no conocer otro. Así habían sido las vidas de su abuelo y de su padre, y así también sería la suya. Era hombre de campo y estaba orgulloso de ello, consideraba que esta era una tradición sana y prestigiosa. Sabía del rigor de las tareas, pero contaba con la tenacidad, la resistencia y la fuerza física para hacerlas y soportar la vida solitaria y sin comodidades de la campaña. Su padre le había enseñado las virtudes ancestrales de su raza, su indarra, o sea el juicio recto y certero, y el camino derecho. Esto completaba su integridad moral y la de su familia”, mostrándonos una capacidad interesante para recurrir con facilidad a la prosa poética, que consigue envolvernos con sutileza – acaso deleitándose en sí misma – para posesionarnos totalmente de nuestro interés por su lectura.
No me atrevo a expresar que su novelística es un plus para dejarnos turulecos a la hora de admirar sus preciosos azules o si al revés, son ellos un curioso enjambre para recordarla por ambos milagros. Porque habiendo sido testigo de la belleza incomparable que generan sus ojos de cielo, uno se enfrenta a una extraño sometimiento, a una orden de inamovilidad extrema, de rendición absoluta: una necesidad de seguirla admirando, aunque no tengamos derecho (ni izquierdo) y solo se nos ocurra que viéndola, nos deja la inequívoca conclusión de que hemos conocido el paraíso.

 

Un comentario sobre “Publicación del Poeta Carlos Garrido Chalén

  • el 5 septiembre, 2017 a las 23:17
    Permalink

    QUERIDA AMIGA MARÍA CRISTINA, LA PONDERACIÓN A TUS OJOS COLOR DEL CIELO, ES TAN SINCERO Y BELLO COMO TU NARRATIVA.
    CONOZCO EN PARTE TU MARAVILLOSA OBRA. SE QUE INCONCIENTEMENTE PARECE QUE TUVIERAS UN PACTO DE AMOR CON LA HERMOSURA, Y ESO LO HACE TODO MÁS BELLO…
    MARTA C. SALVADOR (MAR DEL PLATA)

    Respuesta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *