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¡Ah… las vainillas! (luego de un esguince)

Añoro las vainillas, sí, las añoro, pero no a esas deliciosas y suaves golosinas que, cuando niña, hundía golosa en el vaso de leche fría, sino a aquellas parejas, acanaladas, que cubrían las veredas de  nuestra ciudad y nos permitían caminar sin temor a las caídas. Hoy, en cambio, infinidad de lajas negras han ocupado su lugar obligándonos, con la lluvia, a caminar saltando charcos.  Pero no termina ahí nuestra odisea: además están las losas blancas, grandes, rectangulares que, en días soleados nos encandilan desde el suelo y en días lluviosos sirven para que podamos patinar sin patines, provocando a veces, el doloroso espectáculo de alguna señora que cae fracturándose brazos y/o caderas. ¿Por qué los jóvenes encargados de cuidar y embellecer nuestra ciudad no cuidan y protegen también a los sufridos ciudadanos que la habitamos?

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