Cuentos y relatos

El país de los Pechanes, capítulo 14

Capítulo 14

Llega la golondrina

 

Una vez que los vio alejarse se dirigió a Ileana.

– Ven,  vamos  al  encuentro  de  la  golondrina – le dijo  mientras la arrancaba del rayo que la envolvía.

– ¡Qué hermoso es perderse en la luz del sol ! Como si regresara de un hermoso  sueño suspiró, abandonándolo con  nostalgia  – Pero  –  agregó  sonriendo con entusiamo – nada podría hacerme tan  feliz como oírte  mencionar  a  la  golondrina  que  significa  mi salvación.

Cuando  llegaron a  la terraza de la Ciudadela,  el cielo teñía  la cúpula y  las cinco torres azules con reflejos verdes y dorados. Poco faltaba para el  arribo del ave.  El sol, cansado, se alejaba del día.

A  espaldas de ellos,  apareció la gata de angora. Avanzó despacio contoneándose coqueta,  con los ojos fijos en el río  por donde  aparecería  la golondrina. La cola blanca se movía  inquieta,  hacia un lado y otro,  los  bigotes  en  punta, la boca  entreabierta mostrando los dientes,  pequeños  y afilados.

– Allá viene – dijo el gnomo haciendo pantalla con las manos.

–  ¡Si!  ¡La  veo aparecer! – gritó de alegría  Ileana – Es ese pequeño punto en el horizonte. Se  acerca  sin  prisa ¡apúrate, golondrina!-  reclamó la joven que  ya vislumbraba una chispa de esperanza.

– No  la  apures. La golondrina vendrá,  como siempre, a invitarme a volar con ella.

– ¡Pero, hoy le pedirás que me ayude a mí!  ¿verdad?  ¡hoy  pensarás  en mí, no en ti! ¿verdad? – rogó.

– ¿Tanto sufres en la Ciudadela que te has vuelto tan egoísta?

– Tú  sabes  que  no  pertenezco  a  este lugar –  respondió,  altanera,  viendo  cercana  su liberación.

– Te equivocas Ileana. Pertenecemos exactamente  al lugar en el que nos encontramos.  Ningún otro nos cabe.

– Por favor, gnomo  verde,  confío  en   ti,  en  tu  bondad, en tu  generosidad. No permitas que siga sufriendo – rogó.

Mientras la golondrina se acercaba cortando el aire con suavidad, el gnomo  sintió  lástima  por Ileana que tanto sufría por no aceptar su destino.

– Tranquila. Te ayudaré en lo que esté a mi alcance – respondió con afecto.

– ¡Mira! Ya está muy cerca. ¡Pósate acá, en mis manos, golondrina!- dijo la joven levantando las palmas al cielo.

– Amiga  mía, bienvenida. Nuevamente debes partir sin mí. Aún no he concluido mi tarea en la Ciudadela – saludó el gnomo cuando estuvo próxima.

– ¡Háblale de mí, te lo ruego!- dijo Ileana  con la vista fija en el  ave  sin notar que,  detrás de ellos, la gata  de  angora  extendía las garras con las uñas  desnudas.

El sol iluminó los destellos acerados de las patas felinas avisando al ave del peligro,  y la golondrina huyó, no sin antes rozar, levemente, el sombrero verde del gnomo en señal de despedida.

– ¡El  año   entrante! ¡Volveré  el año  entrante! – dijo,  y se alejó hacia el poniente.

-¡No golondrina! ¡no te  vayas sin oír de mí! – Ileana, con un grito desgarrador,  rompió a llorar.

– ¡Ay!  Gata de angora ¡¿cómo pudiste ser tan cruel?! – preguntó enojado el gnomo verde, apretando los puños.

– Oh, perdón,  no fue maldad, fue mi naturaleza – respondió  la gata de angora  y regresó  trepando, despacio, con  elegancia,  hasta  desaparecer por la linterna de la cúpula.

Las lágrimas de Ileana  inundaban  la terraza de la Ciudadela. El gnomo, no sabiendo qué hacer, la dejó sola. El dolor ajeno es difícil de soportar.

El sol se ocultaba  poco a poco.  Ileana, ahogada en llanto, se estremecía desconsolada.

Un  gorrión  que  hacía  nido en las plantas  parasitarias de las torres, conmovido por el llanto de Ileana, se acercó y,  haciendo  pañuelo  de sus  alas,  enjugó las  lágrimas que  impregnaron  por completo sus plumas. Luego, comenzó a volar a su alrededor, tratando de alegrarla. Al cabo, desalentada  por no poder alejar su angustia,  se posó ante  ella.

“Ileana – pensó mirándola – llora  para  descargar tu tristeza, llora que el llanto alivia el dolor del corazón. Pero no  temas,  te ayudaré.  Encontraré la manera de hacerlo. Te lo prometo”.

Ileana nada veía. Sólo lloraba.

La luna se elevó iluminando el río. La noche, con su manto de estrellas, se reflejó en el agua.

 

El país de los Pechanes, 2001María Cristina Berçaitz

 

4 comentarios en «El país de los Pechanes, capítulo 14»

  • Lobos y gacelas en una obra de María Cristina Bercaitz
    (de El país de los Pechanes, 2001, ed. Dunken)

    Por Fernando Sánchez Zinny

    “Ileana, con la zorra abrazada a su cuello…” hacía el peregrinaje aleccionador, la no elegida aventura que coronarán la salvación, el conocimiento, la trascendencia y el himeneo. En el capítulo 28 de El país de los pechanes (1), titulado “Los lobos y las gacelas”, se lee que llegan hasta un lugar en que la niña escucha ruidos que la zorra reconoce como de lobos que se acercan. Ileana teme por sí y también por unas gacelas que allí pacen, al parecer destinadas a ser presas de la jauría próxima. En un enigmático parlamento, la zorra la tranquiliza; formula, para hacerlo, la aseveración extraña, pero luego corroborada, de que en “ese lugar” los lobos nunca comen a las gacelas. “Quizá les den alcance –dice–, pero no, nunca las comen…”
    Subraya lo anormal de ese comportamiento lobuno el hecho, reiterado una y otra vez, de que tan sólo en ese paraje las cosas suceden así. Por añadidura, enseguida Ileana queda enterada de que son las propias gacelas las que invitan y provocan a los lobos a que las persigan, práctica sugerente que allí asume rasgos rituales y que, vista a la distancia, semeja a las manifestaciones de la pasión sensual entre varones y mujeres como una gota de agua a otra. Ninguna duda cabe que de esa similitud constituye el meollo del fragmento y de que tampoco hay razón alguna para creer que la autora, con entera conciencia, no haya tenido a bien escribir sobre tal tipo de efusiones y la trama de complejos afectos que entrañan.
    Por otra parte, ese capítulo muy poca ilación parecería guardar con el resto de la obra. Si bien todo El país… está armado a partir de porciones inconexas aunque afines, dispuestas a manera de un rosario de poemas sobre el mismo tema, la que señalamos se presenta, en principio, como un gratuito recodo en el camino que va a la Ciudadela. Mejor observada, concluimos en que, en efecto, se trata de un recodo tortuoso pero para nada gratuito. Ante todo, porque su presencia introduce una expectativa discrepante en un relato que hasta ese momento hasta podía ser interpretado como un mero apológo infantil, ilusión que –de haber existido– sólo subsistirá por demás maltrecha tras tomar noticia de la exaltación compartida por gacelas y lobos.
    De pronto resulta que el libro no tiene ni tuvo –ni por asomo– la más mínima finalidad pedagógica. Como en un complot de comedia, de buenas a primeras todos saben de qué se trata y asumen cautelosas medias palabras para aludir a lo que no es necesario mencionar. La propia Ileana rompe su gruesa costra virginal y se inquieta, se altera y, casi como en juego entre ruboroso y desenfadado con la impudicia, declara que quiere contemplar.
    Por cierto, el relato es consistente y lineal y, dentro de lo fantástico, circula por carriles de estricta lógica. “Ese lugar” es, a las claras, la instancia temporal en la que el amor irrumpe y vuelve posible cosas de otro modo inverosímiles como, por ejemplo, que los lobos se abstengan de devorar a las gacelas. Pero si el tema no es sino una determinada deificación del amor, en lo que hace a una narración ya un pie estaría enlodado en la cursilería, riesgo ante el que –convengamos– las ramplonas asociaciones entre lo femenino y ciertos animales y lo masculino y otros, para nada ayudan. De mí me limitaré a decir que no abrigo la menor duda de que al redactar ese texto María Cristina Berçaitz retuvo presentes tanto las sugerencias, groserías o torpes halagos que acarrea, al respecto, el habla popular, como la adhesión a un compromiso –notorio, pero cuya naturaleza ignoro– de ir más allá de la descripción galante y de servir mejor a la inteligencia de esta época dándole, en clave, un sentido renovado a ese entretenimiento, aparentemente pueriles, de pedir auxilio a la zoología para designar a los sexos.
    Ocurre que las gacelas entornan los alabados ojos y mueven la cola –que en su caso es el rabo–, pero también hablan y hasta, una vez que saben despierto el interés del macho alógeno, no se privan ni siquiera de proporcionarle consejos una pizca enfadosos, considerado el momento. Con ensañada lascivia avisan que “después”, afrontarán (ellos) “la responsabilidad y el arrepentimiento”. Pero si esto prevén, es porque descuentan que el lobo al que encaran es un sincero enamorado. Y a más de sincero, carente de perspectivas, pues el arrepentimiento pronosticado indica que algo está mal en esa relación inminente, que algo la hará improcedente a la hora de homologarla entre las categorías reconocidas del deporte amoroso.
    Corresponde señalar e insistir sobre las peculiaridades, rarezas y anfibologías que es dable encontrar en ese capítulo: como vimos, quienes participan en él pueden amar y llegar a sentir, en consecuencia, responsabilidad y arrepentimiento, que son sendas sombras del pecado, o sea, de la noción del bien. Hay que hacer notar que en todo el resto del libro los buenos y los malos lo son porque lo son, con independencia de sus actos. La bondad es lo que hacen los buenos y la maldad, obra de los malos, pero unos y otros se ciñen a las normas de su índole sin que –según sucede, en general, en las fábulas– existan atisbos de verdadero albedrío. Los pechanes en modo alguno quieren hacer el mal, sólo que son pechanes… En comparación, el arrevesado capítulo 28 posee una luz cuyo resplandor alcanza a toda la obra y que completa o rectifica su sentido: es, asimismo, un oasis con su reparo de árboles esenciales, en medio del desierto emotivo que recorre la protagonista. Es, por último, una inusual moraleja anticipada al desenlace, utilizada por la autora –una ingenua Gepeto, en el fondo– para ordenarnos, paradójica y un poco monstruosamente, que no seamos animales como los pechanes, como los gnomos, como la zorra y aún como esos grandes muñecos borrosos y simpáticos llamados Ileana e Hilario, sino humanos como las gacelas y los lobos, redimidos por la concupiscencia y persuadidos –al menos los segundos– de que la consumación los transmutará.

    —o—

    El estilo en que está escrito el fragmento no es, en sí, distinto al del resto de la obra, pero al aplicarse a una situación muy diversa a las que predominan en el conjunto, toma una coloración y un sabor por demás especiales. Construye, para solaz del buen lector, una suerte de distancia expresiva conformada por una sucesión de figuras sobrias y elegantes, recortadas contra el fulgor del erotismo. La destreza con que se tramó la significativa molicie de ese texto obliga, hasta por un prurito de honestidad intelectual, a dar alguna razón acerca de lo erótico en el arte, nivel en el que se busca aguzar las sensaciones hasta suscitar excitación pero no satisfacerla, como sí se propondría el nivel pornográfico. En rigor, desde el punto de vista moral aquello es peor que esto porque en vez de alimentar con ramplona brutalidad la acuciante hambre de la juventud procura que la encandile la sonrisa de la seducción, pero el reproche pierde casi toda su entidad si observamos que en realidad lo erótico apenas existe sino como un matiz adicional. Así en literatura hay pocas, pero muy pocas obras en verdad eróticas, por lo que es hasta fácil enumerarlas ( 2); la tendencia más bien queda como un arroyuelo perdido en la fronda de la prosa o rumoreante en las sílabas del verso. Con haber avanzado como muy pocas escritoras locales en ese campo, la propia María Cristina Berçaitz sólo dedicó tres páginas a ese deliquio espiritual sobre las 150 que componen su libro.
    Pero son suficientes para afirmar, con razonable certeza, que no hay nada similar en nuestra literatura y tal vez en la totalidad de la literatura en idioma castellano (3), donde lo más cercano al respecto debe ser la traducción de Dafnis y Cloe de Longo, hecha por don Juan Valera hace un siglo y pico; sin embargo, aun esa aproximación es sólo relativa pues el fragmento comentado difiere mucho del tono de esa obra clásica del Bajo Imperio, así como de otras famosas, como la Afrodita de Pierre Louys, las Canciones lesbianas de la fraguada Cydno de Mitilene y los relatos que amenizan Las mil y una noches, en la célebre versión del doctor Mardrus (4).
    La elaboración de esa lograda disimilitud constituye un importante, acaso un fundamental hallazgo de la autora, tal vez asistida por el ambiente puritano característico de la época presente, acotación que en todo caso se relaciona con la persuasión de quien escribe estas líneas acerca de la inevitabilidad con que la cultura rige hasta la voluntad de aquellos que por haber recalado en un tipo de literatura elitista –irremisiblemente elitista– como el que comentamos, tiendan y aspiren a ser ajenos a los efímeros vaivenes sociales. Lo concreto es que en sus manifestaciones clásicas el erotismo es siempre animoso y jocundo, por mucho que sus adeptos lúcidos se sepan condenados a castigos terrenales o celestiales; en cambio, en esta versión reciente es sobre todo sentencioso y desesperanzado. Suspira y lloriquea un rato y luego se vuelve petulante y toma aires señoriales para lanzar un desafío con que la inutilidad del gesto expresa su oposición a la innoble oscuridad del mundo.

    —o—

    “Afrontarás la responsabilidad y el arrepentimiento” preconiza la vestal muy poco antes de dejar de serlo. Lo último se entiende sin dificultades, por aquello de “post coitum omnia tristem, menos la mujer y el gallo que canta”, pero ¿cuál es la responsabilidad? En un sentido literal esto es un absurdo pues los lobos son indudablemente lobos –con lobas y con lobitos, se aclara con puntual precisión– y acerca de las gacelas no hay por qué dudar que, en tanto se desarrolla el relato, sus contrapartes de género andan por ahí no más, triscando entre arbustos y rumiando su ominosa cornudez. Esta, sin embargo, quedará disimulada por la buenísima razón de que un cánido no puede engendrar en un bóvido.
    Llegamos aquí al nudo de la narración, a la ambigua clave del libro en su conjunto: el amor existe pero es infecundo, la sed es terrible pero no hay agua ni la habrá nunca. Una hipótesis sobre esta constatación podría ser que el lobo es responsable –él, sólo él, pues la gacela al advertírselo pasa a actuar (ella, la mujer) como víctima– de frustrar su vida al desear imposibles. Quizás, aunque no convence del todo, como tampoco termina de convencer la de que estamos ante una alegoría del destino trillado en el que los opuestos se unen –integrados y marginales, burgueses y desposeídos, seres alados y seres ápteros– en una rutina insignificante y estéril.
    Un hálito trágico nos roza en ese momento de la lectura y de la comprensión. La imagen es nítida y ha sido traída sin esfuerzo visible, envuelta en la mansedumbre de palabras cotidianas: el lobo sigue el rastro de la gacela, ventea su olor y la persigue jadeante. Cuando finalmente dispone de ese cuerpo grácil, mediante una abismal y agónica inversión del instinto –eso es el amor, bien visto–, en vez de destrozarlo a dentelladas, lo acaricia y explora hasta implicarlo en el éxtasis. Pero “después” descubrirá que ésa ha sido una jornada baldía, un sendero recorrido en vano, pues ni podrá dejar su simiente, ni conseguirá retener, tan siquiera, a esa exótica compañera más allá de la fugacidad transcurrida en un lugar que únicamente puede ser ese alto en la marcha hacia la Ciudadela. Tras el episodio, uno se lo imagina a ese desdichado lobo en el trance de volver, ojeroso y con la cola entre las piernas, ante su ceñuda loba; admitamos que merece la burla y la lástima, las mismas con que se compensa a los fracasados en este mundo, que también es de lobos.
    Con suma delicadeza, con una fruición antigua, muy a lo André Gide, y con envidiables elegancia y equilibrio, la autora convoca un tema totalmente inusual, como es el del bestialismo, o comercio carnal con seres de otras especies. Aunque hoy se trata de algo reducido a unos cuantos chistes inmundos –la señora y su falderillo, el niño del campo y la oveja, el coya y la llama, o bien el epílogo apoteótico de las Memorias de una princesa rusa –, en muchas culturas pretéritas esa unión con otras especies fue vista, en ocasiones, como un prodigio capaz de incorporar a la concepción cualidades que la humanidad no posee (4). Pasifae y Leda admiraron, trémulas, la aspereza del amor animal y los dioses hicieron que la recibieran en su seno. Faunos, centauros y sirenas, los guerreros águilas y los guerreros tigres de las civilizaciones andinas y mesoamericanas y aun los ángeles, reiteran mil veces la posibilidad práctica de ese tipo de connubio. Los dioses egipcios (Anubis, Tifón, Isis), por último, nos dan una muestra más cercana de lo ideado en esta ocasión, al mostrarnos ejemplos de seres que participan de la naturaleza de dos o varios animales, lo que supone la proyección ideal de antecesores de especies diversas.
    Para los médicos el bestialismo no es sino es “una forma de masturbación que añade la malicia del contacto con un organismo no humano”, criterio por demás antropocéntrico que desdeña el hecho de que, en rigor, la otra especie participa también en el extravío, aunque no sea culpable de perversión. Pareciera más exacto definir lo descrito por esa palabra como el contacto sensual entre especies distintas, y acotar que, simplemente, lo designamos como lo hacemos debido a que llamamos “bestias” a todos los seres animados, excepción hecha de nosotros, así como que en esos apareamientos no vemos –no podemos ver– sino rupturas simultáneas en dos mundos, en las que ambos partícipes quebrantan la red de solidaridades que constituyen sus respectivas herencias
    Sin adherir a nociones de moralidad dogmática y aun admitiendo que los ejemplos anteriores inducen a lenidad, es cierto que este tema se nos presenta, por lo menos, como desagradable. Algo marcadamente repugnante se vincula con esas asociaciones y no hay apelación alguna a refinamientos o a sapiencias mitológicas capaz de enmascarar este hecho. La “responsabilidad” a la que invoca la autora no puede, entonces, sino referirse esa circunstancia. Responsabilidad de los enloquecidos cómplices ante sí, tras haber usado malamente de sus cuerpos y también responsabilidad social, relativa al deshonor que esa conducta representa a los ojos de quienes la contemplan, como hace la curiosa Ileana. Sin tapujos, además, se da un claro indicio del partido al que se adscribe la obra, al señalar que la vergüenza y el remordimiento caen por completo sobre el lobo, que es el elemento activo, y no sobre la pasiva gacela (6).

    —o—

    En lo personal me inclino a admitir que hay necesidad de que converjan dos presunciones simultáneas y paralelas para poder explicar la oscura inserción de esa narración particular dentro del homogéneo relato mayor que constituye El país… Una, de carácter retórico: con toda evidencia ese libro no es lo que se dice, pero buena parte del encanto que de él emana consiste en que algunos se ven inducidos a permanecer en esa confusión, en tanto otros creen resolverla mediante la tentadora tesis de que más es ocultación de lo que no debemos nombrar que no impostura abierta. Se repite en ese punto el caso paradigmático de las flores a las que unánimemente se ensalza, sin que nadie traiga a cuento que no son sino órganos reproductores, según la aburrida elucidación de cualquier aséptico profesor de botánica sobre avispas y polinizaciones.
    Del mismo modo, María Cristina Berçaitz se alza tras la cátedra y dirigiéndose a una clase hipotética e inactual predica: “Este libro no es un libro para el público infantil y la fábula que estoy contando no es mero pasatiempo inocente, sino un alcohol que quizá no sea bueno no para todos”. El plano retórico concluye por conformarse al sobrevenir la comprobación de que tras el abrupto corte que representó la irrupción de lobos y gacelas, el relato altera no poco su sustancia y adquiere un dramatismo romántico que dora el final del conjunto, final previsible por inevitable y que, por lo tanto, iba a tener sólo relativo interés. No sin astucia, esa caída en la tensión es balanceada con la aparición del retador y entusiasta estandarte puesto a tremolar sobre tanta imprecisa dualidad femenina hasta ahí escrita: alguien –pero no se sabe quién–, proclama, en lo exterior, justamente lo que queríamos escuchar: “No soy lesbiana”, en tanto en lo profundo y solitario, un lacrimógeno “no soy Ileana” subsiste como letanía inconsolable, cantinela misteriosa que tal vez denote frustraciones, pues, más allá de su esquematismo y debilidad, ese personaje reviste cualidades valiosas y loables, como la constancia, la lealtad, la valentía, la paciencia y la decisión. El contracanto de la autora nos estaría haciendo saber que no es una ensoñación, un proverbio muerto sino un ser de carne y de penuria.
    La otra presunción es la de que en ese fragmento está el quid de una ideología que quiere ser expuesta pero no demasiado. Los lobos, por lo pronto, no son lobos sino hombres de corazón, y las gacelas no son gacelas sino mujeres dispuestas al apasionamiento: María Cristina Berçaitz postularía que aun los amantes que son especies distintas, esclavos que pueden intercambiar amor pero nunca unirse plenamente. La vida sería, en esa visión, la condena al aislamiento existencial y a la soledad fática.
    Los lobos, por otra parte, plantean con mayor detalle y precisión el drama de los pechanes, que al fin de cuentas no son sino hombres vulgares, pobres diablos sin pasado y sin futuro: ni unos ni otros son malos pero hacen el mal y lo hacen de modo ineluctable, en obediencia a leyes infrangibles de la materia. Acerca de este punto, es positivo que la bocanada de aire cálido a que equivale ese capítulo 28 alivia bastante el cerrado nihilismo del resto del libro y, en general, de la obra de su autora. La desolación pesimista y agnóstica se reviste en esas páginas de cierta gracia franciscana –al menos en la estética ya que no en las creencias–, complacida en que los seres se apiaden unos de otros, aunque igual la existencia se niegue en absoluto a la piedad. No obstante, la esperanza, que ya no es una cosa, persiste bajo la forma de instante detenido. Voces audibles lo dicen:
    –Hermano lobo, no te temo.
    –Hermana gacela, no importa que no haya mañana, lo mismo el sol llena de alegría este espacio en el que nos estamos mirando.
    Lo de “hermanos” es tributo al aludido Poverello, sin desconocer que las palabras de ese calibre poseen infinitos matices y vericuetos..

    Notas

    l) El país de los pechanes, de María Cristina Berçaitz, Ed. Gente de Letras, Bs. As. 2003.

    2) En efecto, son muy escasas las obras en verdad eróticas, al margen de que también sean muy escasas las obras artísticas importantes que de un modo u otro no contengan aspectos eróticos. Pero en la época moderna, el erotismo como modalidad sistemática se reduce a dos únicos formatos excluyentes: la pintura y la escultura “de boudoir” del siglo XVIII y una pocas producciones inscriptas en los modelos del decadentismo francés de fines del siglo XIX y comienzos de la siguiente centuria. Ilustra, al respecto y es útil para aclarar los alcances del vocabulario utilizado, la polémica planteada entre nosotros durante la década del sesenta: Simón Latino en 1959 (Antología de la poesía sexual) y Alfredo Tapia Gómez en 1967 (Antología de la poesía sexual latinoamericana) habían postulado la existencia en la lírica amatoria de tres categorías diferentes: poesía amatoria propiamente dicha, poesía erótica y poesía sexual. La primera abarcaba a los clásicos poemas de amor y de desamor; la segunda, la delectación corporal todavía en su etapa individualizada; en tanto que la tercera prescindía de la hojarasca sentimental y se contraía a cantar la posesión y el placer. Una relectura de los textos entonces seleccionados como ejemplos muestra –a mi entender– que la teoría queda en eso, pues de hecho ningún poema relevante pertenece a la tercera variante, por más carga “hedonista” que conlleve.

    (3) Restringidas, en rigor, a lo aportado en poesía por los colombianos José Asunción Silva y Angel Alberto Montoya; el argentino Leopoldo Lugones, el uruguayo Julio Herrera y Reissig y tres famosas compatriotas de éste: Delmira Agustini, María Eugenia Vaz Ferreira y Juana de Ibarbourou. En prosa sólo cabe mencionar a algunos autores en la actualidad ignotos como los españoles Felipe Trigo, Eduardo Zamacois y José Ortega y Munilla (padre de Ortega y Gasset) y el venezolano José María Vargas Vila, si bien los cuatro estarían, en realidad, más cerca de lo sicalíptico.
    Por su extraordinaria fineza y calidad literaria representa un caso aparte y excepcional la citada traducción que del bizantino Longo hizo Juan Valera.

    4) Merecen especial atención las formas folklóricas del erotismo, que se encuentran en todas las culturas y que en todas ellas inspiran la actitud popular ante la sexualidad. Advirtamos que en algunos casos hasta han recibido la unción del arte, como pasa con el Decamerón negro, de Leo Frobenius.

    5) Guillermo Valencia dice de un centauro “que es malo como el hombre y ágil como el caballo”- Otro centauro, Quirón, era preceptor de Aquiles y se le había encargado esa tarea, precisamente, por estar capacitado para enseñar al futuro héroe lo humano y lo animal. Compárese esta intención con aquello de Maquiavelo, para quien el príncipe debía ser unas veces león y otras zorro.

    6) Pero en esto la autora se ha limitado a seguir el canon arquetípico que se empeña en contraponer el vigor del macho animal a la tenue condición femenina; hasta la historia de King Kong se basa en ese preconcepto.

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  • Mi querida María Cristina:
    Naturalmente, he releído y vuelto a releer tu libro; quizá sea exagerado decir que durante estos días ha sido mi libro de cabecera, pero algo de eso hay. Te confieso que, antes, mi tosquedad había hallado en él no mucho más que una fábula, presuntamente didáctica o moralizante. Por cierto, algunos entendimientos sólo se abren al poema cuando conocen al autor, lo que constituye una limitación severa en la que ha incurrido en esta oportunidad. Ahora, ya de regreso, creo que comprendo el sentido y los símbolos que habitan ese texto: entraña para mí una alegoría hermosa y cruel a la que no puedo sino prestar asentimiento. Has ganado, Cristina, y lo reconozco sin ambages. En efecto, el mundo es así, yo incluido, sin remisión posible.
    ¿Te interesa la poesía? ¿Sos sensible a ese ensimismamiento loco que acarrean la música y las imágenes? Lo pregunto porque mi impresión fue que no en especial; sin embargo, Los Pechanes –te lo aseguro de todo corazón– vale por una suma de poemas de lirismo maravilloso y vos bien sabés que no soy demasiado demostrativo. Me asombra descubrir en este medio cotidiano y chabacano semejante concentración de lucidez, de fineza y de ternura, de exaltación femenina y de esperanzado desconsuelo. Todo lo que dijiste en ocasión del ex abrupto era verdad. También lo era que sólo una mujer podía haber escrito eso, si bien eludiste decir que debía ser una mujer iluminada y esplendorosa.
    Como no me muevo casi en los ambientes literarios, no he oído ni encomios ni menciones de tu libro. Me adelanto, pues, a hacer su elogio con ánimo virginal y disposición entusiasta. Diré igualmente la dignidad del estilo, que si al comienzo es punzante y melancólico, sobre el final ­–del capítulo 28 en adelante– alcanza una transparencia conmovedora… Verás que “su rostro fue advertido por un gorrión que pasó volando y se detuvo al verla”. De ese modo es que me he convertido en acérrimo partidario tuyo y en ahincado meditador sobre Pechanes: si un día de éstos se hace una mesa, o un debate o una presentación, invitame. Te lo agradeceré.
    —o—
    Muy amigo y deseándote toda la suerte del mundo.
    Fernando Sánchez Zinny
    6/11/03

    Respuesta
    • Un comentario a tu estilo, querido Fernando. El país de los Pechanes es un libro al que amo. No porque lo ame más que a los demás, pero es un libro al que siento muy cercano a mí. Un abrazo. Cristina

      Respuesta

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