Dramaturgia

Las hermanas

 

El espacio y el tiempo son las leyes de acero a que se ajusta el transcurso de nuestros días. Vulgarmente les llamamos destino.

 

 

Lunes 24 de agosto de 1987, 8:30:

–María Angélica, despertá. Hay una carta para vos, dijo Ofelia diligente mientras le acercaba una taza de té.

–Gracias. Dejala sobre la bandeja de plata y llevame el té a la mesa.

Justa Ofelia dejó la carta en el lugar indicado, es decir sobre la inexistente bandeja de plata, vendida tres años atrás, para afrontar gastos.

–¿Cuántas cartas tenemos?, preguntó María Angélica.

–Varias.

–Bien, esta tarde las veremos.

 

Lunes 24 de agosto, 17:30:

–¿Querés té?

–No, alcánzame las cartas. No es necesario que traigas la bandeja.

–Qué suerte que te las ingeniás. Yo no sabría qué hacer.

–No te preocupés. Si yo no estuviera habrías aprendido a hacerlo. A ver: Segba: dan diez días de plazo y dicen que después cortarán la luz. El plazo se cumple mañana. Las expensas… Sin novedad, es un nuevo telegrama del abogado, nos mandó a Legales hace dos meses. Ya lo sabíamos. Gas del Estado…

–¿Sí?

–Gas del Estado… es la carta de hoy, último aviso, cuarenta y ocho horas…

–Oh…

 

Martes 25. 10:00:

–¿Tuviste suerte?

–Sí. Van a mantener el gas hasta la semana próxima. Prometí pagarles el viernes a más tardar.

–Si tuviéramos las pulseras de oro de mamá…

–Ofelia, ¿cuánto hace que las vendimos?

–Si tan sólo nuestro hermano viviera…

–Murió hace diez años. Ya me acostumbré a su ausencia.

 

Martes 25. 20:30:

–Apúrate, María Angélica, nos queda poco pabilo para terminar la higiene.

–¡Ya va! Ni en el baño puedo estar tranquila.

–Qué pena lo de la luz ¿verdad?

–Sí, qué pena…

 

Miércoles 26. 20:30:

–Justa Ofelia, tengo una gran idea.

–Contame. Te escucho mientras coso el botón de mi camisa.

–¿Cómo podés hacerlo sin luz?

–Total, ya casi no veo ni con anteojos. Pero decime ¿qué se te ocurrió?

–¿Cuánto dinero nos queda?

–¿Dinero? Apenas unas monedas. Podré comprar algo más de té… pero no sé cómo haremos la semana próxima. Ni siquiera vamos a poder calentar el agua.

–¿Podremos comprar vino? Aunque sea una botella pequeña, y aunque no sea tan bueno como el que acostumbrábamos beber.

–Mira: tengo una botella guardada para una ocasión grande. Es de aquellas que fraccionaba papá. Te la había escondido e hice bien, pero acá está, y Ofelia sacó del fondo del ropero, oculta en una caja de zapatos, una botella de vino tinto.

–Bueno, con las monedas que nos quedan, podremos comprar paté y algo de pan. Gastaremos todo.

–Está bien. Recordaremos tiempos idos.

–Tiempos que se han ido para siempre…

–¿Y cuándo lo haremos?

–Mañana, jueves, a esta hora, en el comedor. Encenderemos velas…

 

Jueves 27. 20:30:

–Brindemos por el pasado.

–María Angélica elevó su copa.

–Y por lo que pudo haber sido el futuro.

–¿Recordás aquel estanciero joven, Esteban…?

–Sí. Me propuso matrimonio, pero sólo habló de sus campos y su ganado. En ningún momento me dijo que me amaba. No sé si hice mal en no aceptarlo.

–Lo que pasa es que vos estabas enamorada del médico aquel, con el que te encontrabas a escondidas y que terminó casándose con la enfermera.

–No me torturés. Vos también tuviste lo tuyo.

–Sí, el dentista. Pero a mí no me atraía. Nunca encontré un hombre que realmente me gustara. Bueno, tengo que reconocer que no se me acercaron muchos.

–Hubiera sido distinta nuestra historia de habernos casado como quería nuestro hermano.

–Siempre decía que el destino de la mujer era el matrimonio.

–Quizá tenía razón.

–Quizá todo hubiera sido distinto, Ofelia.

–Es probable. Pero, por lo menos, conté siempre contigo. Confieso que no hemos sido unas hermanas muy afectuosas.

–Bueno, nuestra familia no lo era. Mamá quería más a las plantas que a nosotras.

–No es cierto, lo que sucedía era que mamá cuidaba las flores para armar los centros de mesa, esa era su tarea. Ocuparse de nosotros era tarea de las mucamas.

–¿Te acordás cuando nada nos faltaba?

–Sí.

–¿Cerraste bien las ventanas, Ofelia?

–Sí, sí, las cerré bien.

–Se están terminando las velas.

–Tengo miedo.

–Tomame la mano.

–Brindemos de nuevo. Me gusta tu vestido de encaje celeste.

–Es el mejor que tengo, y mi talle no ha cambiado mucho. El negro siempre te sentó bien por tu piel blanca. Estás hermosa.

–Lástima que falten las perlas.

–¡Olvidate de las perlas! Ahora brindemos. No quiero que quede una sola gota de vino. Del vino de papá, del vino aquel…

–María Angélica, ¿sabés qué me causa gracia?

–¿Qué?

–La cuenta de gas que va a llegar y que no pagaremos…

 

La Nación: Buenos Aires, sábado 29 de agosto de 1987

Macabro hallazgo: En la mañana de ayer, en el momento de efectuar la limpieza, el encargado de un edificio de la zona de Belgrano, advirtió un penetrante olor a gas en el departamento de la planta baja vecino al suyo. Abrió la puerta con una llave que tenía en su poder y encontró a las propietarias, señoritas María Angélica B. (77 años) y Justa Ofelia B. (72 años) muertas en la pequeña morada de dos ambientes.

 

Muchas veces quienes están habituados a poseer bienes, al perderlos son incapaces de enfrentar la vida. Las señoritas María Angélica y Justa Ofelia no fueron preparadas para sobrevivir en la estrechez y cuando la adversidad combinó sus embates con los de la edad, no les quedó más salida que el suicidio.

 

Si las comparamos con el episodio sufrido por «Los Hermanitos Jujeños» (leer) veremos que son caras de una misma moneda, situaciones opuestas, espacio y tiempo. El destino en suma.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.