El pibe

 

Qué podía saber él de las luces y las risas que se apilaban tras los cristales cuando recorría la ciudad empujando el carro que lo sobrepasaba en altura, lleno de cartones y de lo que pudiera recolectar.

A los cinco años su mundo se circunscribía a la casa de chapas en el Tigre, cerca del río sucio en el que solía chapotear durante el verano, al tren reservado para ellos, los cartoneros, y a las calles que se sucedían llenas de bolsas negras y olorosas. Cuando las abría, recorría con la nariz, como los perros, los olores ocultos en su interior, entonces metía la mano y sin titubear, enfilaba derecho y tomaba el pedazo de pan, el papel sucio de chocolate o el ala de pollo de la que aún podría extraer algo de sabor.

Miraba el mundo desde la profundidad de sus ojos negros y lo sentía en su cuerpo que se cubría con ropas heredadas, a veces rotas, a veces demasiado grandes.

Esa mañana, cuando dejó Retiro, comenzó a caminar por la recova de Alem, hacia plaza de Mayo. Era la primera vez que lo hacía.

El aire estaba tenso, no sabía por qué, pero lo sentía en la piel, le rozaba la frente y las mejillas. Muchas veces tenía esa sensación cuando dejaba los sauces transparentes de las islas y se internaba en la selva de la ciudad.

Pasó frente a una larga cola de hombres y mujeres esperando ¿qué? No sabía.

-¿Una moneda don, pa’ comprarme algo pa’ comer? – ¿Una moneda don? pa’…

Fue repitiendo a unos y otros tendiendo la mano mendicante y mirándolos como un perro apaleado.

No le fue tan mal, pudo reunir casi tres pesos, dos pesos con ochenta centavos, para ser más precisos. Los guardó en la bolsa que colgaba de su cuello y siguió su camino. Sabía que a esa hora no tenía basura para husmear, salvo la de los tachos colgados demasiado altos para su talla. Sin embargo, esa era la mejor hora para mendigar, sobre todo para él, tan pequeño que enternecía. Cuando pedía limosna, mucha gente revolvía los bolsillos buscando un vuelto. Sin embargo, a los muchachos más grandes, las cosas no les iban tan bien; a veces tenían que inventar historias para conmover y conseguir algún manguito. Pero el mejor cuento que conocía era el del viejito que lloraba porque su patrón no le había depositado nunca la jubilación a la que tenía derecho, y ahora él tenía que mendigar para no morir de hambre. Lo más lindo era que enseñaba al que lo escuchaba qué era lo que tenía que hacer para que no le sucediera lo mismo. Era fantástico, recogía el dinero a manos llenas. ¡Qué labia que tenía el viejito!

En cuanto a las muchachas, ellas desde chiquitas, tenían otro rebusque.

Mientras caminaba miraba el suelo y revisaba, en las paradas de los colectivos, los cordones de la vereda, ahí donde el hilo de agua se hace barro, en busca de algún centavo que pudiera haber caído de una mano distraída.

Recordó el día que fue, por primera vez, a la estación grande de subte bajo el obelisco ¡Cómo para no acordarse! Ahí encontró una billetera medio rota llena de papeles de dos pesos y de monedas grandotas y relucientes. Él dividió su botín en tres y en su casa entregó una sola de las partes, de manera de tener reservas para cuando no había suerte y llegaba sin nada. Siempre tenía que llegar con algo, de otro modo recibía una golpiza cuya intensidad dependía del vino ingerido por su padrastro.

Aquella vez también reservó una parte para un helado de fruta. Pero el helado, apenas lo apoyó en la lengua, se le adhirió con fuerza. Casi llora, no lo podía despegar. Por suerte apareció una señora bonita con olor a rico y le dijo -¡No tirés! Te vas a lastimar si tirás. Echale toda la saliva que puedas – y lo arrastró de un brazo hasta un quiosco donde le compró una lata de Coca Cola que se lo aflojó. De esa manera conoció, de una, los helados y la Coca Cola, que era como una burbuja empalagosa por la que todos los chicos se peleaban.

Después de todo no era tan mala su vida, podía andar solo, nadie lo obligaba a ir al colegio y, a la noche, cuando hacía mucho frío, se apretaba entre los brazos de su tío Mario, ese diez años mayor que él que lo quería mucho y, en silencio, mientras todos dormían, se divertían jugando con las manos bajo las mantas.

Siguió caminando. Parecía un día de suerte y el sol brillaba alto en el cielo. Un vecino de su abuela que estaba revolviendo en esos tachos altos que él no alcanzaba, lo reconoció. Un trozo de pan con mayonesa, que hasta tenía un pedacito de pollo, fue el premio al encuentro.

Nada sabía él de la otra vida, la de los que usan los coches que corren rápidos hacia las esquinas, ni la de los hombres que caminan de prisa por esa recova protectora donde se abren lugares para comer desde los que salen olores que le hacían crujir la panza y le llenaban de agua la boca.             Hacía rato que caminaba cuando divisó, a lo lejos la casa rosada, toda pintadita de distintos rosas, rosa claro, rosa oscuro… en esa casa tan grande, con soldados de gorra alta haciendo guardia en la puerta, estaban el presidente y la gente importante.

Le habían dicho que el presidente dirigía el país.

Lástima, él no era país. Además no sabía cómo se podía estar adentro de ese país en el que corrían los automóviles relucientes y se amontonaban los canas con su uniforme azul y sus cascos lustrados brillantes, igual que sus botas.

Él era extranjero. Había nacido en las islas, allá lejos, cerca del río y era tan pobre que ni siquiera tenía nombre, por eso todos le decían “Pibe”.

¡Pucha grande, no poder pertenecer a ese país!

 

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